POR LIBRE
Joaquín Vila | Domingo 24 de enero de 2016
Pedro Sánchez aprendió el viernes que la política llega a ser una guerra sin trincheras, en la que hasta el fuego amigo te puede abatir. Pues fue su amigo Pablo Iglesias el primero en disparar. Nada más salir de la audiencia del Rey, el líder de Podemos se autoproclamó vicepresidente ante el enjambre de cámaras y micrófonos. Mientras, el secretario general del PSOE, sin enterarse de la fiesta, entraba muy ufano y sonriente en la Zarzuela para comunicar formalmente a Felipe VI su propuesta de gobierno “progresista”. Llegó tarde y salió con el pie cambiado. Se le cayó el guión que llevaba preparado y, al enterarse de la jugarreta, solo pudo tartamudear un “ya veremos”, pues, en verdad, no había olido la maniobra, no era consciente del órdago que le acababa de echar su amigo, quien, sin más, le pasó la pelota y se fue silbando mientras contemplaba los ciervos de los jardines de palacio. Y, luego, para rematarlo, Rajoy, al echarse a un lado, le dejó en fuera de juego y solo ante el peligro.
Ante el peligro de un insaciable e impaciente Pablo Iglesias y ante el de los muchos socialistas sensatos e inteligentes que se revuelven aterrados ante la posibilidad de que el PSOE caiga en manos de Podemos. Pues nadie duda de que si se produjera el pacto de izquierdas, Pedro Sánchez sería un presidente pelele, un títere en manos del zorro morado.
Pablo Iglesias lanzó el órdago porque ha resultado ser el más listo de la clase y, si Rajoy tiene un as en la manga, él tiene cuatro reyes. Sabe que, si se forma una coalición de izquierdas, dirigirá a su antojo el timón del gobierno de España y, si a Sánchez se le ocurriera un día zafarse del chantaje, romperá el pacto, habrá nuevas elecciones y, entonces, el sorpasso está asegurado.
El secretario general del PSOE, pues, está, decidido a embarcarse en la aventura suicida antes de salir con el rabo entre las piernas; cree que así logrará el sueño de su vida: ser presidente del Gobierno. Podrá contárselo a sus nietos y vivir del cuento para siempre. Aunque no pinte nada, aunque no pase ni dos telediarios en la poltrona, pues la voracidad de Pablo Iglesias es ilimitada y cuando tenga a su presa entre las fauces no dudará en despedazarlo para erigirse en el macho alfa de la izquierda española. Si no lo es ya.
Solo algunos socialistas, alarmados ante el aterrador panorama, pueden hacer piña para salvar a España y al PSOE de la catástrofe. Felipe González, Alfonso Guerra o Rubalcaba, desde la sombra, y Susana Díaz, Fernández Vara o Page, desde la tribuna, se preparan para la batalla. El día 30 medirán sus fuerzas en el Comité Federal y, entonces, probablemente, se desvelará si Pedro Sánchez se abraza al oso morado o no.
De momento, el secretario general todavía cuenta con el poder del aparato de Ferraz, tomado por un núcleo duro que también se juega la vida y, por tanto, dispuesto a morir en el intento. Enfrente, los gurús y barones escandalizados por el pacto. Solo falta saber si están dispuestos a emplear toda la artillería. Pero si disparan un solo tiro, derriban al muñeco. Solo hace falta que Díaz, Vara y Page pongan encima de la mesa los escaños de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha (el sesenta por ciento de los 90 del PSOE) y hagan ver a Pedro Sánchez que no cuente con ellos al subir a la tribuna del Congreso de los Diputados de la mano de Pablo Iglesias para ser investido. Con esa bala, bastaría para que Pedro Sánchez bajara la cabeza.
En ese caso, si el día 30 Pedro Sánchez cayera derrotado, se abriría un nuevo escenario que podría salvar a España de una crisis política, económica y social sin precedentes. Pero si los gurús y los barones no le tuercen el pulso y el PSOE gobierna con Podemos, IU y el aplauso de los separatistas, a España, entonces sí, no la va a reconocer ni la madre que la parió. De momento, Pablo Iglesias, el más listo de la clase, saca pecho y ya se ve de vicepresidente maquinando lo inimaginable. Solo un puñado de socialistas con sentido de Estado puede evitarlo.
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