Opinión

Nuestra revolución

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 25 de diciembre de 2015

Tras la publicación del último número de “La Patria Libre”, Ramiro Ledesma marcha a Barcelona, a fin de alejarse de los ámbitos más frecuentados por la organización falangista, y con algunos recursos prestados por sus viejos amigos vascos, que le posibilitan vivir – todo hay que decirlo – como un pequeño burgués. Sigue haciendo el amor apasionadamente con Juana García, y siente que entre sus brazos se para el tiempo y se está en una geografía de paz y bienestar celestiales, y en ello veía que la vida siempre tiene una esperanza fuerte. Sin embargo, sus esfuerzos por construir un Partido Nacional-Sindicalista en la capital catalana no pasarán del contacto con media docena de amigos y la inscripción en el registro de asociaciones. Su fracaso político en Cataluña le hace retirarse a sí mismo y a su amor a Juana. Su retiro le proporciona tiempo para escribir dos de sus textos más fundamentales, ¿Fascismo en España? y Discurso a la juventud española. Hay otro prohombre que en ese momento también se siente derrotado políticamente y olvidado por la España oficial: su profesor José Ortega y Gasset. Ortega se siente vencido por las marrullerías de Azaña y la juventud posibilista de Gil Robles. Estos retiros obligados de la vida pública propiciarán el reencuentro del talentoso discípulo con su genial maestro. Claros ecos orteguianos resuenan así en su Discurso a la juventud, cuando reconoce sin ambages que buscar el apoyo de todos los españoles no puede hacerse ya con la advocación al catolicismo como pudo hacerse en el siglo XVI. Más aún, llega a decir: “La revolución nacional es empresa a realizar como españoles, y la vida católica es cosa a cumplir como hombres, para salvar el alma. (…) El yugo y las saetas, como emblema de lucha, sustituyen a la cruz para presidir las jornadas de la revolución nacional”. Estas palabras soliviantaron y llenaron de ira al cardenal Gomá, al conservador Galinsoga y a su propio amigo neotradicionalista Ramiro de Maeztu, que reaccionaron con agresividad ante las palabras de Ledesma en comentarios periodísticos o en manifestaciones realizadas durante la Guerra Civil, aunque Franco no llegase a quitar una línea del Discurso a la Juventud Española, en la edición realizada en 1938 con prólogo del devoto ramirista Santiago Montero Díaz.

Por lo demás, Ramiro hasta su asesinato continuó diseñando un orden corporativo que superara la división de clases. Fiel a su consigna de la muerte del individuo para sintetizar en una frase de honda gravedad el fin de las ilusiones de la privacidad burguesa, Ledesma defiende la entrada en el mundo de actividad cooperativa, de experiencia social, del fin del desarraigo, de disciplina y uniformidad. La producción en serie será contemplada, con agudeza singular por su parte, como una metáfora de la destrucción de los valores de la diferencia que ha querido alimentar la sociedad burguesa y su pensamiento liberal. El uniforme que llevan los militantes fascistas y los jóvenes de otras organizaciones revolucionarias situadas en la izquierda es una muestra del carácter de la época: se trata de la liquidación de los factores de distinción y la aceptación, no sólo de la vida como milicia – pensamiento, por lo demás, muy enraizado en la tradición milenaria de la Iglesia -, sino de la inmersión de lo individual sin significado en el organismo auténtico de la nación, gran pantano en el que todo individuo que se sumerge en él se diluye, se deshace.

El vocablo que más le representa a Ledesma es el de “actualidad”. La actualidad, como adecuación continua a un tiempo hace de su doctrina política un fascismo situacionista. Actualidad y actualidades. He aquí su mensaje político-filosófico: Actualidad. Conexión continua con la vanguardia. Primero fue la vanguardia estética ( La Gaceta Literaria ), y luego la vanguardia política ( La Conquista del Estado ).

Tras la derrota del centro-derecha en febrero de 1936 Ramiro mantendrá una displicente equidistancia entre la izquierda y la derecha. Incluso elogiará más veces al Frente Popular que a las derechas. Su último combate ideológico es el que le conduce a una publicación de un único número del que debía haber sido un nuevo semanario político cultural que aspiraba a transcender la chata y horrible coyuntura política, Nuestra Revolución, preparado en el mes de junio, pero que debía aguardar al día 11 de julio para imprimirse, por problemas con los trabajadores de la empresa encargada de hacerlo. Contaba, entre sus colaboradores, con un escueto número de compañeros que continuaban a su lado: José María Cordero, Luis de Santullán, Emiliano Aguado, Emilio Gutiérrez Palma. Enrique Compte, Francisco Guillén Salaya, José Luis Dávila y Raúl Carballal. Ledesma presentó un periódico en el que, siendo fiel al abandono del fascismo político en manos de Falange, acentuaba su independencia de los movimientos conspirativos de la extrema derecha para liquidar las II República por métodos violentos. Tomaba, abiertamente, la posición de un espectador bajo cuya mirada paseaban los acontecimientos, presentándolos como algo que poco tenía que ver con lo esencial, con el auténtico dilema ante el que se enfrentaban los patriotas revolucionarios.

Estaba de acuerdo con los republicanos, tanto de Gil Robles como de Manuel Azaña, que proponían una reforma constitucional para erigir una cámara alta, un Senado que limara las extremosidades del Congreso de Diputados, tanto de derechas como de izquierdas. Esta reforma constitucional, la creación de esta segunda Cámara, fue especialmente desarrollada en las páginas de El Debate. Llama la atención que hoy algunos grupos de políticos indocumentados culturalmente pidan la supresión del Senado, cuando lo mejor de la IIª República vio en la creación de la segunda Cámara el último remedio institucional para impedir la Guerra Civil.

Ledesma buscará desesperadamente un ámbito político en el que pueda crecer una ya imposible neutralidad política realizada a favor de la pureza ideológica:

“NUESTRA REVOLUCIÓN no moverá, pues, pleito agudo al Gobierno del Frente Popular. Nos importan, más que esos menesteres, otros que reputamos de más sustancia nacional e interés para los españoles. Las supremas angustias de los españoles no pueden ser sólo explicadas por las incidencias diarias de la política. La sospecha de que el proceso revolucionario en marcha entenebrece sus rutas y quiere ignorar, como uno de sus nortes, el de ser precisamente la revolución nacional que España precisa, es asimismo lo que moviliza hoy nuestras plumas con urgencia. Quisiéramos aclarar el camino de la trasformación española, garantizar su futuro y vencer aquellas orientaciones que encierra en su seno tanto el fracaso de la revolución como el predominio de ideales traidores. Mientras no surja algo que oponga al Frente Popular una mejor eficacia nacional y social, de carácter revolucionario más fecundo y humanitario que la suya, es infantil, contraproducente y torpe hostilizarlo.”

La prosa de Ramiro se hace humilde, se humaniza. Y es que el último Ramiro Ledesma fue el mejor Ramiro. También se centró en su amor a Juana García y, al fin y al cabo pensó que el amor humano, aunque no te daba entrada en el gran Mausoleo de los hombres ilustres, en el sarcófago solemne de la Historia, era lo único, sin embargo, que daba sentido a la vida, entendida ésta como el vivir y no el hacer historia. Por eso, cuando sus ávidos ojos se demoraban en la cintura y las nalgas de alabastro de Juana entendía en seguida que la vida estaba bien hecha. De esta época es un poema que Ramiro escribió sobre una triste anécdota: la perrita de su amada murió por haberse comido una media de la misma, y ello le hizo evocar también al “passer” de Catulo.

“Comió las medias que eran de la dueña,/ cargadas del olor de mi pasión,/ y la pobre perrita enamorada/ por el amor al ama se murió./ Lloraba mi niñita mares negros,/ y no paraba nadie su temblor,/ y del caso la gente se reía,/ con risa de inclemente corazón./ Las piernas de cristal hoguera blanca,/ con un negro estarcido rompedor/ cubrían su belleza pudorosa/ que mi amante denuedo reveló./ Y busqué en las mojadas oquedades/ los astros oscuros de mi pasión./ Cisne con alas blancas desplegadas/ sus remeras de plata desnudó./ Con bocados de dulce paraíso/ la perrita su vientre envenenó./ Por las tinieblas del Orco camina/ catulana perra de dulce amor./ Maldigo los reveses de esta vida/ que arrebatan lindísimo primor.”

El asesinato de Calvo Sotelo sacó a Ledesma del paraíso denso de la vida, y le dejó claro que antes de que pidiera sacar el siguiente número de “Nuestra Revolución” las cosas de la historia se precipitarían. Desoyó las razonables indicaciones de Juana que le aconsejaban marchar a Zamora, y permaneció en Madrid, refugiándose en casa de su hermano y disponiendo de los documentos de identidad de Enrique Compte.

Su trágico destino casualmente habría quedado consignado en su única novela de adolescente al citar una frase de Nietzsche: “Amo al que quiere crear algo superior a él y sucumbe”. Si realmente Ramiro hizo suya esta frase, entonces murió como él mismo se lo había programado.