A los cinco años de su comienzo, la guerra de Siria no solo no termina, sino que se agrava cada vez más. El país es un avispero con varias fuerzas en conflicto, entre el Estado Islámico, los rebeldes y el ejército de Basard al-Ássad. Un conflicto que ya se ha cobrado miles y miles de víctimas, y ha ocasionado la mayor crisis de refugiados de los últimos tiempos. La contienda se está cebando de manera especialmente cruenta en la población civil y no únicamente a través de la acción bélica directa. El arma de cercar las ciudades se ha convertido en un mortífero instrumento que, pese a mostrarse ineficaz para el objetivo de que el bando que domina en la ciudad sitiada se rinda, se utiliza con profusión provocando situaciones límite de enfermedad y hambre.
Esta terrible realidad, que se vive en todo el país, se ha puesto estos días especialmente de manifiesto en Madaya. Ubicada a 25 kilómetros al noroeste de Damasco y a 11 de la frontera libanesa, la ciudad está bajo el control de los rebeldes al régimen de Basard al-Ássad, por lo que tropas de su ejército y milicias de Hezbolá, aliadas de Damasco, la tienen sitiada de manera férrea, hasta el punto de impedir que ni siquiera entre ayuda humanitaria. Se han difundido fotos de habitantes de Malaya verdaderamente escalofriantes, con personas, incluidos ancianos y niños, que parecen de un campo de concentración. La situación es desesperada. Sus habitantes intentan mitigar el hambre comiendo hierba, hojas de árbol e incluso perros y gatos. No hay alimentos ni medicinas, y en las últimas semanas se han incrementado las muertes por inanición y por ausencia de medicamentos para los enfermos.
La ONU ha anunciado que ha conseguido por fin que el régimen de Bachar al-Ássad permita en Malaya la entrada de ayuda humanitaria Sin duda, es una buena noticia, pues paliará las condiciones extremas, pero inevitablemente esa ayuda será insuficiente y en poco tiempo se volverá a estar en las mismas. Es urgente que la comunidad internacional no escatime esfuerzos para que la guerra en Siria no continúe enquistada. Para ello hay que derrotar definitivamente al Estado Islámico y encontrar la manera de que Bachar al-Ássad, apoyado empecinadamente por la Rusia de Putin, abandone el poder.