Los Lunes de El Imparcial

Pío Baroja: Los caprichos de la suerte

NOVELA

Domingo 20 de diciembre de 2015
Ed. de Ernesto Viamonte Lucientes. Nota preliminar de José-Carlos Mainer. Espasa. Barcelona, 2015. 216 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Se publica por fin esta novela inédita de Baroja, que cierra una trilogía que aborda con independencia y lucidez nuestra Guerra Civil.


Por Rafael Fuentes


Justo han sido los caprichos de la suerte quienes han dilatado más de medio siglo la publicación de esta novela de Pío Baroja, un hecho crucial para la comprensión de su narrativa final, que se ha ido completando mediante un lento goteo en la última década. Con esta novela inédita se concluye, ¡al fin!, la trilogía de Las saturnales, donde Baroja concentra su percepción novelesca de la Guerra Civil española, testimonio inapreciable y de largo alcance sobre nuestro conflicto bélico. Durante demasiados años solo se contó con una apreciación insuficiente del conjunto, con la aparición en 1950 del primer título de la trilogía: El cantor vagabundo, dejando en una sombra enigmática su desarrollo íntegro. Hasta 2005 no vio la luz el tramo postrero de sus memorias dedicado a nuestra contienda fratricida: La Guerra Civil en la frontera (Caro Raggio editor).

Inmediatamente después -en 2006, cincuenta aniversario del fallecimiento del autor-, le siguió la segunda entrega de Las saturnales: la fascinante Miserias de la guerra (Caro Raggio), y solo ahora en 2015 se concluye la publicación del ciclo con Los caprichos de la suerte, en base a los materiales conservados en su caserón navarro de Itzea, que nos permite una consideración global y completa de su visión de la Guerra Civil. Que Miserias de la guerra tardase más de medio siglo en aparecer se debió, en efecto, a ciertos azares de la suerte, especialmente a los provocados por la censura franquista que prohibió su edición en vida del autor de El árbol de la ciencia. El motivo, obvio, de la censura, procedía de la radical independencia de criterio de Pío Baroja que no se identificaba con ninguno de los bandos en liza. Esta fue también, por cierto, la razón del ninguneo que acompañó a Miserias de la guerra en 2006, cuando se estaba fraguando la Ley de la Memoria Histórica.

Baroja no se casaba ni con unos ni con otros. A la dictadura franquista le irritó la descalificación barojiana de los requetés carlistas, de los creyentes católicos del bando nacional y las acciones fascistas de la Falange. A carlistas y demás católicos, Baroja les enfrenta a su brutal contradicción de profesar una fe cristiana sustentada en el perdón y el amor al prójimo, y al mismo tiempo entregarse con feroz entusiasmo a la barbarie de las venganzas sangrientas y al homicidio. ¿Dónde quedaban las convicciones cristianas? Asimismo, los falangistas son retratados expeditamente como chulescos señoritos sin respeto por la vida humana.

Si esta recusación le supuso el ostracismo en el franquismo, idéntica falta de simpatías pudo cosechar entre los nostálgicos de la II República y los militantes de izquierda. Pío Baroja expone sin cortapisas las torturas, los atroces crímenes arbitrarios y el saqueo de los grupos anarquistas, secundados por comunistas y socialistas en la bestial violencia en la retaguardia y la desorganización e impericia en el frente de batalla. En realidad, Baroja no discute sobre las ideologías ya que en coherencia con su existencialismo noventayochista piensa que las ideas no guían las decisiones vitales. Como ejemplo nos muestra a dos militantes, el comunista León Carnicer, vandálico y despiadado criminal con la población civil, y al miliciano de la FAI, Hipólito González Expósito, que con el mismo afán revolucionario trata de vivir una ilusión de fraternidad. El mismo objetivo político, y dos actitudes personales diametralmente opuestas. No los programas políticos, sino las vilezas que se esconden detrás de ellos son las que, en verdad, animan el guerracivilismo. Una circunstancia, pues, en la que, dicho en palabras barojianas, se revela “el fondo de alegría y de ferocidad que hay en las capas inferiores del hombre”. Es la destrucción de lo civilizado la que conduce al “estado natural” descrito por Hobbes, cada vez más próximo a la guerra de todos contra todos, el Bellum omnium contra omnes citado por el autor del Leviatán y retomado por el novelista en Miserias de la guerra.

En Miserias de la guerra, Pío Baroja había creado como personaje central a Carlos Evans, un militar y diplomático inglés, quien le posibilita adoptar la perspectiva de una fría mirada británica sobre la bestialidad de los sucesos de la contienda en Madrid. Evans se encontrará en una pintoresca tertulia con el escritor Juan Elorrio -trasunto muy evidente del propio Baroja-, y con el artista Abel Escalante, que protagonizarán Los caprichos de la suerte, entre los exiliadosde un París que ya se prepara para la inminente II Guerra Mundial. Este tercer volumen de Las saturnales no sitúa el foco de atención en la violencia, sino en la importancia de la casualidad y de lo fortuito en la existencia humana. No como hecho abstracto y filosófico. Más bien como hecho histórico, cuando el salvajismo fractura el orden social y abandona a los individuos a su propia suerte. Es decir, cuando un desalmado azar se adueña de las personas como consecuencia de un proceso revolucionario, lo que ya presupone una crítica a la violencia política y sus justificaciones doctrinarias.

Ahora los episodios vandálicos solo llegan como un eco a París, a través de nuevos exiliados que escapan de uno u otro bando para conservar la vida. Baroja comenta: “¿De dónde saldría esta crueldad tan fea, tan baja, de la guerra española? ¿Es algo atávico de la raza? Es lo más probable. Todo era anodino, vulgar, dentro de la barbarie y de la crueldad.”

Más que los sucesos directos, Los caprichos de la suerte presenta sus consecuencias en un París crepuscular donde adquieren un relieve simbólico los mercados de objetos de segunda mano aparentemente inservibles, análogos a los múltiples hoteles en los que recalan los exiliados para iniciar una existencia también de segunda mano y tan inútil como los tristes objetos de reventa. El relato se organiza así con arreglo a una vertiginosa galería de personajes sin norte en la gran ciudad, que captamos en estampas y diálogos fugitivos, componiendo un vivaz collage de vidas rotas. Ya en el prólogo cervantino a la novela, Pío Baroja señala que la obra podría haberse titulado Danza de la muerte, en la línea del escrito medieval de Sem Tob, por ser una prueba de “la inanidad, de la miseria, de lo fugitivo de la vida humana.” Porque los protagonistas de Los caprichos de la suerte deambulan y dialogan apasionadamente, pero no dejan de ser otras víctimas más del naufragio colectivo, que los transforma en sombras efímeras, huidizos muertos en vida arrastrados a la ventura y la casualidad.

Se cierra así, de forma brillante y melancólica, el retorno de Pío Baroja a la realidad nacional de España. Después de las novelas noventayochistas que afrontaban la Restauración: Camino de perfección, El mayorazgo de Labraz, La busca, Mala hierba, El árbol de la ciencia… la narrativa del escritor donostierra se había ido refugiando en relatos históricos por lo general ambientados en la primera mitad del siglo XIX. Pero la Guerra Civil le hace volver de nuevo, mediante una fuerte sacudida, al momento inmediato del país, atrapado con toda su crudeza tanto en Las saturnales como en estos Caprichos de la suerte que las culminan. Testimonio privilegiado del conflicto cainita por la belleza de su estilo abocetado e impresionista, por su maestría en captar el detalle revelador y por su insobornable independencia de criterio frente a las ideologías en pugna. La publicación de Los caprichos de la suerte es sin duda el acontecimiento literario del año.