Filántropo: anciano rico, y con frecuencia calvo, que ha aprendido a mantener una sonrisa en su rostro mientras su conciencia le roba su dinero de su bolsillo”. Ambrose Bierce, “El diccionario del diablo”
Siguiendo la línea de un artículo anterior titulado “Dime a quién sigues…”, me gustaría insistir en la necesidad de potenciar una ‘profesión’ poco común pero muy necesaria: la de filántropo normal y corriente.
Estoy seguro de que conocen a muchas personas que afirman sin dudar que les encanta viajar, los dulces o los perros o que dicen que su amor por algo en particular es total y absoluto, es decir, que aquel que ama a los perros, los ama a todos, o al que le encanta viajar, le gusta ir a cualquier sitio. Si preguntaran a alguna de estas personas algo así como: “¿de verdad amas a todos los perros?, ¿aunque sean malos o te muerdan?”, la mayoría de las veces respondería que sí, que a todos y a pesar de los pesares. Lo mismo podría pasar para un amante de los viajes, de la naturaleza, de los coches o de la cocina, pero: ¿y si alguien les dijera de buenas a primeras?: “¡me encantan las personas!”, ¿qué pensarían de él o ella?
Aunque suene duro decirlo, vivimos en una era de misantropía galopante y por desgracia es muy difícil encontrar todo lo contrario, un verdadero filántropo, es decir, una persona que declara y muestra su amor por las personas en general. Cuando hablo de verdaderos filántropos no me refiero especialmente ni a ricos que donan fortunas ni a colaboradores de ONGs, aunque también podrían ser buenos candidatos como cualquier otra persona que mostrara de manera evidente su afecto por la mayoría de las personas que le rodean, votaran o no a su mismo partido, fueran o no de su mismo estamento social, religión, opinión, sexo, raza, costumbres, etc.
El amor por nuestros congéneres en general debería ser al menos tan ‘popular’ como la pasión por muchas otras cosas, ya que sentir aversión por los miembros de nuestra propia especie, aunque inevitable, resulta muy triste. Imaginen el efecto que produciría una persona de su entorno que en vez de criticar todo lo que puede, escuchara con atención y respetara todas las opiniones contrarias o no, aunque luego expusiese la suya propia. Piensen en lo contagioso que podría llegar a ser un tipo cualquiera de su trabajo que, a la vez que desempeña su labor, se dedicara cada día simplemente a hacer el bien por sus compañeros, conocidos o desconocidos. Muchos dirían que de lo bueno que es, parece tonto; otros se aprovecharían de su buena fe o de su gran disposición; sus jefes y compañeros podrían pensar que no tiene sangre en las venas o incluso que es un pelota, pero se equivocan. En el fondo es bondad y no estupidez, es humildad y no debilidad, es altruismo y no interés. Es sabiduría.
Tal comportamiento está extremadamente infravalorado, como lo están la capacidad de adaptación, el silencio o el desprendimiento, pero de la misma forma que una guerra no es deseable aunque la lleven a cabo millones de personas a la vez, la aversión al prójimo tampoco lo es. Aunque la creciente tendencia sea la vanidad, la ambición, la impaciencia, la agresividad, el descaro, la intolerancia y la exclusión (cualidades que a la larga definen la misantropía), yo les invito (y me auto-invito) a formarse en esta otra, la filantropía normal y corriente, que se acopla perfectamente a cualquier circunstancia y que potencia cualidades como el desapego, la humildad, la generosidad, la globalidad, la paciencia, el respeto, la tolerancia y el cariño.
"La sabiduría es saber que soy Nada. El amor es saber que soy Todo. Y entre los dos mi vida se mueve." Nisargadatta Maharaj