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Sin "patadas", el Barça impone el bostezo y Messi gobierna | 0-2

COPA DEL REY - ESPANYOL 0 (1) BARCELONA 2 (6)

Diego García | Miércoles 13 de enero de 2016
El derbi catalán volvió a su carácter anodino, con un Espanyol fiscalizado. Por Diego García

Regresaba el Fútbol Club Barcelona a la escena del crimen. En Cornellá cedió el liderato liguero en una exhibición de tensión competitiva de un Espanyol que amaestró la relevancia de la calidad en el balompié. A partir de aquella sangría de puntos se cernió sobre el ambiente el nubarrón del buenismo, que opta por entender la protección del porvenir del juego a través de la desnaturalización del mismo. Las banderas que reclaman matizar el afile de los argumentos del menos dotado terminaron por imponer tono y configuraron una atmósfera tan enrarecida como la que respira el procés catalán, representado este miércoles en el palco por el estreno en el derbi de la comunidad del nuevo presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont. La lupa a lo que unos consideran censurable violencia y otros agresividad deportiva quedaba, pues, decretada sobre el actual sospechoso de resultar defensivo en un duelo condicionado, también, por el marcador cosechado en la ida (4-1).

Constantin Galca, fino organizador en su etapa de futbolista e inteligente exprimidor de los recursos desde el banquillo, tenía ante sí el desafío de mantener la rivalidad como impulso motivacional que trascendiera a la irrelevancia competitiva de este segundo capítulo de a eliminatoria. Para ello, configuró una medular de equilibrio y capacidad lanzadora con Jordán, Abraham y Salva Sevilla. Por delante repetían Asensio, Burgui y Caicedo, piezas más frenéticas que efectivas. Álvaro, Ciani, Duarte y Correa sostendrían el esquema con el sobrio meta italiano Bardi bajo palos. La cohesión entre líneas y la intensidad marcarían el camino de los locales en una batalla desnivelada desde el prisma técnico, que sólo conseguirían acometer con garantías si volvían a conducir la trama hacia lo anatómico.

Luis Enrique entendió este evento como una suerte de campo experimental y esbozó una mezcla entre rotaciones y probaturas que dio como resultado el regreso al once de Vermaelen, Mathieu y Munir y la ampliación de la puesta a punto de Arda Turan y Aleix Vidal. Iniesta, Busquets, Neymar y Piqué descansaban y Luis Suárez, el único sancionado por motivos de confrontación a los valores deportivos, cumplía su primer partido de castigo. Rakitic y Sergi Roberto conformaban un doble pivote que exponía un 4-4-2 desacostumbrado. Sobre Messi gravitaría la porducción ofensiva de un sistema desenvuelto en pos de la mantuención de la posesión como fórmula y antídoto de la intencionalidad perica. La pelota debía quedar marcada por la exclusividad visitante y cualquier transición puntiaguda rebajaría tensión a la empresa. Con poco que perder y mucho por ganar -en cuanto a las conclusiones a sacar por el banquillo- desembarcó el gigante en el feudo de vecino señalado.

Arrancó el duelo con el Espanyol efectuando una reproducción a escala de lo acontecido en el prólogo de la serie previa. Alzó el nivel de la presión e intensidad, achicó espacios y cortocircuitó la primera salida de pelota del coloso, que buscaba su espacio para rebatir el inicio ardoroso perico. Sollozaba el despliegue posicional blaugrana, que ni conseguía templar el tempo ni llegaba a aplicar las ayudas al tapón de la transición local. No obstante, el movimiento del técnico rumano, que colocaba seis piezas en campo ajeno, ahogó la pretensión de Lucho. La escena parecía robada al previsible protagonista.

El túnel de Marco Asensio a Arda en banda, diagonal posterior y chut desviado final, en el minuto tres, abría boca y remarcaba el paisaje. El pisotón sobre el tobillo de Sevilla y ejecutado por Dani Alves, candidato a expulsión y merecedor preclaro de amonestación ausente, alzó el telón del otro partido. El esperado. Corría el minuto siete y el Barça mostraba su incomodidad por medio de su argucia menos propia, la agresión. La maraña medular había contreñido al balón parado a la producción ofensiva culé. La potente volea de Messi, que cazó un despeje deficiente a la salida de un córner para el despeje de Bardi -que sacó el cuero de su torso como pudo, evidenció el intento por lucir piel camaleónica del campeón del mundo.

Sin embargo, el fogonazo se tornó con celeridad en una suerte de oasis en el desierto, acontecido y limitado al prólogo del guión. El Barça fue tiñendo la pelota de azulgrana, con rigor y afán controlador, de modo que el ritmo quedó anestesiado antes de quemarse el primer cuarto de hora. Mutó de perfil y elemento protagónico el envite y pasaba a ser ahora el Espanyol el bloque que ser abrazaba del balon parado para respirar. Jordán recuperó un pobre rechace de la zaga visitante al centro de Burgui para rematar muy desviado desde media distancia en el 13. Pero, entonces, nadie conseguiría ya matizar el pelaje de la línea argumental: el Barcelona impuso su estilo pr la vía del monopolio de la pelota y los de Montjuic empezaban a tender al encierro, por la naturaleza dominadora visitante, agudizando su paciencia y concentración en pos de alzar las líneas de manera coyuntural para tomar oxígeno y crecer a la contra.

La horizontalidad contemporizadora culé marcó el devenir del derbi con rutilante rotundidad. Tan sólo Messi, que se gustaba en el rol de creador, de generador de fútbol, alejado del área, ordenaba y organizaba la aceleración coral que, con repiqueteo aislado, inquietaba a Bardi. Fueron 18 minutos los que tardó el Barça en elaborar su primera llegada prototípica: una combinación brillante de Leo con Arda, con mediación de Munir y Rakitic, culminó en el chut alto de Dani Alves. Se despelgó, en un intervalo relativamente amplio, el despertar del Balón de Oro. Y lo hizo de manera un tanto particular. Duarte asestó una patada al gemelo del astro, que había inutilizado la oposición del lateral con un simple control de seda. A continuación, tomó el cuero el mejor futbolista de la historia barcelonesa para avisar de su irresistible desenfreno: un cambio de ritmo y finta, que minimizó a la anécdota elmarcaje de su par, condujo al centro vertical que Munir envió ajustado al poste en el 21. Dos minutos después, un nuevo cambio de ritmo arrasaba la solidez interlineal local para, en solitario, dibujar un número fulgurante de quiebros de pelota cosida a la bota que concluyó en una estirada de foto de Bardi.

Desapareció el magnetismo colectivo perico, que sólo encontró un espacio para estirar el esfuerzo en el testarazo de Ciani que lamió la madera de Stegen al saque de esquina provocado por una aventura de Burgui. El control absoluto del Barça, tendente al soliloquio desprovisto de pérdidas propias y recuperaciones ajenas por el cariz horizontal del sentido del juego, convino, a través de la exhibición del 10, en la necesidad de sacar tajada de la cosecha. La presión elevada del sistema de Luis Enrique granjeó el defectuoso desje del meta local, que cayó en los pies de Messi. El iluminado faro -más solo que nunca en la creación ante el 4-4-2 de olvido vertical planteado- miró a la banda y dispuso un pase que atravesó el carril central, batió líneas como una liebre, y ofreció el 0-1 a Munir, que aprovechó la tesitura para regatear al portero y anotar. Corría el minuto 31 y el guión visitante alcanzaba su cénit de cumplimentación: bajó los vatios y sentenció en vuelo.

El tímido disparo de Abraham desde larga distancia, producto de una contra trompicada, desperezó a Stegen y abrió el respingo infructuoso local que conduciría al intermedio. En el entretanto soló el codo Alvaro con dirección de impacto al abdomen de Messi, que vio abortada con dureza su tratativa de pared en la frontal en el 36. Repitió rotura antideportiva el central al frenar la contra protagónica de Leo, en vuelo, con un obstáculo anatómico a la altura de la rodilla del argentino que firmó la amonestación en este impás de tortura al espectáculo de gobierno efectuado por el astro argentino. Hubo espacio antes del pitido para que Burgui completara una contra descontextualizada local con un disparo raso desde media distancia que Ter Stegen atrapó con seguridad. También para el lucimiento personal del meta, que en el 40 acogió el codazo de Caicedo tras un saque en largo del meta -tarjeta amarilla casi naranja- e instantes después mostró su vigilia al sacar un mano a mano al ecuatoriano, con el patrocinio del tétrico error de cálculo de Vermaelen.

No engañaba el balance estadístico al especto delenfrentamiento. Con el 70 a 30 por ciento relativo a la posesión de balón empezó un segundo acto que no vislumbró cambios de inicio. "Nuestro equipo y nuestro público han estado vilipendiados por cosas que han pasando aquí en Barcelona", aseguró Rafa Marañón –máximo goleador de la historia del Espanyol- en el descanso, justificando las pancartas de muy mal gusto portadas por la sección ultra de su club. En coherencia con la sensación de perjuicio artificial verbalizada por el ex futbolista perico pareció salir el club blanquiazul, que volvió a recuperar la presión elevada. Quiso alzar su intensidad Galca y sus pupilos sacaron rédito al instante.

El robo y salida rápida que terminó en chut cruzado de Caicedo a las manos de Stegen, con Vermaelen como espectador de fútil esfuerzo abrió un díptico que zanjó el meta alemán al cercenar otro mano a mano repleto de astucia y desatino del punta ecuatoriano. Pero, como aconteció en el primer acto y en el marco general del cruce, el influjo de reacción local no gozó de la continuidad liguera y se deshizo en la rigurosa imposición del ritmo templado. Ante tal situación de calma con aspecto de punto de no retorno, se activaron unas sustituciones que señalaron a Vermaelen -entró el mosqueado Bartra- y dieron descanso a Burgui -más voluntarioso que acertado, dejó su lugar a Montañés-, Sergi Roberto -serio en el mediocentro en ambas fases, salió por Adriano- y Salva Sevilla -vacío de contenido ofensivo, dio paso a Sylla-. Así, para la última media hora Luis Enrique colocaba a Mathieu en el centro de la zaga y alzaba a Mascherano a la medular. Galca apostaba por el intento de alcanzar las tablas con pulmones que guiaran la transición.

No conseguiría revertir la inercia el técnico rumano ni con su tercer cambio, que incluyó en la trama al talentoso Gerard Moreno. La pelota circulaba con regularidad, alimentando el comedido desempeño de Rakitic, Alves, Arda, Mascherano y Adriano. Messi apagó su liderazgo y lo colocó en suspenso hasta el desenlace. Con la batalla ofreciendo alguna que otra salida de tono agresiva en intercambio de bando, el centrocampismo confirmó su victoria erosiva y emergió Aleix Vidal para dejar buen sabor de boca a los aficionados blaugrana. El extremo, que volvió a su escaño hispalense, brindó el segundo tanto a Munir y rozó un número mayor de asistencias en el rendimiento postrero, cuando los brazos y el resuello locales tocaban mínimos. No encontró fisuras el Barcelona para rematar su superioridad y pasar de ronda. Tampoco detectó carnaza el frente que buscaba personalizar en el Espanyol el enemigo defensivo, culpable preventivo por su estilo -como ya sufriera el Atlético de Simeone-. Se cierra la serie de derbis calentada por la pérdida de puntos del gigante con un partido de indigesto trago que, pos otra parte, subrayó la dulzura del cinco veces nombrado mejor del año.

Además, Celta, Athletic y Las Palmas también sellaron su clasificación. Los vigueses derrocharon clase competitiva para imponerse en casa al Cádiz (2-0); los vascos enseñaron la cohesión que les entregó el primer título del curso para asaltar el Madrigal y apear al digno Villarreal (0-1); y el conjunto canario se hizo fuerte en la isla para terminar por tumbar a un batallador Eibar (3-2).

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