El secreto de lo que, en ocasiones, debe calificarse como “milagro” ha radicado en la entrega ilimitada del catedrático cordobés al noble oficio del pensamiento, pertrechado de un envidiable manejo de las lenguas clásicas y de las más importantes modernas y de unos conocimientos tan dilatados como bien arquitrabados de las ramas del saber más sustantivas e indispensables para embarcarse en una obra de los horizontes y tonelaje culturales como la suya, abierta a las desazones, aspiraciones y proyectos del hombre y la mujer contemporáneos. La movilización de esta asombrosa masa crítica de saberes y sensibilidades solo puede calibrarse con alguna exactitud a la luz de la encendida “pasión española” que late en los múltiples escritos de quien es a la fecha –no es cuestión aquí de rozar siquiera ranking o clasificaciones de libros Guiness o, aún más reluctante, censos y axiología televisivos y mediáticos…- uno de los más descollantes humanistas del viejo continente. Dicha raíz, de estirpe y genealogía unamunianas como en tantos otros miembros de su generación –la de 1956-, ha sido declarada en incontables coyunturas por su pluma, rendida desde la ensoñadora juventud al genio y al ingenio de D. Miguel de Unamuno, capitán idolatrado de todas sus aventuras por el mundo del espíritu desde los días enriquecidos por las enseñanzas y ejemplos del cuadro profesoral del más afamado instituto de la antigua ciudad califal.
El cristianismo liberal y erasmista, de cochura, avant la lettre, plenamente Vaticano II, que impregnó desde la mocedad los trabajos y los días del relevante académico que nos ocupa, es, junto a la acabada de recordar, la otra gran clave de su biografía íntima e intelectual. Reacio a todo exceso, extremismo o unilateralidad, una religión ilustrada y continuamente porosa a las corrientes más pujantes del catolicismo centroeuropeo –su formación alemana vuelve a descubrirse y a expresarse en centro tan neurálgico del orbe intelectual de Cerezo- alienta en toda su vasta producción bibliográfica, de sorprendente armonía y trabazón.
En tiempos de turbulencias nacionales –nuestro pensador es otra más de las voces que tienen mucho y acertado que decir en el desdichado contencioso hispano-catalán y a la que nadie ha solicitado todavía que se pronuncie coram populo- e inquietudes europeas, hacemos votos para que, ganivetianamente, desde Granada, la bella, la pluma diáfana y esclarecedora de Pedro Cerezo arroje cuotidianamente más luz y comprensión a un presente indigente de ideas y de servicios a la cultura y el pensamiento. El futuro de España y sus arriscados pobladores ganará mucho con ello.