Traducción de Selma Ancira. Acantilado. Barcelona, 2015. 457 páginas. 22 €.
Por Carmen R. Santos
Una de las secuencias más célebres de la cinematografía mundial es el final de Zorba el griego, (1964), del director de cine y teatro greco-chipriota Michael Cacoyannis. Sus dos protagonistas, Basil y Zorba -interpretados, respectivamente, por Alan Bates y Anthony Quinn., bailan juntos el sirtaki en la playa, baile inspirado en la danza tradicional helena de Hasapiko, pero que se creó específicamente para el filme, pues Anthony Quinn, aquejado en ese momento de una lesión en la rodilla, no podía imprimirle toda la rapidez exigida. A partir de la película, sin embargo, el sirtaki, también llamado danza de Zorba, pasó a formar parte del acervo cultural de Grecia y se convirtió en una obligada atracción turística.
Pero sí esa secuencia, y quizá toda la película, resulta imborrable, no lo debería ser menos la novela en la que se basa, y que ahora felizmente recupera Acantilado en una nueva y ejemplar traducción de Selma Ancira. Escrita entre 1941 y 1943 por Nikos Kazantzakis, tiene mucho de novela de aprendizaje, si bien sea un singular bildungsroman, donde quien aprende es ya un adulto. Pero un adulto lastrado por una concepción en exceso racionalista y rígida de la existencia que le pesa como una losa. Por eso no es extraño, y resulta convincente, que se sienta fascinado por Alexis Zorba, alguien en el otro extremo de su carácter: “El mundo era para Zorba, como para los primeros seres humanos, una visión compacta, las estrellas lo emocionaban, el mar reventaba en sus sienes, vivía la tierra, el agua, los animales, Dios, sin la intervención deformante de la razón”, señala el narrador. Un narrador en primera persona desde cuyo punto de vista nos sumergimos en la aventura de sacar adelante una mina de lignito en Creta, para lo cual se le ofrece inopinadamente Zorba.
Todo lo que va sucediendo en torno a ese propósito es el paisaje y el marco, muy bien descritos, para poner ante nuestros ojos dos personalidades diferentes -¿o quizá no tanto?-, y dos cosmovisiones no en choque, sino en proceso de absorción de la una por la otra. El narrador, que se califica a sí mismo como un timorato “escritorzuelo”, parapetado en los libros y la razón, pero ayuno de verdaderas emociones, se rinde con armas y bagajes a Alexis Zorba, quien “poseía la firmeza en la mano, la frescura del corazón, la audacia de burlarse de su propia alma, como si dentro de sí tuviera una fuerza superior a ella”, y quien le ha enseñado a “amar la vida y a no temer la muerte”.
Se rinde a Zorba y a lo que representa, a ese vitalismo, con su punto montaraz, y en buena medida simbolizado por la música y la danza -no es casual en la novela de Kazantzakis la referencia a Nietzsche, recordemos a “Zaratrustra, el bailarín”-, que es el auténtico filón que el narrador perseguía según explica al contemplar cómo los obreros de la mina “hicieron un círculo alrededor de Zorba y el santuri y se entregaron a una danza salvaje sobre los gruesos guijarros”. Algo ante lo que confiesa: “Y yo los miraba fascinado, mudo, y pensaba: Este es el verdadero filón que estaba yo buscando; no me hace falta otro”.
Sí, se rinde a Zorba, a su canto vitalista, a sus “ojos, burlones, tristes, inquietos, pura llama”. Pero no olvidemos que este “ratón de biblioteca”, como le llama irónicamente Zorba, al final lo que hace, lo que necesita, tiempo después de que sus caminos se separaran, es “reconstruir la vida que nosotros dos habíamos vivido juntos en el litoral cretense”, “recolectar las huellas para transformarlas en palabras”. Y todo con el deseo de “ponerlo a salvo”, “de inmovilizarlo en el papel, para que no se desvanezca”.
La eterna cuestión del supuesto conflicto entre el arte y la vida, la cultura y la vida, entre la razón y los sentimientos y emociones nutre esta espléndida novela donde las dicotomías no se resuelven con simplismo. Después de todo, el propio Alexis Zorba tiene momentos especialmente gloriosos e intensos cuando toca el santuri. Precisamente ese instrumento que le deja en herencia al narrador. Es arte. Es vida.