Opinión

Biblioteca Castro

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 23 de enero de 2016

Hace más de una década que abandoné Madrid para afincarme en las afueras de un pueblecito de la estepa castellana. Pasé mi niñez y mi juventud en el barrio de Argüelles. Algunos de mis mejores recuerdos están ligados al Parque del Oeste, con sus álamos blancos, sus castaños de Indias y sus cedros del Himalaya. Esos nombres exóticos, que me reveló mi padre a una edad temprana, me hacían sentir que el paraíso era un lugar cercano, con laderas levemente agrestes y un pequeño manantial de agua milagrosa que brotaba de una piedra gris, casi blanca. Algunos árboles se desprendían de sus hojas en otoño, pero otros afrontaban los inviernos con la serenidad de una iglesia románica, que soporta inmutable el paso del tiempo. Por entonces, asociaba la belleza a ese parque, con su quiosco de música y su cementerio inglés, un lugar fantasmal con lápidas rotas, esculturas descabezadas y una vegetación salvaje. Nunca pensé que me enamoraría de los campos de Castilla, con sus planicies interminables, sus caminitos blancos, espirituales, y sus ásperos pedregales. Nunca sospeché que el paisaje influiría en mis lecturas. En la Rosaleda del Parque del Oeste, con sus estanques llenos de ninfeas, sus rosales de infinitos colores y su ninfa de piedra en el centro de una fuente, leí con pasión adolescente a Valle-Inclán, Gabriel Miró, Juan Ramón Jiménez y García Lorca. La prosa modernista del primer Valle-Inclán, con sus mirtos seculares, sus estatuas mutiladas y sus tritones de risa quimérica, ejercía una poderosa fascinación sobre un joven que soñaba con escribir frases con el suave encanto de una tela prerrafaelista.

Actualmente, mientras paseo por una llanura que evoca el vacío del desierto, con sus cielos altos y sus noches místicas, suelo llevar bajo el brazo un libro de Azorín, prematuramente defenestrado por una época incapaz de apreciar la poesía de una pared blanca, una llave vieja colgada de un clavo o un aceitunero de cerámica reparado con lañas. Quizás mi aprecio por Azorín certifica que ya no soy joven, que mi sensibilidad pertenece a otra época, cuando San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno, y Luces de bohemia, de Valle-Inclán, aún eran lecturas obligatorias para un estudiante de bachillerato. Dejé la enseñanza en 2012 y no lo lamento, pues en esas fechas los adolescentes ya leían incalificables memeces, que les invitaban a ser futuros consumidores de libros pueriles e innecesarios. Contemplar las librerías atestadas de novelas rosas o policíacas, con letras doradas sobre un fondo de colores chillones, sólo contribuye a fomentar mi desaliento. La verdadera literatura se caracteriza por la voluntad de estilo, por la tensión entre el pensamiento y el lenguaje, por el amor a la verdad y a la belleza. George Steiner sostenía que el interés de una obra literaria se aprecia por sus referencias a Dios. Tólstoi supera a Dostoievski en dominio formal, pero no en profundidad. Ambos creen en Dios, pero Dostoievski le interpela incesantemente, especulando sin descanso sobre la gracia, el mal, el perdón y la expiación. Se aprecia la misma intensidad en Kafka, pero con una importante diferencia. El diálogo se ha convertido en profunda desesperanza. El castillo y El proceso son parábolas sobre el eclipse de Dios, que prefiguran las políticas de exterminio de los regímenes totalitarios del siglo XX, quizá el momento más oscuro de la historia humana.

Azorín parece muy alejado de estas turbulencias, pero desde sus textos juveniles, virulentamente anarquistas, hasta su identificación con la fe católica, late una sincera búsqueda de la verdad. Ese itinerario espiritual le llevará hasta el mester de clerecía, fray Luis de Granada y los místicos del Siglo de Oro. Son nuestros clásicos, los autores que han actuado como crisol de la lengua castellana, proporcionándole su identidad y peculiaridad. Por desgracia, editoriales y librerías viven bajo el dictado del mercado, lo cual ha provocado que conseguir estas obras se haya convertido en una proeza. En el pueblecito en el que vivo no hay ninguna librería y la prensa escasea, como un animal en vías de la extinción. Hace unas semanas, quise regalar a un joven amigo sacerdote una bella edición de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Sabía que nadie cuida tanto la edición de los clásicos castellanos como la Biblioteca Castro, con sus veintitrés años de singladura. Con más de 200 títulos publicados, sus cubiertas de tela estampada en oro, sus páginas de papel semibiblia ahuesado cosidas con hilo vegetal, su cubierta sobrecubierta plastificada y sus cintas de registro en seda, confieren a cada ejemplar una belleza cada vez más insólita en un libro.

La Fundación José Antonio Castro se encuentra cerca del Retiro. Su fachada es sobria y elegante. En su interior se respira una paz conventual. Su compromiso con las letras españolas evoca el patriotismo de los liberales que lucharon contra el absolutismo, movidos por el deseo de fundir tradición y modernidad. Al traspasar el umbral, sentí algo parecido al fervor de los conjurados románticos, que se reunían clandestinamente. Saber que la Biblioteca Castro llevó a cabo un proyecto tan temerario como publicar en diez tomos la General Estoria de Alfonso X, acentuó mi impresión de participar en una aventura del espíritu, que se rebela silenciosamente contra la barbarie. Salí de la Fundación con el tesoro codiciado y con la determinación de volver. En un tiempo que escarnece el culto mariano, leer a Gonzalo de Berceo, primer poeta conocido en lengua castellana, constituye un acto subversivo. Mi amigo sacerdote agradeció el regalo, celebrando el cuidado y la delicadeza de la edición. Cuando nos separamos y regresé a casa, busqué infructuosamente una vieja edición de los poemas de Berceo a la Virgen. Quizá presté el libro y nunca me lo devolvieron. La perspectiva de volver a la Fundación Castro para adquirir el volumen dedicado a la obra del monje del monasterio de San Millán de la Cogolla, lejos de molestarme, me parece un gesto de resistencia contra la indiferencia hacia nuestros clásicos, cada vez más postergados por unos planes de estudio que privilegian la gramática y descuidan las grandes obras literarias. Vivir en la estepa me ha acercado a Azorín, pero internarme en el centro de Madrid buscando las obras de nuestros místicos, ha despertado mi nostalgia por una ciudad que me regaló la dicha de leer a Juan Ramón Jiménez y a Gabriel Miró bajo la sombra de un cedro. No es casual que la Biblioteca Castro haya escogido como logotipo un árbol, pues la literatura germina donde crece la vida.

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