ENTRE ADOQUINES
Alicia Huerta | Miércoles 06 de enero de 2016
A Barak Obama no le quedaba más remedio que tirar hacia adelante para intentar imponer, al menos, un poco de sentido común en el complicado asunto de la compraventa de armas en Estados Unidos. A pesar del rechazo del Congreso, del de gran parte de los políticos republicanos y, cómo no, de la férrea oposición de uno de los lobbies más temidos y poderosos del mundo: el de las armas. De modo que tan solo tres días después de regresar de las vacaciones navideñas y en la recta final de su improrrogable mandato presidencial, Barak Obama anunciaba este martes, bien arropado por una impecable puesta en escena, que el pequeñísimo granito de arena que pueda aportarse para impedir las ya cotidianas matanzas en masa que ocurren cada año en su país, él lo va a poner, caiga quien caiga. No es, desde luego, todo lo que habría deseado hacer al respecto, aquello que su programa electoral anunciaba que haría si se convertía en presidente, pero le honra enfrentarse a quienes siguen viendo en el descontrolado comercio de armas de fuego de cualquier calibre el paradigma de la libertad, en un país demasiado orgulloso aún de su pasado con sabor a western.
Rodeado de un numeroso grupo de familiares de víctimas de tiroteos masivos, en una inusual comparecencia Obama se valió de su incontestable oratoria – acompañada de unas lágrimas que el presidente iba enjugando antes de que lograran rodar hacia sus mejillas – para asegurar que los estadounidenses no pueden aceptar que “esta carnicería sea el precio de la libertad” en su país. Insistió en que las medidas que se aprobarán por decreto y con carácter inmediato - estudiadas al milímetro por sus asesores para impedir que las mismas sean inmediatamente impugnadas por ir más allá de su autoridad legal –, no son un “complot para, como afirman la mayoría de los republicanos, restringir el derecho a llevar armas recogido en la Segunda Enmienda de la Constitución”. Admitió que el citado derecho es, sin lugar a dudas, importante, pero advirtiendo, como si hiciera falta hacerlo, que es igualmente fundamental el derecho a ir al cine una tarde sin que un loco entre en la sala para acabar con la vida del mayor número de personas a quienes ni siquiera conoce, como ocurrió en Colorado en 2012. Igual de primordial que era el derecho de quienes rezaban en la iglesia de la comunidad negra de Charleston, antes de ser masacrados por otro asesino armado hasta los dientes. Y qué decir cuando ese derecho se refiere a los niños o adolescentes que acuden a clase y, de pronto, un día ya no regresan a casa porque han sido fría e inesperadamente ejecutados, en ocasiones por uno de sus propios compañeros.
“El lobby de las armas”, ha dicho bien alto Obama, “puede tener de rehén al Congreso en este momento, pero no puede mantener de rehén a Estados Unidos”. Audaces palabras, para algunos rayando lo suicida, precisamente porque lo único que Obama podrá hacer antes de marcharse será obligar a todos los vendedores a obtener una licencia federal, lo que, a su vez, les exigirá revisar los antecedentes criminales y de salud mental de sus compradores, y a que el FBI contrate personal adicional para acelerar el proceso de revisión de antecedentes y mejorar el acceso a los servicios de salud mental. Sin embargo, algo que aquí nos puede parecer tan de sentido común – que un enfermo mental diagnosticado no pueda adquirir armas de fuego con increíble facilidad – ya ha levantado ampollas en un país donde este tipo de armas terminan con la vida de 30.000 personas cada año. A nivel político, el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, se apresuró a adelantar que el decreto de Obama será convenientemente “desafiado en los tribunales”. Y a nivel social, los datos hablan por sí mismos demostrando que el estadounidense sigue creyendo que solo puede defenderse a tiro limpio: el pasado mes de diciembre, nada más ocurrir la matanza de San Bernardino, se vendieron en Estados Unidos 1,6 millones de armas. Fue la cifra mensual record de las últimas dos décadas, solo superada por los 2 millones de armas de fuego vendidas durante el mes de enero de 2013, es decir, después del sangriento tiroteo en la escuela Sandy Hook de Newtown (Connecticut), donde fueron asesinados 20 niños y 6 mujeres. De esta terrible matanza estaba precisamente hablando Barak Obama cuando empezaron a brotarle unas lágrimas en las que, por supuesto, muchos únicamente verán demagogia. ¿Sobreactuación, quizás? ¿Pura y simple impotencia de quien se supone el hombre más poderoso del mundo? En todo caso, después de su descafeinada reforma sanitaria – también a causa de la firme oposición de otro lobby, el de las compañías de seguros -, a Barak Obama solo le quedaba decidir si antes de marcharse de la Casa Blanca se ponía o no en el punto de mira, en el centro de la diana. En definitiva, a tiro.
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