Este 30 de diciembre amaneció más frío de que costumbre en Chamartín. No tanto en lo atmosférico como en lo ambiental. El inmisericorde frente crítico situó el partido de este miércoles plomizo como un ultimátum. Dejando entrever, de manera mal disimulada, que Florentino Pérez se maneja en estas fechas tan señaladas afilando la guillotina de entrenadores. La trompicada trayectoria con debacle en Vila-Real -que secó las raíces vigorosas de reacción comprometida tras el Clásico- y la apnea liguera confluyeron en una sobremesa envuelta en ardores de indigestión. La Real Sociedad, que figuraba a dos puntos del descenso y en una serie de dos derrotas, dos empates y un triunfo en los últimos cinco partidos de su remozado proyecto, desembarcaba con la firme y desacomplejada intención de pescar en esta suerte de Juicio Final madridista.
Rafael Benítez, que subrayó en la previa una realidad de manipulación tan cristalina como incomprensible resultó su silente actitud anterior, concibió este duelo como un día más en la oficina. Deshechó la opción equilibradora de Casemiro para rellenar de calidad y talento una medular que habría de ganar el partido en su puntería o perderlo en su desatención defensiva. Modric asistía al abrigo de Kroos y James, con Isco en la merecida banca y Ronaldo, Bale y Benzema reproduciendo otro episodio más del intercambio de escaños y atribuciones, una estrategia que todavía no se ajusta al uniforme de cada cual. Y estamos, casi, en enero. La retaguardia, mermada por la ausencia de Ramos y Carvajal, recuperaba al renqueante Varane. Fue esta categoría la que sentó al galo y otorgó la titularidad a Nacho y Pepe. Navas coronaba el cierre, cada vez más urgido de compromiso de todas las piezas para sostener la legitimidad del técnico, del proyecto y de la planificación deportiva. La lucidez combinativa y el cuidado y atención de los avances efervescentes visitantes, elementos centrales de estos tres puntos mirados con lupa.
Eusebio, por su parte, modificó el once, que no el estilo, en un capítulo más de su intento por encontrar el cauce que reconduzca la situación txuriurdin. Conformó un centro del campo con cuatro piezas y dos delanteros de cariz rematador. Restaba circulación el técnico para insinuar colmillo a la titubante retaguardia local. Carlos Vela, Bruma y Pardo lucían la consideración de víctimas de la decisión. Illarramendi regresaba, con galones, a su otrora estadio para gobernar un centro del campo destinado a taponar, lanzar y sostener el cuero, con Markel Bergara de tapón y Xabi Prieto y Canales como facilitadores de la fluidez en estático o en transición. Jonathas aunaba su potencia anatómica a la astucia de Aguirretxe, el punta español destacado este curso. La altura de Yuri y Carlos Martínez –laterales- marcaría el tipo de despliegue pensado por el área técnica para esta visita. Amarrar en ordenamiento rígido y aplicar temple en la posesión para contaminar la calma local se antojaban como líneas de cumplimiento básico en una intencionalidad de crecimiento con el paso de los minutos.
Alzó el telón la trascendental batalla con Real Sociedad y Real Madrid intercambiando presiones elevadas. La reducción de espacios, exigencia de precisión y claridad asociativa y penalización del error por la vía de la transición venenosa asumieron protagonismo con prontitud. La salida guipuzcoana consiguió amortiguar la ambición monopolística capitalina, forzando a la creación merengue a abusar del envío en aérea profundidad, desprovisto del balón y del tempo. Se confirmaba, pues, angustioso el prólogo de la trama para la tribuna de la Castellana, que asistía a la tensa representación con el ardor coral de la ópera. No obstante, dos errores de Kroos, uno en el cruce mal calculado y otro en el pase defectuoso en la salida de pelota, ahondaron en el desconcierto, con chut final desviado de Canales en el primer minuto.
La respuesta del gigante con heridas intestinas arribó por la vía de la pizarra: Pepe cabeceó arriba y Rulli sacó de forma brillante un córner botado por James y Bale remató desviado por poco el siguiente saque de esquina, en el minuto 4. Pero el devenir de incertidumbre, sin patrón de juego, acogió la proclama de Jonathas como anticipo de la sucesión de descontextualizados episodios que representaba el enfrentamiento. Gritó penalti el carioca por derribo de Pepe en esa vertiente ladeada de su escaramuza, que tantas veces le deja en evidencia. En la contra posterior, lanzada por Modric y alimentada por James con un envío al espacio para Bale, el galés centró y Ronaldo marró, como es costumbre últimamente, el mano a mano. Benzema replicaría, a continuación y tras centro de Marcelo, para lucimiento del portero argentino, en el minuto 7. Proseguiría el camino de incongruencia con lo previsto con Íñigo Martínez en el foco. El zaguero ganó la partida al deficiente cierre a balón parado local pero su testarazo no encontró palos.
Trataba de crecer la Real ante el encierro inicipiente de posesión fluida madridista. Y cosechó, para su disfrute, el refresco de la amenaza propia e inseguridad ajena en la vigilancia. Una transición de recorrido coherente, lógico en el esquema técnico de la Real con Yuri horadando el desbalance local, confluyó en el túnel de Aguirretxe a Nacho y remate del punta vasco que Navas salvó en salida felina. Esta acción, que esbozaba el carácter escurridizo donostiarra, sacó del partido al delantero referencia, infortunado en el lance. Bruma, de perfil antagónico y rebosante frenesí, ocupó su escaño al final de un cuarto de hora de intensidad amilanada. Ronaldo redondeó el paradigma de quietud sin balón simétrica en ambos equipos con un slalom individual y remate desde media distancia alejado de palos.
La movilidad buscada por Benítez sacaba de línea a Benzema, que sostenía sobre sus hombros la responsabilidad del desequilibrio entre líneas, al igual de James. Bajo tal disposición, Marcelo y Danilo se incorporaban de forma permanente, como dos piezas afianzadas en la circulación medular que ofrecían, al avispado contrincante, ventanas abiertas para la filtración de veneno a la contra. El duelo había mutado en este tramo, pese al intento de escapismo visitante, hasta la posesión absoluta madridista y el achique de aguas y pasillos centrales y laterales vascos. Elevó líneas y presión el necesitado conjunto capitalino y el escenario fiscalizaría la consistencia de los pupilos de Eusebio y el equilibrio tras pérdida de los presuntos candidatos a todo. Éste último punto sufrió una prueba precoz, de nuevo en las botas de Jonathas, que sentó a Pepe y probó lo pegajoso de las manoplas de Navas en el 20. Si bien la pelota yacía pintada de blanco, distribuida por la multiplicidad de opciones en desmarques de ruptura interiores y exteriores, la Real asumía el riesgo de su valiente apuesta y lanzaba a Carlos Martínez y Yuri en cada atisbo de horizonte. Y, ante un Madrid mejor engrasado en la vertiente al vuelo que en la estática -también vertical-, parecería un movimiento demasiado atrevido. Por consiguiente, se multiplicó el flujo de llegadas. En la primera de esta serie se susurró el punto de inflexión del duelo. Sin embargo, Ronaldo erró una pena máxima inexistente sobre Benzema. Enviaba a las nubes su frustración con automática sonora división de opiniones del respetable. Corría el 23 de partido y el 0-0 se aferraba a la supervivencia.
Benzema prosiguió el proceso de perforación desde múltiples frentes con una pared ligada con James y el chut desde media distancia que atajó Rulli. No conseguía la Real introducir sus argumentos en la discusión con continuidad. En torno al minuto 30 dibujó un matiz al paisaje al recobrar la circulación sostenida que le entregara un respiro. La autocomplacencia defensiva de James y la línea ofensiva patrocinó el avance de territorio vasco, que sacó la cabeza de entre la marejada de combinaciones en su frontal delineadas entre Benzema, Marcelo y James. La directriz de significar el recuerdo del peligro para la portería de Navas tomó cuerpo en la asociación brillante, sin demasiada oposición, que culminó en centro de Xabi Prieto y cabezazo desviado de Jonathas. Bruma, que no había entrado en dinámica todavía ni había representado el frenesí ideado desde el banquillo, asistió al evento en solitario, desde el segundo poste.
Se decretó el último cuarto de hora antes del intermedio y los desajustes que buscó con más ambición que de costumbre el Madrid los descubría en su retaguardia. La primera ruptura de líneas sangrante arribó en el 33 de partido, con Illarramendi y Canales como maestros de ceremonias en la explotación de las hectáreas a la espalda del centro del campo local. Este primer acercamiento serio, alejado de la piel del espejismo, engrosó su calibre en el 35, con Bruma cabalgando las fisuras tácticas de su ilustre oponente, centro del omnipresente Yuri y testarazo ajustado de Jonathas, con un segundo peón ofensivo, de nuevo, desmarcado en el segundo palo. Se tornó más abrupta la desorganización madridista -cinco futbolistas ya no retomaban sus posiciones defensivas- y la periodicidad de contraataques de fina elaboración vasca estrechó la distancia entre episodios. La sombra de Marcelo y Danilo, apostados arriba como plasmada idea atacante, desenmascaraba, entonces, las lagunas de un Kroos superado en el orden de la vigilancia. Así, mientras Bale, Ronaldo, Benzema, James y Modric se topaban con Rulli -disparo del galo en el 38 y centro del luso en el 39-, tragaba su peor momento en ambas fases el bloque madrileño.
Sin embargo, si no se pareciera demasiado espacio para que el panorama empeorara la legitimidad del proyecto renovado por Florentino Pérez este verano, la patina de ayuda arbitral golpeó de nuevo para, esta vez sí, adelantar al Madrid. Ronaldo transformó un polémico penalti por mano (el centro de Bale rebotó en el pié para golpear el brazo extendido de Yuri) centro del galés, que había encontrado la situación para explotar su potencia y desborde con metros por correr y recorrer. Ajustó al extremo su lanzamiento al poste izquierdo el portugués para convertir en fútil la sensacional estirada de Rulli en el 42.
El inesperado resbalón, que tomó la mejor versión donostiarra, tradujo el crecimiento en anestesia hasta el descanso. A ese descenso de fe y concentración sumó profundidad la lesión de Canales –que alarga la terrible amalgama de infortunios graves-. Eusebio optó por incluir a Rubén Pardo, un organizador con capacidad de mantener la pelota y batir líneas, a falta de Esteban Granero, para provocar la continuación de la modificación del guión que entregaba la pelota a los suyos. Aceleraron sin rédito James y Bale hasta el 45 y Ronaldo clausuró el intervalo con un remate a las nubes desde el pico del área. No había dominado el Madrid el partido, ni se había mostrado competente en el cierre ni mostró eficacia de cara a gol ni, tampoco en la producción de opciones de remate-. Pero salvaba los muebles tras un collage de presión, nervios, desatención y desatino.
Por todo ello, el segundo acto arrancó sin modificaciones. Ni de nombres, ni de inercias. La Real quiso solidificar su tratativa de control del esférico y Benítez aceptó la afrenta cediendo metros y confiando en su solidez el florecimiento de salidas que sentenciaran en duelo. Pardo avisó, en el 47, de lo resbaladizo de la mutación merengue, con una falta frontal que no encontró la cruceta por poco. De hecho, salió más intensa y ambiciosa la Real, alzando más piezas y llegadores a sus salidas elaboradas. Obtuvo mejor pelota y mando y cosechó, por todo ello, resultado con celeridad: Carlos Martínez envíó un pase aéreo que Jonathas gana a los centrales –reclamaría falta Benítez en el baile- y el rebote contactó con los pies de Bruma que, ante el pobre tapón de Danilo, remarcó la escuadra con un lanzamiento impecable que empataba la contienda. Había renacido un equipo vasco que negaba salvajemente la trascendencia de sus bajas sobrevenidas y retrataba los vaivenes de concentración colectiva madridistas. El tenebroso silencio de cementerio regresó, salpicado por pitidos, a la tribuna y la atmósfera recuperó su tez gélida de la tensa previa.
No escatimó el coloso en su revirada respuesta, concatenando el empuje y los desatinados intentos -en las botas de Ronaldo y Kroos- con desconexiones en el repliegue, que entregaron a Bruma un mano a mano que habría detonado la deflagración ansiada por tantos en el Bernabéu. Un pelotazo vil que Xabi Prieto ganó a Danilo bastó para ajusticiar el desorden de la retaguardia local y sólo el meta ‘tico’, que parece permanecer ajeno a las trincheras de vestuario, sostuvo el respiro de su preparador. De este modo, cuando se hubieron quemado los primeros 10 minutos de la reanudación, la endeblez madridista emergía como un hecho consumado. Los donostiarras soltaban su creatividad libreados de ataduras y plenos de confianza ante el desempeño local. La ruptura entre líneas ofrecía sollozos a Benítez y espectáculo al espectador neutral, al abonar el terreno para que la gestación de llegadas engrasara su producción. Bale cerró el cuarto de hora incómodo con un chut frenético que Rulli sacó -exhibiendo reflejos- y Benzema hizo lo propio con la testa y en transición.
A estas alturas de la trama, la hoja de ruta diseñada por Eusebio rozaba la perfección en su despliegue y ejecución. No sólo disponía oposición a la gestión de la posesión madridista, sino que robó el esférico con rotundidad para crecer y evolucionar en el control del duelo por el camino de las asociaciones eternas hilvanadas con Pardo, Prieto, Illarra y los laterales. Sacó de eje al Madrid una Real Sociedad impecable en la concepción del juego y la conducción del partido al pentagrama que le es favorable. La reacción local ante el empate quedó en oasis en el desierto por virtud de la disposición visitante. Benítez, que matizó su tendencia al robo y salida, sentó a James -en suspense desde hace meses- para incluir a Kovacic. Buscaba el entrenador español que el regusto por la circulación del croata aportada fluidez y brega para cimentar el esfuerzo postrero del equipo sin guarecerse ni suicidarse. Y, de nuevo, durante otra performance eficiente de posesión vasca, golpeaba el balón parado local. Ronaldo cazó un centro en saque de esquina de Marcelo para batir a Rulli por la cepa del poste. Corría el minuto 68 y quedaba ahora por decidir si recorrerían caminos similares ambos púgiles o variarían su esquema en la recta final.
Eusebio abrió fuego al otorgar descanso al batallador y desacertado Jonathas para dar entrada a Vela, en un guiño ofensivo, de correlación con el dominio posicional y posesional mostrados. Pero el Madrid no conseguiría reconducir la trayectoria evidenciada, lejos de la pausa combinativa para cerrar el duelo con balón y de la cohesión que le otorgaría calma en la labor de repliegue. La Real Sociedad se afanaba por llegar a la orilla a través del achique de espacios y promocionar un intercambio de disparos en opciones no demasiado pulidas que favorecían el vuelo de los contragolpes merengues. Releyó Benítez la tesitura y sustituyó a Benzema –alejado de su versión clarividente- por Lucas Vázquez. Así, en el minuto 75 transformaba el Madrid su dibujo hacia un 4-4-2 que trataba de juntar piezas en la manutención de la posesión y equilibrar los avances coordinados vascos, abriendo a Bale a la cal y manteniendo a Ronaldo en el centro del área.
El epílogo, condicionado por la entrada de Casemiro y la suplencia de un Modric menos iluminado que de costumbre, favoreció al Real Madrid. Lo hizo a través de la ausencia de dos elementos clave en el sistema ofensivo vasco, por mor del cansancio acumulado en el sublime esfuerzo realizado y con base en el reverso de la valentía. Cerró filas la entidad capitalina para sufrir el chut final de Pardo, descontextualizado rematador en el centro del área, que se fue a córner. La única llegada donostiarra en los últimos diez minutos contrastó con la pericia merengue, que también tocó la puerta de Rulli en una ocasión. Pero no perdonaría la sentencia y ganancia de oxígeno para todos. Bale, destacado en la mediocridad creativa, adoptó su rol británico desde el perfil izquierdo, y centró con clase para el remate a la red de Vázquez, que sigue opositando, sin respaldo mediático, a peldaños de protección que acunan a un Isco que permanece en una continuada decrepitud de eficacia y actitud. El tanto del canterano entrega tiempo a Benítez y Florentino, que no crédito. No refrescó el Madrid su excelencia coral del firme inicio de curso en lo defensivo, ni evidenció mejoría en la alegría atacante. Pero, aunque los hacedores de tormentas aseguraran que debía convencer además de vencer, Rafa ganó tres puntos, que era el objetivo para el que trabajó durante toda la semana. Alcanzó el liderato, aunque éste se antoja provisional. La carrera de fondo, de momento, es por alzar trofeos, no por tocar cotas de excelencia y paroxismo. "He felicitado a Cristiano y a todo el equipo, los que han salido de inicio y los del banquillo porque han estado unidos en una situación en la que hacía falta carácter y personalidad", sintetizó el aliviado estratega. Había sobrevivido, una semana más, a la titubeante asunción de sus presupuestos por parte de sus asalariados.