Opinión

La contradicción de la nueva política

TRIBUNA

Lourdes García del Portillo | Jueves 31 de diciembre de 2015

La política es aquella actividad humana que tiene como objetivo articular la vida en comunidad para alcanzar un fin común. La meta a la que han aspirado las sociedades occidentales a lo largo de su historia ha ido variando. Los griegos, por ejemplo, ansiaban la autarquía de la polis, pero cuando su ideal se les quedó pequeño no fueron capaces de imaginar otro régimen político más amplio y complejo, y perecieron. En los últimos dos siglos, el fin de Europa y de Occidente en general ha sido articular la vida social de tal manera que cada persona tuviera mayores posibilidades vitales. Es decir, se entendía que un gobierno era bueno si había conseguido que las personas tuvieran más facilidades de las que tenían antes. Y a la inversa: si el mundo se había vuelto más hostil para la gran mayoría, se consideraba que era culpa de los políticos.

Quizá la meta a la que aspiran hoy las sociedades occidentales ya no sea sólo exigirles a los políticos que nos provean de más y más bienes. A lo mejor, precisamente, porque ese ideal ya no nos entusiasma, estamos en crisis. Pero si miramos en derredor no hay ni un solo movimiento intelectual que segregue, de momento, una idea de una nueva meta incitadora. Y si no hay nuevas ideas, difícilmente hay nueva política. Visto así, los partidos emergentes son nuevos en el sentido de que acaban de aflorar, pero no son innovadores. Proponen lo mismo que pensadores tan distintos entre sí y tan lejanos en el tiempo como Karl Marx o John Stuart Mill: hay que organizar la sociedad para aumentar los recursos de todos los ciudadanos.

Pero si dejamos de lado el hecho de que a lo mejor lo que necesitamos es renovar nuestro fin social y alumbrar nuevas metas; si nos mantenemos en la idea de que los políticos tienen que favorecer que los ciudadanos tengan cada vez más facilidades, lo cierto es que los partidos emergentes tienen razón: los partidos mayoritarios, en los últimos tiempos, no han estado a la altura. Puede ser que no hayan sido ellos los únicos causantes de la crisis pero, desde luego, la han espoleado con su comportamiento vicioso.

Por un lado, en vez de dialogar y llegar a acuerdos, lo único que han hecho cada vez que han tenido una victoria en las urnas ha sido imponer su punto de vista durante toda la legislatura, acabando con las políticas que había hecho el partido anterior. Y así es imposible que las cosas mejoren porque hay asuntos, como por ejemplo la educación, que requieren un proyecto sostenido en el tiempo a través de un pacto de Estado. Pero como ninguno cede jamás, los que salimos perjudicados somos los ciudadanos. Con su perpetua discordia, cada generación de españoles recibe una educación más incoherente y fragmentada.

A eso se suma que los dos grandes partidos en alternancia, se han sentido seguros de su permanencia y un nutrido grupo de políticos de ambos partidos –no todos, muchos han trabajado honradamente– se ha dedicado a robar a manos llenas.

Desde ese punto de vista, es lógico que los españoles estemos hastiados de la “vieja” política y busquemos cambios. Pero, ¿necesariamente tienen que provenir de nuevos partidos? ¿No son estos una duplicación de los que ya existían con la única diferencia de que han venido a distorsionar más aún nuestro maltrecho panorama político?

En cualquier caso, lo que no hay que olvidar es que su aparición sólo tiene sentido si realmente traen consigo transformaciones. Pero, ¿de qué tipo? Existen muchas maneras de entender cómo conseguir que nuestra sociedad prospere. Ya se sabe que, precisamente, lo que fomenta la democracia es que existan distintos puntos de vista de cómo solucionar los problemas para que los ciudadanos elijan a través de su voto aquella formación que les parezca más solvente. Pero si los nuevos partidos aspiran a ser realmente tales, además del contenido de sus políticas, tendrán que demostrarnos a todos los españoles que están dispuestos a cambiar los dos principales vicios de la política española: han de gestar sistemas de control para luchar contra la corrupción, pero no sólo del gobierno sino también de todos los grupos parlamentarios que estén en la oposición; y, sobre todo, tienen que estar dispuestos a dialogar para que alcancemos el mínimo grado de estabilidad y concordia que nos permita llegar a pactos de Estado. Ese es el secreto a voces de los países que hoy tienen más calidad de vida: sus políticos están de acuerdo en las bases de la convivencia. Aquí, en España, aunque hoy nos parezca increíble también se consiguió una vez. Fue en aquella época en la que un ministro-secretario general del Movimiento franquista, Adolfo Suárez, se sentó a conversar con el Secretario General del Partido Comunista, Santiago Carrillo, para, a pesar de sus diferencias, conseguir remar en un solo sentido, el del bien común. Existen voces hoy que dicen que en la Transición se mantuvo la estructura del régimen franquista. Sin embargo, el espíritu de entendimiento supuso concesiones por las dos partes. La prueba la encontramos en que se dio carta blanca a un sistema electoral que favorece a los partidos nacionalistas. Durante todos estos años, esos partidos han ejercido su privilegio haciendo que primara su interés localizado frente al general, rompiendo el principio de solidaridad recogido en la Constitución. Hoy, ya no se contentan con hacer primar su interés, sino que exigen imponer su punto de vista minoritario a la totalidad de la sociedad.

Por otra parte, durante toda la campaña electoral los nuevos partidos han hecho mucho énfasis en la necesidad de diálogo pero, ¿de verdad se les creía? ¿Alguien pensó, por ejemplo, que Pablo Iglesias y Mariano Rajoy estarían dispuestos a conversar como lo hicieron Suárez y Carrillo? Más bien, al hablar de diálogo se sobreentendía que era para llegar a un entendimiento entre los movimientos y grupos de la izquierda, lo cual también es contradictorio. Se parte de la base de que se trata de fuerzas plurales, es decir, que su principal fortaleza es que cuentan con muchos puntos de vista y, sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, se pretende que todas esas fuerzas voten en singular. ¿Dónde queda, entonces, la diversidad? Y si la representación de tantos partidos se subsume al final a la ideología de un grupo que consiguió sólo 69 escaños de los 350 que hay o, por decirlo de otro modo, a 5 millones de votos frente a los 20 millones totales, ¿qué legitimidad tienen para gobernar sobre la totalidad de la sociedad española? Hoy en día cada vez se da más por hecho que en la democracia lo decisivo es sumar votos pero se olvida algo fundamental: la aritmética parlamentaria tiene su fundamento en la geometría social y civil, y, por tanto, sólo cobra su sentido si la respeta. La nueva política, la originalidad que el grupo morado nos ofrecía, al igual que la nacionalista, no sólo no es nueva, sino que se trata de una de las más antiguas del mundo. En ciencia política se la denomina dictadura de la minoría.

Para contrarrestar a estos movimientos trasnochados y toscos, en nuestros oídos históricos siguen, sin embargo, grabadas aquellas palabras anticipadoras de una verdadera innovación. “Vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la ley”, dijo Suárez en 1976. Y añadió refiriéndose al exiliado Antonio Machado: “Y permitidme para terminar que recuerde los versos de un gran autor español: «Está el hoy abierto al mañana. Mañana, al infinito. Hombres de España, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana ayer escrito»”.

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