Abrazó la vigésima jornada también el termómetro congelado en un Santiago Bernabéu expectante ante el nuevo capítulo de la era Zidane, la leyenda transformada en obrero inexperto. Con el triunfo como mantra de obligado cumplimiento se desplegaba una empresa propicia para solidificar la evolución que traduzca el esfuerzo en legitimidad e ilusión. A la urgencia estadística marcada por la clasificación liguera se sumaba la presión autoimpuesta por mostrar que todo ha cambiado en dos semanas. Incluído como extra en esta escenificación de paz social desembarcó un Sporting con aspiración de papel serio y no papeleta de sparring. Casi por encima de la victoria emergía la querencia por la seducción del coloso en este pronosticado trámite.
Zinedine Zidane no efectuó variaciones a su primer apuesta desde la toma del timón. Entregó el centro del campo a la creatividad sacrificando el equilibrio. Casemiro y Kovacic, al igual que James, esperarían turno en favor de la dupla Modric-Kroos y la añadidura de Isco. El tridente -de permanencia perenne, "claramente", en palabras del preparador- figuraba como culminación de un esquema sustentado por Pepe, Varane, Marcelo y Carvajal. La fluidez combinativa, el juego en cancha ajena y la mirada al arco oponente figuraban como argumentos principales. La intensidad y concentración en la vigilancia y en la cohesión interlineal yacían como factores nucleares no tan explícitos.
Aberlardo bajó del autobús con al intención de evitar un encierro que podría tornar en encerrona. Dispuso sobre el tapete una estructura que redundaba en el gusto por el buen trato de la pelota y el vuelo en transición. Así, el Sporting buscaría significar oposición al favorito a lomos de la clase de Halilovic y Cases, la velocidad de Joni y Menéndez y la brega de Sergio Álvarez, en un centro del campo más creativo que destructivo. Guerrero permencía como referencia de pugna con los centrales locales. Por detrás, Meré y Hernández flanqueaban a Cuellar, con Lora e Isma López como laterales de rápida transformación en carrileros. La precisión en el manejo de la pelota y la convicción de la obligatoriedad de atención a los táctico se conjugaban con la pérdida de respeto al contexto en la hoja de ruta de superviviencia asturiana.
Arrancó el partido bajo la fórmula esperada: la batalla por la pelota marcaría el devenir de dos púgiles cómodos en la circulación. No obstante, avisó el Sporting, en el primer pestañeo, de la calidad de su joven apuesta. Salió presionando arriba el bloque capitalino y atisbaba contragolpes claros el conjunto gijonés, toda vez hubo superado la primera línea del movimiento merengue. Así, Halilovic alcanzó posiciones de remate sin concreción en el suspiro inicial. Pero esta equidistancia de potencialidades no representaría más que un espejismo de regusto fugaz. Casi sin tiempo para que el margen de respeto y autoconocimiento alcanzara consistencia, sobrevino la deflagración que dictaría el cariz del enfrentamiento.
Parecería que el desembarco de Zidane ha inyectado actitud a los pobladores del vestuario de Chamartín, que esta vez no contemplaron la contemporización de esfuerzos para cazar con el paso de los minutos, casi en un proceso de selección natural, y aceleraron el proceso con firme intención de gobernar los tres puntos a las primeras de cambio. Así, aposentado en la verticalidad y clarividencia ausentes hasta esta altura del calendario, el tercer clasificado del campeonato doméstico alentó una llamarada de juego, compromiso defensivo y alegría combinativa de valores absolutos, para algarabía de la tribuna.
Comenzó la recogida de la cosecha prematura con el testarazo certero de Bale en el minuto seis a la salida de un córner botado por Toni Kroos. Anticipó el galés a su par y la meta para cruzar el golpeo desde el primer poste y hasta el fondo del arco. El balón parado significó la excusa coyuntural en la trama. Porque el juego a pelota corrida esbozaba un paisaje de dominación clarividente madridista. Abundó en esta percepción la solidez posicional de un Madrid que sumaba a su calidad la imposición de un tempo elevado de revoluciones con y sin balón. Fruto de esta actividad hiperbólica llegó el balón suelto concedido por la medular esportinguista que cayó en las botas de Benzema. El galo, lúcido, prolongó el envío con terciopelo para el zurdazo solemne de Ronaldo que se coló ajustado al poste. La batalla asimilaba su aspecto a un duelo sentenciado ya en el octavo minuto de envite.
No cedió concesiones ni pulgadas en la efectividad el bloque local. Avanzaban los minutos con el Sporting sobrepasado en la labor de achique de agua en plena tormenta, e iuncapacitazo para sacar la cabeza y respirar por la vía de la asociaciación, por mor de la coordinada presión y vigilancia de un centro del campo anclado por Modric y Kroos. A continuación, en el 12, confirmó la afinación el tridente madridista propulsado en una ejecución de paladar similar a la mejor versión del vértigo que condujo al altar de la Décima. Desbordó Bale al espacio por el carril derecho, centró con clase quirúrgica y conectó con la tijera de Benzema, en un escorzo esteticista, que se coló, desde el punto de penalti, contraviniendo la inercia de un Cuellar abandonado a su suerte y la voluntad oponente.
La frugalidad combinativa merengue, que encontraba oquedades por el carril central como medio para detectar los desmarques laterales, rompió la cohesión pretendida por Abelardo. El remate tenue de Modric, que se perdió en el olvido de las alturas del recinto de la Castellana, actuó como una suerte de armisticio en medio de los cañonazos. No en vano, dos minutos después, en el 18, abriría la herida asturiana aún más la orquesta del coloso madrileño: la apertura puntiaguda de Isco a Carvajal, que centró de primeras para el remate a la red de Ronaldo, más afinado que la zaga asturiana en el movimiento final, alzaba el cuarto al saturado electrónico. Sin espacio para el rebate. Sin ápice de autocomplacencia. Disparado hacia la conquista de las sensaciones, ya arrancados los tres puntos, el Real Madrid proseguía su exhibición ofensiva coral y los visitantes pagaban muy cara su refrenada salida.
La verticalidad se entremezclaba con el perfil intenso tras pérdida para configurar una figura rebosante de confianza en el manejo de la pelota. Como si luciera otra luz. Como si volviera a relamerse en sus variables más amables, desatado del rigor táctico pretérito, el trámite se tornó en festival antes de quemarse el minuto 20. En el 23 asomó el Sporting gracias a la salida ambiciosa de Joni, que recortó en el pico del área para forzar la anatomía de Navas hasta la estirada de poster. En la consiguiente contra, conducida al ritmo paradigmático del entendimiento de los tres delanteros madridistas, Bale desató la galopada con exuberante frenesí, Ronaldo alimentó el vuelo y Benzema rozó el quinto tras recortar. De su primera desconexión defensiva sacó tajada la agonía goleadora capitalina.
Sin embargo, no quiso el Sporting mudar su voluntad combinativa, con los laterales sumados a la posesión en la medular, asumiendo el abrupto riesgo que podría conllevar un sonrojo de rúbrica histórica. El Madrid circulaba la pelota con velocidad, apoyado en la movilidad de los tres puntas y la incorporación de los carrileros. Se reproducción con asiduidad los desmarques de ruptura exterior para el goce de Modric y Kroos. Isco, descontextualizado en la dinámica de allegro, también empezaba a aprehender los cauces. Pero, casi bajo el influjo de la toma de conciencia súbita, descendió los vatios de esfuerzo y ambición merengues, completada la primera media hora. La posesión viró a horizontal ante un contrincante que se limitaba a cerrar filas en cancha propia, basculando para taponar los pasillos interiores que abrieron, desde la media punta, el incendio.
Cabría espacio antes del intermedio, en un escenario más templado, para el más que factible penalti no pitado de Varane a Halilovic y la quinta diana de un primer acto soberbio. Con el Sporting habiendo cedido todos los metros y encerrado, Carvajal envió al centro un pase tenso que controló Isco. El malagueño paró el tiempo alzando el cuero para el desmarque de Benzema, que controló con sabiduría y colocó el cuero al encuentro con las mallas, de toque tan venenoso como sutil. Por decantación, la mezcla entre nuevos bríos del coloso y el repliegue absoluto del candidato a acometer la utopía, el cuero volvió a entrar en la meta de Cuellar en el minuto 39, a pesar de la congelación de la pulsión competitiva. Desprovisto de lunares, el rendimiento colectivo había brillado por la dialéctica entre compromiso y talento. La nota negativa hubo de llegar en el plano no estrictamente analizable. Gareth Bale, sensacional de nuevo, de brillo patrocinado por los espacios y el pliegue vertical, se encaminó a los vestuarios en el 44. Se lesionaba el peón en mejor forma de la plantilla.
Se alzó el telón de la reanudación con el Sporting más cohesionado. Abelardo relativizó la importancia del marcador para recomponer la figura de los suyos, en busca de la simple ganancia de autoestima en una guerra de 45 minutos. Así, unió líneas para mitigar el efecto de la tormenta y el Madrid se sumó a la voluntad asturiana anestesiando el duelo, concentrado ya en la rotación de nombres y la economía de esfuerzos. Las sustituciones, la primera de Jesé por el galés infortunado, tomaron cuerpo con celeridad. La calidad de un Halilovic ausente como boya de su sistema, no saldría al segundo acto. La potencia en contragolpe del africano Ndi se sumaba a la fórmula visitante. Además, Rachid entró en escena para repoblar la medular como recambio de Sergio Álvarez y James gozó de alternativa por un Isco reducido al rol de complemento.
El aire fresco arribó en coherencia con la exangüe pulsión competitiva y el centrocampismo se alió con las imprecisiones para atragantar buena parte del acto final. De este modo, con la concentración asimilando sus valores a los de la temperatura en el verde de Concha Espina, ganó enteros el conjunto asturiano, que asistía a un rotundo descenso de intensidad de su azote, tesitura que aprovechó para crecer en confianza y en opciones de remate. Después del intento infructuoso en botas de Ronaldo tras el delicado número técnico de Benzema, los visitantes desmelenaron su respeto a ceder más goles y convirtieron a Navas en elemento protagónico hasta el ecuador de segundo tiempo. Joni, mejor pieza asturiana sobre la hierba, abrió fuego sin encontrar palos y completó el esfuerzo Ndi para la erosión de los guantes del portero tico. Pero, en el entretanto -minuto 62-, fue Isma López, el lateral rojiblanco, el que arrancaría la honra de los suyos, como merecido rédito del respingo de personalidad gijonesa. Una contra de tres atacantes para dos zagueros concluyó en el remate, sin oposición, del 18 astur.
Quedó cercenado, entonces, cualquier atisbo de acercamiento iluminado al área oponente. Le sobró la segunda parte a la eclosión de fútbol merengue, que en su valle de mentalización encontró un segundo imprevisto, no poco trascendente. Karim Benzema, verdadero mediapunta que engrasa la producción creativa local, se tendió quejoso de un tobillo. Mateo Kovacic le tomó el relevo para cauterizar el desbalance que dulcificó la imagen del Sporting en su visita a la capital. Sanabria hizo lo propio en el 73 por Guerrero para agotar los cambios y relegar el partido al lento paso de los minutos hasta su epílogo. Jesé y James bregaron por ganar algo de legitimidad en un contexto menos lucido que tampoco resultó favorable para el aumento del grosor de la mochila de Ronaldo -en busca de la Bota de Oro-. El luso envió desviado un lanzamiento desde media distancia y Cases efectuó una volea de parecida suerte en el 85. El estiloso zig-zag del canario, que sentó a su par con el cuero pegado a la bota para chutar, tímido, a las manos de Cuellar, terminó por cerrar el bagaje ofensivo.
Veinte minutos de regocijo bastaron al Madrid para completar, con seriedad, otro día en al oficina. En una suerte de homenaje a los tiempos en los que el actual entrenador delineaba las goleadas desbordantes que conllevaban siestas posteriores, impuso su pentagrama el equipo local en un inicio sobresaliente que cumplió con los deseos de Zidane. Las lesiones de Bale y Benzema, a falta de exploración, matizan la sonrisa, hoy explícita, de un Bernabéu que prosigue su camino de reconquista de la ilusión. A falta de citas de mayor altura. A la espera de antagonistas que apliquen una fiscalización más específica a los biorritmos de la plantilla. Salvó la piel un Sporting amaestrado que deberá extraer, con lupa, las conclusiones positivas de este entuerto para volver a su Liga. Así pues, avanza el candidato en su viraje hacia el paroxismo atacante sin exigencia en la fase de repliegue en este tramo de calendario que permite el optimismo antes de que los puertos nublen el horizonte.