Opinión

Palabras que no significan lo que crees

¡ARRESTE A LOS QUE APLAUDEN!

Elena Viñas García | Viernes 22 de enero de 2016
A Ingres le invadía "una extrema sensibilidad y un deseo insaciable de gloria". Tanto, que le atormentaba. Lo he sabido por un 'tuit' del Museo del Prado esta semana, uno de esos que forman parte de sus monográficos sobre pintores y obras que tantas curiosidades desvelan y que representan un oasis didáctico entre la maraña de contenidos superfluos de la red social.

Las palabras del pintor francés me recuerdan a la sensación que dijo experimentar Stendhal durante una visita a Santa Croce, la iglesia florentina en la que están enterrados Miguel Ángel, Galileo y Dante, tres gigantes del arte, la ciencia y las letras que yacen en compañía. Solo nombrarlo es emocionante. No extraña que la extrema belleza de la visión del conjunto hiciera experimentar al escritor francés el síndrome que lleva su nombre y que hace padecer angustia, excitación, temblor o palpitaciones ante una obra de arte.

Me da envidia Stendhal. Más que su persona y su obra, aquel síndrome que confesó padecer. Aunque en nada se le parezca, me ha parecido percibir un ápice de esa sensación cuando me paro frente al Descendimiento de Van der Weyden. Pero es algo pasajero; una profunda emoción motivada por la variedad de expresiones de los retratados o por la viveza de los colores.

Lo sublime como categoría estética también tiene que ver con el padecimiento de Stendhal. Es uno de esos términos junto a surrealismo, kitsch, dantesco o kafkiano que se utilizan con excesiva ligereza en conversaciones coloquiales sin entender qué significan. Y no siempre son de aplicación para lo que uno quiere expresar fuera del contexto artístico o literario.

El concepto filosófico de sublime es muy interesente porque es habitual que se cite como un superlativo de la belleza, pero hay un matiz importante. Alude al grado más elevado de lo bello. En concreto a una belleza de tal magnitud que conmueve, perturba y atormenta, sensaciones que dice padecer Stendhal y que experimenta Ingres, cuyo deseo es alcanzar la gloria, lo excelso, el éxtasis.

Este tipo de equivocaciones me recuerdan a los falses friends de las clases de inglés. Otro ejemplo es abrumar, que puede ser definido como asombrar pero también tiene una segunda acepció: agobiar o someter a gran presión. Y qué decir tiene relanzar, uno de los verbos de moda mal utilizado. Relanzar, dice la RAE, es repeler, rechazar.

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