Panorama desolador el que se le presenta a España tras las elecciones del 20D. El escenario resultante, fragmentado y brumoso, va a hacer difícil una “grosse koalition” a la alemana entre los dos grandes partidos, un frente popular difícil de avenir y un Gobierno en minoría del PP con poco recorrido en el tiempo.
Así, con unas nuevas elecciones a la vista, gran parte de la responsabilidad recae en el, todavía, secretario general del PSOE. El presidente del Gobierno en funciones poco puede hacer y otras formaciones, tipo Ciudadanos o Podemos, dependen en mayor o menor medida de lo que hagan los demás.
Pero Sánchez, ¡ay Pedro Sánchez!, no lo tiene fácil ni tampoco parece que él quiera facilitar las cosas. Si, como dice, quiere cumplir el mandato que han expresado los españoles en las urnas, debería dimitir. Los ciudadanos, con su voto, han dicho muchas cosas y entre ellas, que no le quieren.
Con los peores resultados de la historia de su partido no se puede exigir nada y, lejos de eso, Sánchez no sólo acude arrogante a la cita conciliadora de Rajoy sino que se permite el lujo que no tiene de, por un lado, reclamar la Presidencia del Congreso y, por otro, enfrentarse a una parte muy importante de su propio partido.
Siempre he criticado que en el PSOE se estuviera moviendo la silla de su secretario general desde un minuto después de haber sido elegido para tan importante responsabilidad. Es síntoma inequívoco de un partido poco o nada unido. Pero es que ahora, el secretario general ha perdido de forma clara y contundente las elecciones y debe asumir –que ya ha dicho que no va a hacer– su responsabilidad.
Da pena ver tanto rencor y tanto resentimiento en el secretario general de un partido que está pensando primero en su cuello y luego en el de su partido y España, por este orden.
Parte del problema es que Sánchez ha dicho también que va a tender puentes con partidos que quieren romper España. Como la suma de PSOE y Podemos tampoco da para una mayoría absoluta (tendrían 159 y hay que llegar a 176), haría falta pactar con IU, ERC, PNV o Bildu. Obviamente, no mejora la cosa.
La cara de Sánchez estos días lo dice todo. Está preocupado, claro. Serio, no es para menos. Sabe perfectamente en el lío que se está metiendo y sabe que su partido no está con él. Se ha enfrentado a Susana Díaz y a la vieja guardia socialista. Les ha advertido de que las líneas de actuación del partido las marca él. Lo que no dice y han tenido que recordarle es que la política de pactos la decide el Comité Federal. ¡Ups, qué fallo!
Además, no parece muy inteligente revolverse abiertamente contra la lideresa de los socialistas andaluces. El PP tiene tras las últimas elecciones 1.700.000 votos más que el PSOE y la única que está manteniendo el tipo del partido es Susana Díaz. Su partido ha ganado en 6 de las 7 provincias en las que ganaron los socialistas. La séptima fue Badajoz. El desastre no es total, pero casi. ¿Qué parte hay que achacarle a Pedro Sánchez?
Susana ha hecho su trabajo y Pedro no hizo bien el suyo. Díaz aporta 22 escaños en el Congreso (1 de cada 4 diputados), ganó en Andalucía y frenó el ascenso de Podemos en la región. Sánchez, simplemente, obtuvo el peor resultado de la historia del PSOE a nivel estatal. Además, no es que actúe contra el poder fagocitador del partido de Pablo Iglesias, es que se plantea pactar con ellos.
A Pedro Sánchez todavía no le ha debido de explicar nadie que alinearse con Podemos le va a costar la vida a su partido. El mejor ejemplo lo tiene en Cataluña y en lo que ha sucedido recientemente con CiU desde que se alió con ERC. ¿Quién mandaba antes y quién manda ahora? ¿Qué partido dirigía antes Artur Mas y qué queda ahora y con qué representación?
Sánchez no ha meditado bien las consecuencias de pactar con quien te quiere comer y de enfrentarse a sus compañeros y compañeras de partido. O quizá sí y por eso, ahora, abre puertas a Ciudadanos. Mal se le pone el ojo a la yegua. No sé si serán unas felices Navidades para el líder de los socialistas, pero yo se las deseo.