Opinión

Réquiem por el deporte

POCO A POCO

Borja M. Herraiz | Lunes 18 de enero de 2016

Antes fueron el ciclismo, el atletismo, el boxeo o el fútbol. Este lunes le ha tocado al tenis, aunque siendo justos tampoco es la primera vez que el deporte de la raqueta se ve en disparadero.

La presunta macrotrama de amaño de partidos destapada hoy en una investigación conjunta de la BBC británica y el portal Buzzfeed señala a algo más de una docena de tenistas, clasificados todos ellos en el 'top 50' del ranking mundial, como presuntos participantes y colaboradores de adulterar resultados para beneficiar determinadas apuestas.

Y es que, de un tiempo a esta parte, uno ya no sabe qué creerse cuando asiste a un partido. De lo que sea, me da igual. La sombra de la sospecha se ha cernido sobre cualquier disciplina deportiva de alto nivel contaminada por incontables casos de dopaje y la irrupción del tentador beneficio que ofrecen las casas de apuestas.

Lejos quedan los valores románticos y altruistas del barón de Coubertin, un tiempo en el que deporte tenía más que ver con la caballerosidad y la elegancia que con la competitividad como tal. Uno valía, como deportista y como persona, lo que demostraba ser dentro y fuera de la pista, no lo que figurara en la cuenta bancaria. Eso llegó con el dinero. El profesionalismo ha resultado ser terreno abonado para los tramposos, ya cojan una raqueta, monten una bicicleta o pateen un balón.

Como trasfondo de todo esto siempre está el dinero, la menos noble de todas las motivaciones vitales y que se ha convertido en motor fuera borda de toda esta industria. Es que ya ni nos sorprende que un jugador fiche por un equipo objetivamente inferior con tal de hacer caja. Triste es leer, después de cualquier gran competición, la tradicional y larga lista de ganadores a los que les son retirados sus logros por haberse dado a la trampa y al engaño.

El prestigio deportivo se ha visto superado por el poder económico y cada vez son más los deportistas que, pudiendo alcanzar cotas más altas en su campo, se pliegan a los cantos de sirena del dinero para asegurar un par de metros más de eslora en sus yates o algún que otro quilate añadido en el pedrusco de la consorte. Qué triste.

No me engaño, los medios también hemos sido cómplices necesarios de todo este pútrido show que rebosa egolatría, cinismo y amoralidad, y si no preguntémonos cuándo la ficha anual de un jugador pasó a ser (la) noticia o la bolsa de dinero lograda en una temporada estableció el verdadero valor de un deportista.

El deporte profesional está demasiado sucio para que yo crea en él y, de forma preocupante, cada vez más se ven este tipo de actitudes en el amateurismo, fiel reflejo de las malas artes de los que equivocadamente consideramos ejemplos a seguir.

Quién pudiera volver a las raíces, a esas rivalidades añejas con sabor a auténtico deporte y en las que sólo se trataba de eso, de deporte puro. Quién pudiera revivir esa esencia de las grandes citas que hicieron de esta pasión una auténtica forma de entender la vida.

En fin, mientras entono este réquiem por el deporte, siempre me quedarán mi amado rugby, fiel aún a ciertos comportamientos de elegancia y genuina deportividad. Eso sí, hasta que le toque, que le tocará. Al tiempo.

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