En su mensaje sobre la Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre ha vuelto a pronunciar esa expresión por él acuñada tiempo atrás de «tercera guerra mundial en fases». Se ha referido a las guerras y los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las vulneraciones de derechos humanos, que han marcado el año 2015, de principio a fin, multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo.
La Santa Sede, como cátedra augusta de la Paz, prosigue su perenne tarea de velar por los intereses superiores de la Humanidad civilizada denunciando allí donde el hombre es humillado. La Iglesia trabaja siempre por la paz con noble sinceridad sin resolver problemas puramente políticos, pero asegurando a los Estados una franca colaboración en todo lo que represente progreso social y salvaguarda de la libertad y la dignidad humanas. Como los Pontífices anteriores, el Papa Francisco sabe muy bien que el camino de la paz pasa por las conciencias personales. Sin un mejoramiento individual, sin un perfeccionamiento del ciudadano concreto y, sobre todo, de los dirigentes de los pueblos y naciones, la causa de la paz internacional estará constantemente comprometida. Por ello nos alerta que despreocuparse por los más débiles y desproteger el bien común son síntomas que constituyen una amenaza para la familia humana y nos invita a todos a reconocer este hecho para vencer esa indiferencia y conquistar la paz. La verdadera paz entre los pueblos no podrá realizarse si entre ellos no impera una norma de moral universal.
Cualquier persona dice estar a favor de la paz y de la prosperidad. De acuerdo. Todo el mundo acepta esos principios. Pero en horas tan desquiciadas como las presentes, una paz a cualquier precio es el anhelo de muchos. Unos, atemorizados por las dificultades y los sacrificios que exige la obtención de la paz justa. Otros, ingenuos proclives a ceder ante los cantos de sirena de quien se disfraza de paloma de la paz. En el mundo de las ideas ha calado también esta posición “pacifista”. Con tal de lograr la unidad, se busca la armonización de las ideas más contrapuestas, sin reparar en concesiones doctrinales básicas. Se renuncia a la verdad en todo su esplendor en aras de un derrotismo vergonzante, cuando no se la diluye en formas vagas e imprecisas preñadas de un sumiso relativismo. Inútil e impotente trabajo, pues resulta impotente e inútil sacrificar la nitidez de la verdad y amalgamar ésta con el error.
La voz del Papa ha defendido y defenderá siempre la paz. Pero no los pacifismos blandengues, acostados en claudicaciones, pues en su fondo late el desorden, la injusticia, nunca la verdadera paz. Esta empieza en el hombre mismo, en su corazón, donde debe asentarse. A ella se refería Goethe en El despertar de Epiménides “Ojala os fuera dado a vosotros tener alejado todo el odio y así gozaréis de la dicha suprema: la de gustar, tras ruda lucha externa, la íntima paz”.