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El Barcelona amaestra al Athletic con un ejercicio de seriedad | 1-2

COPA DEL REY - CUARTOS DE FINAL: ATHLETIC 1 BARCELONA 2

Diego García | Miércoles 20 de enero de 2016
Los goles de Munir y Neymar deshilacharon el esfuerzo vasco. Por Diego García

San Mamés caldeó una atmósfera única en el balompié nacional con ambición vengativa, tras la reciente afrenta sufrida en la visita del Athletic a la ciudad condal. La sugestión que supone el recuerdo de las noches mágicas, y la última aconteció con el Barcelona como montaña arrodillada, abrigó la ida de los cuartos de esta rocambolesca edición copera. Necesitaba el combinado vasco recobrar la competitividad en su mayor altura para cauterizar la herida abierta el pasado domingo. El Barça, sin embargo, desembarcó en Bilbao como si se tratara de un día más en la oficina. Sin variar su planteamiento ni las condiciones sobre las que asaltar el recinto que le vio despedirse del sextete, el vigente campeón afrontaba la empresa más interesante en la competición hasta la fecha.


Concibió Ernesto Valverde el partido como una "guerra sin muertos ni heridos" -como atestiguó en la previa-. Ideó una alineación inicial con mayor tendencia ofensiva que al equilibrio recalcitrante. Iturraspe regresaba al once como pareja de Beñat, configurando una red de seguridad más creativa que destructiva. Susaeta y Williams adoptarían su perfil desbordante en banda para que Eraso explotara la espalda de la presión visitante, con Aduriz como elemento nuclear. Por detrás, el talentoso Lekue asomaba en la titularidad por el carril izquierdo con De Marcos apostado en la derecha. La altura de los laterales y su profundidad marcarían la intención local. A Etxeita y Laporte correspondía la labor de envolver el repliegue para no incomodar a Herrerín, en una estructura que requería tensión, concentración y coordinación para sobrevivir. La precisión en el manejo del esférico y lanzamiento de contras, además, autografiaba los requisitos para plantar oposición al campeón mundial.


Luis Enrique, por su parte, adaptó sus recursos a las rotaciones obligadas. Las ausencias de Leo Messi y Luis Suárez variaron la normal disposición de piezas, adelantando a Arda Turán hacia la atribución de La Pulga. Neymar y Munir completaban el tridente ocasional. Busquets, Iniesta y Rakitic repetían distribución de esfuerzos para resguardar la vigilancia tras pérdida de una zaga liderada por Piqué y Mascherano. Alves y Sergi Roberto yacían en los laterales que debían salvaguardar la consistencia catalana, previsiblemente fiscalizada más por las bandas y a través del envío aéreo. La bajada de cintura hasta el barro y el lucimiento de variantes tácticas hacia el achique y salida firmaban el guión de un equipo que volvería a intentar imponer su estilo monopolístico por la vía del trabajo y compromiso.



Se alzó el telón con un intercambio de presiones elevadas, si bien el Athletic impuso en el primer cuarto de hora su pulsión competitiva de solidaridad anatómica. El paisaje previsto quedó desplegado con celeridad, con el Barça rindiendo rigurosa pleitesía a la ortodoxia de su estilo: a pesar de la terrible reducción de espacios local, la idea de salir asociando pases mantenía su vigencia. De este modo, el primer capítulo de la eliminatoria ofreció la trasposición de roles. El conjunto vizcaíno dictaba el tipo de duelo, de correcalles, imprecisiones y exigencia absoluta, buscando la verticalidad en cada desliz blaugrana, con Aduriz y Williams como faros y Beñat e Iturraspe uniformados de lanzadores. Los pupilos del Lucho, por el contrario, trataban de intercalar piezas por el carril central para anestesiar con horizontalidad el efervescente arranque, pero, en el entretanto de la ganancia continuada de posesión se afanaba por cerrar huecos y pugnar en el cuerpeo. Debía lucir músculo y sufrimiento en repliegue.

La discusión por la pelota parecería permanecer relegada ante el protagónico rol del ritmo. La velocidad y verticalidad locales habían hurtado la lógica imposición de la calidad técnica sobre el frenesí físico, derivando los esquemas hacia un centrocampismo que no fructificada en remates sistemáticos. Los centros puntiagudos desde los costados vascos inquietaron en este tramo a un Ter Stegen que no llegó a estrenar sus guantes. Volando al galope de la hiperbólica intensidad, el partido se desarrollaba sin patrón. El desenfreno, patrocinado por los pupilos del Txingurri, colapsaba toda arista de templanza asociativa con el Barça asomando la cabeza a través de las incipientes posesiones horizontales que escapan del coordinado movimiento local. Cortocircuitado el avance combinativo, el balón parado tomaba entonces preponderancia como grifo de oxígeno visitante. Neymar recogió una turbulenta jugada tras el saque de esquina de Rakitic y la puso, desde el pico del área, en el poste más alejado para abrir fuego. Herrerín reaccionó con elasticidad para enviar por encima del larguero el fino intento. Alves, en la jugada subsiguiente, cazó un despeje pobre para probar suerte desde la frontal y sin éxito en el minuto 15.

Había conseguido completar el primer renglón de la hoja de ruta el Athletic pero, para su desgracia, se vio desbordado por el anexo: la atención a la transición cuando se agota el juego en estático. Arda aglutinaba ya el cuero y templaba el ardor en banda, como relucía portando la elástica rojiblanca. Y el suplente en galones y atribución de Leo Messi sacó de la chistera su piel ilusionista -al fin en escena tras la plomiza sanción de la FIFA- y ahondó en su reclamo de gobierno del arranque hiperactivo para hipnotizar a tres obreros rivales y despejar el camino al desborde de Rakitic. El croata dibujó un centro soberbio que Munir –goleador del torneo- aprovechó para batir a Herrerín con calidad: al primer toque y hacia el segundo palo. Se adelantaba en el minuto 18 un Barça que lució sabiduría y variantes para sobrevivir al aluvión energético local. En el inaugural chispazo de seda turca.

Tras el primer fogonazo de fútbol, descontextualizado de la línea argumental y devenir de la trama, descendió revoluciones y metros el Athletic, afectado. Como si el rictus y la confianza hubieran sufrido una mutación severa tras la primera punzada, amainando la valentía posicional y el nervio en la entrega que describió el inicio de la partida. De este modo, por decantación, el cuero se descubrió teñido de blaugrana con claridad quemado el minuto 20, con la pretendida irreverencia vasca amaestrada hacia un tímido encierro. El viraje hacia el orden y la astucia especulativa significó, poco a poco, el avance tendente al arrinconamiento y la horizontalidad del gigante, que había detectado el momento para exigir y aprehender el bastón de mando del envite. El 0-1 sobrevenido por un cambio de ritmo sensacional del artista otomano –aceleración del balón, que no del 7- desencadenó la variante menos favorable que contemplaba Ernesto Valverde en la preparación de este indigesto cruce. La concepción de oportunidad se tornó desde esta cota de inflexión en el tradicional ejercicio de paciente resignación. Persiguiendo sombras.

Resultó pronto víctima y no verdugo el equipo bilbaíno, que mudó su pelaje de guerrero a sujeto pasivo del sistema catalán. La adelantada posición de Busquets e Iniesta se bastaban para ahogar la circulación vasca, cada vez más ruda y de trazo largo y aéreo. El compromiso barcelonés tras pérdida, aliñado con ayudas perpetuas y ardorosas en las coberturas de vigilancia de la transición ajena o en la presión elevada propia, terminaron por construir el escenario idóneo que necesita el libreto de Luis Enrique. Las superioridades en banda alcanzada con las parejas Sergi Roberto-Iniesta y Alves-Rakitic aunaban voluntades de cohesión al esfuerzo solitario de Munir y el gen luchador de Turan. Así, el Athletic se vio desprovisto de asideros terrestres para contemplar sólo el abrigo de Aduriz. El talento de Eraso en la mediapunta y el magnetismo de Beñat, Susaeta o Williams quedaron relegados al papel de meros extras. El duelo atisbaba la imposición del talento técnico por la vía del soporte laborioso. Otra vez.

Antes del advenimiento práctico de los presupuestos barceloneses de monopolio rutilante del tempo y el esférico, la fortuna, o la desconexión coherente al efecto demoledor de verse por detrás de un coloso, se encargó de sentenciar la esencia competitiva propia de los cuartos de final de la Copa del Rey. Una combinación trazada entre Iniesta y Neymar se tradujo en la apertura y pase demasiado largo y de primeras de Sergi Roberto. Pero, a pesar de la imprecisión, Herrerín, que llegó antes que el carioca al cuero, ejecutó una patada al aire que, resbalón mediante del zaguero urgido -Laporte-, entregó el segundo tanto al, hasta entonces intrascendente, astro brasileño. Corría el minuto 24 y la realidad asestaba un notable varapalo a la consistencia del conjunto bilbaíno, que llegaba a este enfrentamiento entre la legendaria goleada de la Supercopa y los seis aguijonazos sufridos en el Camp Nou el pasado fin de semana. La jerarquía y personalidad de los campeones del mundo no admitía, entonces, rebate.

Se disparó la batalla hacia el intermedio en pleno afán de congelación catalana. La pelota circulaba, casi sin obstáculo, en la horizontalidad buscada con el 0-2 en el luminoso del exuberante coliseo. Ausente de dureza, el cruce discurrió bajo las coordenadas pausadas del Barcelona, que se relamía ante la exhibición táctica de Sergio Busquets y la seriedad en los propósitos de Turan y Sergi Roberto -la estructura coral evitó que el canterano padeciera ante Williams en una posición poco familiar-. El chut de Eraso desde la frontal en el minuto 39, que conectó su trayectoria con el cielo bilbaíno, supuso un aislado acercamiento local al arco catalán. La comodidad propulsada en el rédito tangible obtenido transformó la guerra de guerrillas en el plácido paseo de fundamentos con que los futbolistas tomaron la bocana de vestuarios. Debía Valverde inyectar ritmo y fe a los suyos si no quería enfangarse en el bostezo de persecución infructuosa y ganar sensaciones como medio para alcanzar opciones pragmáticas de clasificación.




Arrancó el segundo acto, en efecto, con una escena similar a la imprimida en el inicio del duelo. El Athletic adelantó líneas y robó la placidez combinativa y el balón a los visitantes. Así, se entregaba a la ambición el bloque vasco, asumiendo los riesgos posicionales que supone colocar a la zaga propia en la medular, en busca de goles que solidifiquen la legitimidad y confianza deshilachadas. El Barça, por su parte, volvió a asimilar la apuesta ajena y leyó la situación agazapando su potencialidad para estallar a la contra. Así, con el anuncio de desajustes, Sergio Busquets inauguró la producción con un pase vertical delicioso que fracturó la unión de líneas de la zaga local para encontrar el desmarque de Munir. Sin oposición en su camino hacia el mano a mano con Herrerín, el punta hispano-marroquí decidió dibujar una vaselina prematura sin consecuencias. Respondió, subrayando el cariz de la confrontación, la volea desatinada de Williams tras una combinación lucida vasca. Aduriz ofreció, acto y seguido, una pared en la frontal con Eraso que el canterano envió rozando el poste -minuto 48-. Valverde había logrado relativizar el peso del marcador y revitalizar el brío del orgullo competitivo.

Pero recompuso la figura el Barcelona pasado el primer suspiro de reanudación. La pelota reencontró su cauce pausado en la medular catalana, cimentando la recuperación del modelo de control por la vía del cuero. Se negó el conjunto bilbaíno a ceder metros y reflejar otro encierro impotente, configurando una solemne batalla por complicar la asociación visitante. Inmerso en un brete por imponer o matizar el soliloquio, sin atención a ambas porterías, quemó minutos el intervalo central inmediatamente anterior al epílogo. La sensacional mixtura de compromiso tras pérdida y calidad en el cortejo del esférico blaugrana volvía a amaestrar el guión de Valverde y las sustituciones se desataron antes de afrontar el cuarto de hora postrero. San José relegó a Beñat -falto de alimento para crear-, Sabin hizo lo propio con Eraso –buscaba pulmones y más desborde ante el silencio con balón del canterano- y Muniaín entró en escena por Susaeta -falto de chispa-; por el bando catalán Arda –tan intermitente en la vertical como decisivo- sentó su rendimiento para entregar la alternativa a Aleix Vidal y Sergi Roberto –firme y cumplidor, perfectamente legitimado- dio entrada a Adriano. Buscaba más energía para volar Valverde y plagiaba la intencionalidad Luis Enrique, que abría una ventana a su defensa con pelota para explotar el espacio.

No vio comprometida su actuación González González, el colegiado que gestionó el Espanyol 0 Barcelona 0 que desató la persecución a la dureza defensiva, pero si hubo de tomar las riendas en el tramo final. Se calentó la confrontación con rencillas heredadas –Aduriz y Mascherano pueden dar testimonio-. La ausencia de continuidad en las acciones ayudó al ahogo del ritmo y las interrupciones por el camino antideportivo tomaron presencia. Cuando arreciaba la acumulación de derribos mutua, con Neymar como perenne amalgamador, Munir -más acertado que de costumbre- dejó su escaño a Sandro. Las cinco amarillas en quince minutos que ocuparon el espacio de la producción ofensiva remitieron la atención ante la espléndida reacción de reflejos de Stegen, que sacó de la escuadra el remate de un Aduriz desasistido.

El respingo vasco, que no superó la frontera del empuje para fructificar en una cosecha más apetitosa que el encierro visitante, se topó con la seguridad en el repliegue del mejor equipo en el pentagrama de la alegría ofensiva. Con Busquets erguido en su versión imponente. Sin una elaboración de llegadas sostenida que llevarse a la boca, no consiguió llegar a la orilla el orgulloso Athletic, que aminoró la superioridad blaugrana con una muestra de pedigree considerable. Sí obtuvo, al menos, el placer de angustiar cinco minutos al vigente campeón. Un tenebroso fallo de concentración de Alves, que entregó al pelota a San José en la frontal de su área, significó la inexcusable reunión de Aritz Aduriz con las mallas oponentes -minuto 89-. Bajo el 1-2 disparó sus revoluciones el bloque local y volvió a achicar agua un Barça necesitado de reenganchar la concentración perdida. Sin amenaza que vigilar, el once bilbaíno volvió a probar a Stegen con una concatenación de envíos aéreos que, sin embargo, no terminarían por incomodar la victoria catalana, que se granjea un colchón importante para afrontar la empresa que le conlleve el acceso a las semifinales coperas. No ejecutó la idea prevista el Bilbao por reparto simétrico entre la virtud rival y el fallo endógeno. Una nueva disposición seria –con Messi y Suárez, dos generadores de poesía, fuera de escena- propulsa a la candidatura blaugrana para a revalidar cada entorchado en competición, convirtiendo al vuelta en una remontada utópica para los pupilos de Valverde. La cara más engrasada de la orquesta coral brotó en el momento adecuado, cuando sus individualidades capitales vieron el partido por la televisión, reconfortando al aficionado culé, que comprueba, complacido, el enriquecimiento en el fondo de armario de su plantilla.

Ficha técnica:
Athletic Club: Iago Herrerín; De Marcos, Etxeita, Laporte, Lekue; Iturraspe, Beñat (San José, m.68); Williams, Eraso (Sabin Merino, m.61), Susaeta (Muniain, m.56); y Aduriz.
Barcelona: Ter Stegen; Alves, Piqué, Mascherano, Sergi Roberto (Adriano, m.73); Busquets, Iniesta, Rakitic; Arda (Aleix Vidal, m.66), Munir (Sandro, m.80) y Neymar.
Goles: 0-1, m.18: Munir. 0-2, m.24: Neymar. 1-2, min.89: Aduriz
Árbitro: González González. Amonestó a los locales Laporte (54'), De Marcos (65), Etxeita (67), Iturraspe (77) y San José (92) y a los visitantes Iniesta (38), Mascherano (78) y Alves (89).
Incidencias: 50.000 espectadores asistieron al partido correspondiente a los cuartos de final de la Copa del Rey, disputado en el estadio San Mamés.

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