A estas horas y en este día, el único análisis sobre las elecciones tiene que hacerse con la calculadora en la mano. Las exactas y frías matemáticas marcan la pauta del previsible futuro de España. Resulta evidente que hay dos bloques ideológicos enfrentados. El que forman el PP y Ciudadanos y el llamado frente popular aliado con el resto de partidos: nacionalistas, secesionistas y hasta un par de colegas de los proetarras.
El primer bloque, si sumamos los escaños del PP y de Ciudadanos, se queda muy lejos de la mayoría absoluta. Pero el segundo la logra con creces el PSOE, con Podemos e IU si suma los diputados del resto de partidos: Convergencia, PNV, Bildu y ERC. Y parece más que probable que todos esos partidos, si pueden, estarán encantados de dar una patada a Rajoy y, luego, extorsionar a Pedro Sánchez para soltar presos etarras, unos; proclamar independencias por doquier, otros y reventar España, todos. Y Pedro Sánchez no dudaría en satisfacerlos. También a todos.
Y en ese escenario hay que moverse a estas horas. Si Pedro Sánchez cede a los caprichos leninistas de Pablo Iglesias, que cederá, y a los de la amalgama de los demás partidos, a los que también cederá, entrará ufano en La Moncloa después de haber hecho el ridículo al dejar al PSOE por debajo de los cien diputados, el peor resultado de su historia. Y con esa alianza, comenzaría el principio del fin del PSOE, que irremediablemente terminará engullido por Podemos después de haberlo arrastrado por el fango. Una tragedia para España si los socialistas más sensatos no son capaces de frenar el ímpetu suicida de Sánchez.
Pero la verdadera tragedia de España acaba de comenzar, pues, si nadie lo remedia gobernará un frente popular infiltrado por los más radicales. Las memeces de Carmena o Colau se van a quedar pequeñas al lado de las decisiones que pueda tomar la pareja Sánchez-Iglesias. Los impuestos subirán hasta el cielo al igual que el paro, la inversión extranjera huirá y el desconcierto se extenderá por nuestra nación. Y, naturalmente, los secesionistas catalanes sacarán adelante todas sus reivindicaciones entre el referéndum de Iglesias y el federalismo de Sánchez. Los vascos se animarán también y quizás hasta los gallegos y los baleares. Todos a una para despedazar España.
Pero ya lo único que importa, hoy y a estas horas, es saber, y ojalá me equivoque, que nuestra nación ha caído en manos de un nuevo frente popular, aliado con una amalgama de siglas repletas de analfabetos políticos, radicales, chiflados, revanchistas e iluminados. El resultado de estas elecciones supone una tragedia sin parangón; y un peligro para la estabilidad, la democracia y la libertad.
Más que a un mero cambio de Gobierno, asistimos a una revolución.