Opinión

Egolatría y literatura

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 25 de diciembre de 2015

Una celebrada pluma extranjera habló no ha mucho tiempo atrás de la grave enfermedad del “yoísmo” que aqueja con fuerza a los cultivadores del, para el cronista, al menos, muy hermoso y siempre instructivo género de la literatura memoriográfica y, más concretamente, del dietario. Al reparar en la citada acusación vienen de inmediato al recuerdo del articulista –de religión espiritual y estética insobornablemente carpetovetónica- autores para él tan leídos y admirados como Jovellanos, Azaña, Pla o S. Pániker, y piensa que, aun sin desmentir la esencia del juicio antedicho, los matices que de manera inexcusable exige, abren un espacio considerable a las correcciones y reservas que a todas luces suscita.

Por desgracia, los avances en las disciplinas psicológicas no han sido tantos como para mantener una opinión bien firme sobre el tema. Los españoles lanzados a la alta mar de la aventura de leer en los años 40 y 50 de la centuria pasada, en el momento en que la escala de la divulgación del freudismo era muy amplia en la publicística hispanoamericana y el aproche a la psicohistoria marañoniana registraba su punto culminante en la bibliografía española de índole humanística, se sintieron imantados por la absorbente proyección del “yo” en la obra literaria y artística. La cuestión, por supuesto, distaba de ser novedosa o, como querían sus partidarios más ardidos, revolucionaria. Por las mismas fechas, el iconoclasta Baroja, de profesión galénica como es sabido, intitulaba una de sus obras más aplaudidas: Recuerdos de egolatría y juventud, al paso que el decimonónico “Diario íntimo” de Amiel, cuya glosa y rechazo se convirtieran en base y espuela de la teoría marañoniana, expresa en la bibliografía más difundida de la postguerra española, era objeto de particular atención por extensos sectores juveniles. Poco después, antes incluso de la irrupción tumultuosa del estructuralismo en la frontera del “década prodigiosa”, el interés de la crítica por las antedichas corrientes psicologistas se había diluido en un capítulo más de la permanente interactuación sujeto-objeto, de creador y obra del metarrelato artístico y narrativo.

Todo ello, obvio resulta, no es obstáculo para que la función del diarista o autor de un dietario sea capital en el terreno historiográfico. Sin necesidad de pasar por las aduanas de un narcisismo alzaprimado o, menos todavía, deforme o grotesco, los cultivadores de tal género, además de provocar el gozo o la tristeza de los lectores al evocar una época y unos personajes que forman parte de su experiencia cuotidiana y directa, prestan servicios de la mayor entidad a la historia de ese tiempo. Quién puede dudar así que, por ejemplo, el leonés A. Trapiello, con su espléndido Salón de pasos perdidos, o el barcelonés S. Pániker se han convertido en auténticos notarios mayores de gran parte de la crónica general de España del tardofranquismo y la democracia. ¿Qué sería si en la reconstrucción veraz de la Segunda República faltase el testimonio lúcido y espectral de los diarios de D. Manuel Azaña? Para justipreciarlo nada mejor que imaginar por un instante el preciado don, la joya insuperable que para los interesados en el hondón más profundo de su biografía colectiva hubiere significado contar con obras semejantes salidas de la pluma de Stalin, Hitler, Mussolini, Tito, Mao, Salazar, Perón o Franco. Pese al pago de la gravosa gabela de leer unos textos surgidos de la hybris más acibarada del poder y la megalomanía, del “yoísmo” en estado puro, sin aleación alguna, el valor memorialístico de esos textos, aun sin expurgo alguno o notas ad calcem, habría sido inimaginable. Acaso, pues, ¿el ego no sería a menudo rentable en las letras y las artes?...

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