Opinión

Sánchez pacta hasta con el diablo. ¿Y Rajoy?

POR LIBRE

Joaquín Vila | Domingo 17 de enero de 2016

Además de los rastafaris, el manoseo del bebé pancarta y los lagrimones de cocodrilo de Pablo Iglesias, la constitución del Congreso de los Diputados dibujó el laberinto político que nos espera para los próximos meses o años.

Mientras Rajoy se escondía acurrucado en la bancada azul, Pedro Sánchez perdía el resuello en una alocada carrera por las escaleras del Hemiciclo para sonreír y abrazar a los abertzales, a los comunistas, a los independentistas catalanes, a los cómplices de la dictadura iraní y hasta a los bedeles y taquígrafos del Congreso. Porque el líder del PSOE ha decidido pactar con el diablo para evitar tener que volver a su casa con el rabo entre las piernas. Como Fausto, está dispuesto a vender su alma con tal de lograr el poder. El poder, aun a costa del futuro del PSOE, aun a costa del futuro de España.

Ni él sabe bien los cambalaches que está montando, las arriesgadas piruetas que tiene que ejecutar para lograr supuestos apoyos de los demás grupos políticos para su soñada investidura. Le da igual reformar la Constitución para un roto que para un descosido. Hace trajes a medida. Si Puigdemont quiere la independencia de Cataluña, Pedro Sánchez le vende un federalismo que ni él sabe en qué consiste; si Podemos quiere acosar (y arruinar) a los ricos, se saca de la manga una reforma fiscal que cerraría Bancos y grandes empresas en un abrir y cerrar de ojos, y si, llegado el caso, los abertzales quieren agasajar a los presos etarras, no dudaría en organizar un banquete de postín en Ferraz, si fuera menester.

Pero en su desesperada búsqueda de la gloria, Pedro Sánchez todavía no se ha enterado de que el enemigo lo tiene en casa. Pues son los propios socialistas los más escandalizados por las frenéticas correrías del secretario general. Los barones le vetaron el referéndum y ahora tildan de “indeseable” e “inexplicable” que regale escaños en el Senado a los independentistas catalanes para lograr su apoyo. Susana Díaz, Page y Fernández Vara, entre otros, le han marcado unas líneas más rojas que Pablo Iglesias. De ahí, las piruetas.

Quizás el único mérito de Pedro Sánchez consista en que no se rinde. Se ve como un Quijote que lancea a la vez las aspas de los barones socialistas, de los independentistas, de los estalinistas y demás tropa sin saber que terminará mordiendo el polvo.

Rajoy, en cambio, mantiene su postura habitual. Esperar y ver. Es verdad que nadie quiere acercarse a él. Se siente arrinconado, ninguneado, marginado e incapaz de sumar ni un diputado más a los 123 (o 122) que tiene. Sueña con unas nuevas elecciones como única salida al atolladero en que se encuentra. Porque sabe que nadie pactará con él; lo más que puede conseguir es la abstención de los 40 diputados de Ciudadanos. El resto del Hemiciclo gritaría “no” a su investidura. Hay quien cree que guarda un as en la manga. Ojalá. Pero, a la luz del día, no parece tener ni una triste pareja de bastos.

España, al igual que Rajoy, se encuentra en un atolladero del que nadie, salvo el iluminado Pedro Sánchez, atisba una salida. Pues uno está más solo que la una. Y, el otro, quiere hacer pandilla con los enemigos de España, los que quieren trocearla, destruir la democracia, arruinar la estabilidad. Quizás, y sin que sirva de precedente, hay que dar la razón a Rajoy y soñar con unas nuevas elecciones. Y, entonces, ya en primavera, España lanzará una moneda al aire. Si sale cara, el PP, con o sin Rajoy, Ciudadanos e incluso el PSOE sin Sánchez, podrían gobernar. Si sale cruz, Pablo Iglesias tomará el palacio de La Moncloa con rastafaris, bebés pancarta y lagrimones de cocodrilo. Y, tal vez, con Pedro Sánchez, de bedel.

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