Opinión

Apertura parlamentaria

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 15 de enero de 2016
Fui invitado a la constitución del Senado de la XI Legislatura. Forma parte de la tradición que los antiguos presidentes seamos invitados a los actos fundamentales que tienen lugar en las dos Cámaras de las Cortes Generales, y la primera sesión de la Cámara Alta, con la elección de sus órganos rectores, es el momento que definirá las líneas básicas de su actuación durante el tiempo que dure el mandato de los recién elegidos. ¿Cuánto durará esta Legislatura? ¿Hasta que fracase la o las investiduras del presidente del Gobierno? En ese supuesto, el Senado, aunque no interviene para nada en esa elección presidencial, será también automáticamente disuelto, y se volverán a elegir a los 208 senadores de elección directa, y esta circunstancia que carece de lógica institucional, será otro ejemplo, si se produce la disolución del Senado, de la imperiosa necesidad de reformarlo.

Sin embargo, lo que vimos en una y otra Cámara parlamentaria, nos llevó a muchos a pensar que la posibilidad de otras elecciones es menor que hace unos días. Pero sólo es una impresión, efecto de la conmoción que recibimos.

La constitución del parlamento es un acto normal en la vida de los Estados democráticos, pero no carece de una solemnidad simbólica, pues expresa la continuidad de las instituciones de gobierno que se basan únicamente en las leyes. Aunque la lucha política tenga niveles muy altos, incluso después de acabada la campaña electoral -como es nuestro caso actual-, el funcionamiento de las Cámaras se mantiene gracias a la fuerza de la ley. Ese hecho, ese funcionamiento regular que se asimiló al movimiento natural de las mareas o del rotar de los planetas, que se consideraba superior a las decisiones irregulares de los déspotas y de quienes detentaban poderes únicamente por la fuerza, emocionaba a los partidarios de la democracia, y por eso nos sigue conmoviendo por su significado a quienes vivimos ese inolvidable tránsito de unos procuradores en Cortes nombrados por un caudillo militar, a unos diputados y senadores elegidos libremente por el pueblo soberano.

Por eso los gestos de los senadores electos de “Podemos”, miméticamente preparados como los de sus correspondientes en el Congreso de los Diputados, a mí, particularmente, me enojaron mucho. No me alteró ni el atuendo provocativamente desaliñado, ni tampoco otros signos y gestos con los que comparecieron en el solemne primer acto de la Legislatura. Incluso me resigné cuando escuché la perorata que añadieron a la fórmula de jura o promesa de la Constitución cuando perfeccionaron su condición de senadores. Recordé cuando el Tribunal Constitucional, a principios de los años 90, me obligó a admitir a los tres senadores de HB que habían prometido con la reserva de “por imperativo legal”, y que yo, como presidente del Senado, no les pude dar posesión de su escaño, en cumplimiento de las normas senatoriales. Muchos años después, lo que estaba contemplando me daba la razón cuando le manifesté al presidente del Tribunal que su sentencia, que él justificaba por su intención integradora, no serviría para hacer realidad sus buenos propósitos.

Lo que me alteró fue que sentí intensamente que esos senadores y senadoras de “Podemos” (y sus socios nacionalistas) actuaban -¡sí actuaban!, ¡no eran posturas espontáneas!-, con mucho desdén hacia sus demás colegas de Cámara, y creo que podría afirmar que manifestaban algo más que un desdén o desprecio; expresaban odio por lo que significaba la mayoría de los senadores, y porque ellos no soportaban que la mayoría no hubiera aceptado su propuesta, que consistía que en el Congreso pudieran tener grupos parlamentarios territoriales, exigencia no de “Podemos”, sino de los partidos nacionalistas que fueron coaligados al partido de Pablo Iglesias (él prefiere sin duda que no tengan grupo sus socios catalanes, gallegos y vascos).

Quedan más de dos meses para que sepamos en qué queda esta XI Legislatura. Queremos creer que estamos asistiendo a un entrecruzamiento de tácticas partidarias. Nos dicen que para comprender lo que está sucediendo es necesario saber que las encuestas castigan electoralmente a los partidos que osen pactar con el Partido Popular. Así que los partidos de izquierda no quieren ninguno aparecer ante el electorado como los responsables de romper el supuesto acuerdo contra el PP. ¿Hasta cuándo las encuestas decidirán las respuestas que tienen que dar los responsables políticos? La “democracia instantánea”, que es una de las denominaciones de esa técnica de hacer política, ¿no consigue que sólo los poderes opacos, sean económicos o mediáticos, tengan una estrategia, mientras los poderes democráticos son incapaces de salir de una mera táctica, un caminar a ciegas que es la causa de su perdición?

Cuando terminó la sesión constitutiva del Senado, además de felicitar sinceramente a su presidente y a los miembros de su Mesa, saludé a muchos senadores de diferentes partidos. ¿Será posible que acabemos pactando “con esos”?, preguntaban enfadados los senadores socialistas con los que hablé. Al día siguiente, cuando se supo que la dirección de su Grupo había prestado senadores para que formasen Grupo los dos partidos secesionistas catalanes, la justificación que se les dio -“si queremos solucionar lo de Cataluña, no debemos arrinconar a los soberanistas”- no les convenció a parte de los senadores socialistas, y a mí me recordó las buenas intenciones del presidente del Tribunal Constitucional de hace mucho tiempo. Quienes tenemos una memoria de años, la táctica que se prolonga demasiado nos llega a poner nerviosos.

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