Jueves 07 de enero de 2016
El harto improbable empate en el voto de la militancia de la CUP ha ahondado la crisis política catalana, comunidad que sigue sin poder formar un gobierno a poco más de tres meses de las elecciones. Las contradicciones internas del secesionismo, las inveteradas tensiones dentro de la izquierda entre quienes priman la independencia y quienes priman la revolución, la oposición al proceso de desmembramiento de España por más de la mitad de la población catalana, todo ello ha conducido al independentismo a un callejón sin más salida que la de repetir los comicios. Todavía quedan horas para que la CUP de un giro y se evite el cuarto voto en unas elecciones regionales en cinco años. Pero, a estas alturas, parece improbable.
Esta compleja situación –más allá de la imagen grotesca que proyecta de Cataluña- tiene implicaciones políticas a todos los plazos susceptibles de ser considerados, desde el más inmediato al más lejano. Pero también tiene una interpretación económica. Los analistas miran a España con preocupación, por varios motivos. Uno de ellos, claro está, es el resultado de las elecciones nacionales. Pero otro es la tensión a la que los nacionalistas catalanes han sometido a las instituciones españolas. Un verdadero proceso secesionista podría arruinar la infraestructura institucional, y conducir al país a un conflicto mucho mayor que el actual, de solución tan costosa como lejana. Una ruptura de España es inimaginable, pero una grave crisis nacional, la vuelta al terrorismo y la quiebra del Estado de Derecho convencería a muchos inversores de que España no merece la pena como destino de sus fondos.
Por supuesto que la pertenencia de nuestro país a la Unión Europea, y el apoyo explícito de nuestros socios al mantenimiento de la unidad nacional, es un arnés que nos sostiene frente al abismo. Pero incluso éste puede ser insuficiente si, finalmente, y parafraseando a Otto von Bismarck, España logra en esta ocasión destruirse a sí misma.
Con todo, la peor situación es casi tan improbable como el empate de la CUP. Los empresarios creen que unos nuevos comicios es la mejor opción, ante el impasse actual. Por descontado que una vuelta a las urnas no asegura que el resultado sea mejor en ningún sentido. Pero la propia lógica democrática aboca a la repetición de las elecciones. Mientras tanto, las instituciones españolas seguirán funcionando y las peores consecuencias económicas estarán controladas.
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