Opinión

Elecciones en España y aprendizaje político

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 22 de diciembre de 2015
Este domingo 20 de diciembre se realizaron elecciones de gobierno en España, que tuvieron gran atención y resultados que dejan al país en una situación inédita y compleja. Es la elección número doce, desde aquella que se realizó en 1977, en medio de la novedad democrática y de muchas esperanzas acumuladas.

Los resultados son conocidos, especialmente los de las cuatro fuerzas mayores de la política actual. El Partido Popular liderado por Mariano Rajoy obtuvo más de siete millones de votos, logrando 123 escaños parlamentarios; el Partido Socialista Obrero Español de Pedro Sánchez cinco millones y medio de votos, con 90 asientos en el Congreso; Podemos y su líder Pablo Iglesias tres millones de votos y 42 diputados; finalmente Ciudadanos con Albert Rivera logró 40 diputados y tres millones y medio de votos. A esto se deben añadir otros tantos partidos más pequeños, algunos de ellos de raigambre local e independentistas, sumados a otros que participan junto a Podemos en su proyecto político, si bien en listas diferentes.

El problema es que, conocidos los resultados, no está claro cómo se formará el nuevo gobierno, quién lo integrará y cuándo sucederá eso. En parte ocurre por una razón obvia, y es que ninguno de los partidos obtuvo la mayoría absoluta de 176 escaños, a lo que no llegan ni siquiera sumando el partido afín que los sigue en votos, como sucedería con la combinación Partido Popular y Ciudadanos o PSOE y Podemos. Pero por otra parte también influye que se ha producido una fragmentación muy visible, en un contexto interno de gran división ideológica e incluso geográfica, que se suma a la desconfianza que muestran las distintas combinaciones políticas con sus adversarios. Podríamos decir que la democracia española tuvo un acto ejemplar el domingo 20 en términos de participación ciudadana, pero que carece parcialmente de otros elementos propios del sistema, como el logro de una mayoría importante y legitimadora, la falta de confianza cívica, e incluso la existencia de algunas fuerzas políticas que, derechamente, ponen en duda las bases de la convivencia, podríamos decir que ponen en tela de juicio aquello que por definición era lo que no se discutía, precisamente porque era base fundamental del sistema. Todo esto, además de los análisis electorales obvios en estas circunstancias, debería llevar a ciertas formas de aprendizaje político que podrían ser útiles para el futuro.

La transición, la Constitución española, los logros que ha tenido la sociedad en los últimos cuarenta años son considerables, pero si bien influyen en la sociedad actual, son técnicamente cosa del pasado, y desde el punto de vista político pueden servir de referencia remota, pero en modo alguno resultan decisivos para los españoles de hoy. Esta es una cuestión que debería ser comprendida por todos, y se ve que algunos lo tienen bastante claro y otros siguen con dudas al respecto. España cambió, en gran medida para bien y esa es la situación sobre la cual debe edificarse cualquier proyecto político. Es una situación análoga a la que vivieron los actores de la transición entre 1975 y 1981, por ejemplo: ellos no podían tener como la fuente de su acción pública a la guerra civil española o al gobierno del General Francisco Franco, sino que la nueva situación que vivía España y que tenía un proyecto de futuro que resultaba crucial, y no simplemente una continuidad del pasado.

Otro factor importante es el pluripartidismo, que hoy debe ser entendido simplemente como un hecho, no necesariamente como un problema. La política tiene en la realidad uno de sus fundamentos de acción, y nada peor que actuar sobre la base de la ideología -aunque ella sea contraria a los hechos, como se decía decidida o irónicamente en algún momento- y no en las cosas tal cual son. Esto no significa dejar de lado las convicciones ni las legítimas aspiraciones partidistas, pero es también un llamado de atención a comprender la evolución del tiempo histórico, los cambios en las preferencias ciudadanas y en las combinaciones políticas. Desde este punto de vista, lo que corresponde es articular la nueva presencia de partidos más pequeños pero crecientes, como Ciudadanos y Podemos, así como evaluar nuevas posibilidades de acuerdos entre los partidos. Por analogía, es lo que sucedió durante la transición, cuando el franquismo se batió en retirada, surgieron nuevas fuerzas políticas decisivas como la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, así como otras adquirieron connotaciones distintas, como fue el caso de los comunistas de Santiago Carrillo, que se alejaron de sus pasiones totalitarias del pasado para pasar a formar parte de esta nueva “democracia burguesa”, como le llamarían los marxistas más ortodoxos. Y lo hicieron bien, razonablemente, transitaron a la democracia y llevaron a España a una de las mejores épocas de su historia en los últimos dos siglos. Hoy existe un desafío histórico similar y corresponde a la actual generación definir positivamente la situación.

Hay otro tema que tiene especial importancia en el presente, y es el recambio generacional, tanto a nivel de liderazgos personales como de agrupaciones políticas. Esto es algo que se ha dado por razones biológicas e incluso institucionales en distintos momentos, y sin duda el actual es uno de ellos. En junio de 2014 llamamos a la abdicación del Rey Juan Carlos como el fin de la transición, que se sumaba a la muerte de Adolfo Suárez ocurrida unos meses antes, un cambio que no se producía como proceso político -que había terminado en la década de 1970- sino como etapa histórica, que es algo distinto. De los candidatos al gobierno el 20D, dos de los cuatro partidos principales tenían líderes nacidos después de la muerte de Franco, hecho poco comentado en los análisis de prensa. Alguno siquiera lo había hecho para el comienzo de la Constitución que legítimamente ha enorgullecido a España. Qué decir de la inmensa mayoría de los votantes, que también comparten estas características. Así como la generación de los años 80 se sintió con el derecho de crear nuevos proyectos políticos que llegaron a ser parte del gobierno español, lo mismo piensan y sienten aquellos líderes que en esta década han tomado iguales decisiones para el futuro. Como corresponde, a nadie se regalará nada, los conflictos políticos se dirimirán en las urnas y llegarán al gobierno aquellos que logren las mayorías correspondientes. Una visión inteligente no debe pretender jubilar a quienes han dirigido el país, sino que integrar experiencia con juventud, logros con esperanzas.

La hora actual de la democracia española requiere aprendizaje político y talento, así como una particular capacidad de entender la historia y el tiempo presente. Eso no es fácil, en la conciencia que el éxito no se logra sólo con políticos, sino que se requieren estadistas, personas especialmente dispuestas a liderar los procesos con inteligencia, prudencia e intuición.

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