Opinión

El experimento de Colonia

EPPUR SI MUOVE

Antonio Hualde | Martes 12 de enero de 2016

La Nochevieja en Colonia y en otras ciudades de Alemania fue una verdadera pesadilla. Todavía no se sabe a ciencia cierta cuántas mujeres fueron agredidas sexualmente, aunque es una cifra muy elevada. Los supuestos responsables, musulmanes, entre los cuales había un buen número de refugiados. Lejos de ser un hecho puntual, se trató de un plan perfectamente organizado, cuya finalidad era la de mandar un mensaje claro y directo. ¿Estamos ante algo sin precedentes?

Por desgracia, no. Ahora sale a la luz que en verano ya se produjo un caso semejante en Estocolmo, pero las autoridades suecas ocultaron el asunto para que no trascendiera el origen de los agresores: también musulmanes, y también entre ellos muchos refugiados. Y sin embargo, nadie parece querer hablar de ello. ¿Por qué? Imaginen que hubiera sido al revés: nórdicos y arios de pura raza violentando a chicas musulmanas. Al segundo cero el mundo sería un inmenso campo de batalla, y no quedaría una sola embajada europea sin incendiar. En cambio, en Europa nos la seguimos cogiendo con papel de fumar, empeñados en poner alfombra roja a quienes no quieren sino destruirnos.

El problema nace en Qatar y Arabia Saudí. Su petróleo financia la visión más siniestra y medieval del Islam, el wahhabismo que reivindica la Sharia de lapidaciones y latigazos. En Túnez -epicentro de la Primavera Árabe- y grandes zonas de Marruecos, Jordania y Líbano se vive un Islam diferente, el de verdad: sin meterse con nadie. Pero el que mueve los hilos es el otro, y, de paso, moviliza. Al punto, sufraga bajo cuerda a los animales del ISIS y a cientos de webs yihadistas. Desde su punto de vista, una chica que no va lo bastante cubierta y sin la compañía de un marido, novio o pariente varón es poco menos que una fulana. Y es de sobra conocido lo que piensan estos tipos de los derechos de la mujer. Ese es el mensaje de Colonia y Estocolmo: cuidadito con hacer vuestra vida, ya no estáis seguras.

Cuando Arabia Saudí construye una mezquita, supervisa tanto la contratación del personal como el adoctrinamiento que vayan a impartir -huelga decir en qué línea-. También ofrece un sueldo a aquellas que se comprometan a llevar el hiyab. Fomenta iniciativas como la que acaba de lograr el consejo musulmán británico: cambiar todo el calendario de exámenes para que los finales no coincidan con el Ramadán. En España, claro, van a pedir lo mismo. Por de pronto, aquí ya han conseguido que en muchos colegios públicos no se canten villancicos ni haya belenes, que eso ofende.

No todos los musulmanes se comportan así, pero todos los que se comportan así son musulmanes. Hay otro Islam posible; reitero el ejemplo de Túnez y el de la mayor parte de musulmanes, suníes y chiíes -estos últimos, pese a la imagen que ofrece Irán, con una perspectiva mucho más racionalista y autocrítica-. “En otros tiempos, el fanatismo religioso dio origen frecuentemente a acciones criminales e impías”. Eso lo dijo Lucrecio, un filósofo romano que vivió en el siglo I A.C. Es lo que debería hacer más de uno: leer a Lucrecio. O simplemente, leer.

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