Los Lunes de El Imparcial

Álvaro Pombo: Un gran mundo

NOVELA

Domingo 24 de enero de 2016

Destino. Barcelona, 2015. 272 páginas. 18,50 €. Libro electrónico: 12,99 €. Personajes imprevistos, imborrables, y una potente historia que no da tregua y a la vez nos lleva a la reflexión, nos ofrece el autor de "El metro de platino iridiado" en su última novela.

Por Rafael Fuentes



Álvaro Pombo continúa sorprendiéndonos en cada nueva entrega de su obra narrativa con personajes imprevistos, imborrables, a contracorriente de los caracteres más predecibles en la novela española actual. Pombo dilata y diversifica de un modo extraordinario las figuras que habitan en nuestra literatura más reciente. Y estas vidas inesperadas ensanchan y multiplican a su vez nuestra visión de realidades que antes nos parecían planas e insignificantes. El personaje que domina el comienzo -sólo el comienzo- de Un gran mundo es el de una mujer provinciana con un ruinoso linaje aristocrático que decide romper con la cerrazón de la provincia, desembarazarse de su estilo de vida rancio y pacato, para dar un temerario salto hacia el gran mundo. Una juvenil Elvira que abandona a su anciano esposo, se deshace de sus dos hijos, se sumerge en el bullicioso París de entreguerras de los años veinte, se empareja con un pintor bohemio y transita por el Vichy de Pétain, antes de retornar a la España franquista acompañada por un nuevo esposo, diez años más joven que ella.

Elvira, rememorada -y enjuiciada- por la generación de sus nietos, encarna la energía, lo insospechado, la improvisación feliz que seduce al gran mundo. También el olfato para figurar en él con el brillo más excéntrico. Cabría la tentación de ensalzarla como a una heroína que sabe desligarse de los prejuicios sociales que atenazaban al sexo femenino de la época. Un prototipo avant la lettre de mujer liberada que rasga los tabúes que la oprimían desde su nacimiento.

Pero esa apariencia deslumbrante esconde un reverso destructivo. La extravagante audaz que es Elvira oculta, en realidad, a una lunática narcisista. Trivial en sus deseos infecundos, obsesiva en dar vueltas a su ombligo y dominada por el afán de gastar a manos llenas muchísimo dinero con el que sostener una existencia superficial. La Elvira del gran mundo muestra sólo un auténtico talento innato para teatralizar en su vida, una especie de demencia escénica que la instala en el derroche y la seducción de las apariencias: un timo perpetuo a los demás y la traición a todo lo que no alimente su ego. Elvira representa una liberación que lleva sellada, sin embargo, en su envés, la banalidad de una alta comedia cuya máscara encubre una vida solemnemente vacía. Esto es una falsa liberación. Una rebelión fraudulenta que sólo acentúa su frívolo egocentrismo.

Una existencia tan insustancial no arroja luz únicamente sobre la Europa de entreguerras, sino que nos permite también comprender mejor aspectos de nuestra sociedad franquista que suelen quedar encubiertos o malinterpretados. Por lo general, el retrato robot de la dictadura incluye sólo las represalias, el ordeno y mando cuartelero, así como la tediosa beatería eclesiástica. Pero muchos otros sectores del franquismo al margen de estos tres brochazos son ignorados, distorsionándolo, como sucede por ejemplo con esa mezcla de fiesta, catolicismo superficial, refinamiento del gusto y señoritismo tan anárquico como parásito que Pompo retrata magistralmente a través de Elvira y su joven esposo bonaerense Helio. Ambos expolian casas solariegas, iglesias remotas y olvidadas ermitas para revender después a precio de oro, entre las clases altas, antigüedades que por lo general son fragmentos rotos de imágenes sacras, cristos, vírgenes, santos, de una religión integrada ahora en una lucrativa red de transacciones comerciales.

El propio talento escénico, astucia para las apariencias e improvisación caótica de la gran dama se relaciona con el catolicismo hispánico exaltado por la dictadura, tal como nos indica el autor: “La manga ancha, la manga por hombro: si sale con barba san Antón, si no la Purísima Concepción, un desvarío de devociones y de imágenes, tía Elvira era experta en adornarse con elegantes crucifijos de anticuario, un catolicismo nacional, ceremonial, procesional, de puertas afuera.” Un hecho que no colisiona, sino que al contrario, encaja a la perfección con el festejo y la farra de unos señoritos de la dictadura que se ponían el mundo por montera: “Aquella mezcla -nos dice Álvaro Pompo- de aristocracia, dinero y farándula, tan franquista.”

Son esos privilegiados cuyo costoso fetichismo y egolatría clasista les conducirá a fundar emporios como Marbella, donde Elvira volverá a relucir: “Un sitio elegante, homologable con las nuevas ricas franquistas y las viejas duquesas.” Un mundo de estafa, juerga y farándula que a veces nos han tratado de vender como resistencia vital a la dictadura, y que, por el contrario, es un producto arquetípico de ella, el de un sector de los señoritos vencedores. Que por cierto, después serían reciclados, en la época postmoderna, como material de base del famoseo, la telebasura y otros desechos mediáticos análogos.

Desde la primera línea de su novela, el autor de El metro de platino iridiado apunta a algo esencial: esa banal y cautivadora alta comedia de relumbrón exige damnificados cuyo sufrimiento se relega al ostracismo. Así el recuerdo de Elvira “está en la memoria de la Red. Sus fotos básicas, con sus amistades célebres que la elogian. De sus víctimas apenas hay fotos.”

Entre esas víctimas destaca Teresa, la esposa de su hijo Mario, en tanto que simboliza el perfecto contrapunto moral a Elvira. Si en esta última todo aparecía como un don o un regalo de las circunstancias, en Teresa no hay nada que no sea resultado del afán, del esfuerzo y del espíritu de sacrificio. No es aventurado percibir tras Teresa una actualización de la personalidad de Santa Teresa de Jesús, despojada de sus falsificaciones y su hagiografía milagrera. Al menos viene a ser una sosias modernizada, una “doppelgänger” de la canonizada de Ávila. Excepcional resulta este personaje callado, con sus martirizadas ansias de perfección: “¿Por qué anduvo toda su vida perseguida por las furias de la perfección? ¿Por qué fue implacable consigo misma? ¿Por qué tardó tanto en perdonarse a sí misma sus errores?”. Elvira y Teresa personifican dos cosmovisiones contrapuestas, dos personalidades en simétrico contrapunto. Una la seducción de la fachada y la apariencia, la otra la búsqueda de la trascendencia buceando en el yo. La primera el adorno estético, la segunda el principio ético. La novela podría haber descansado en ese antagonismo vital, como sucede en otras narraciones de sustrato filosófico, semejante al de Diderot frente al sobrino de Rameau, Narciso frente a Goldmundo en Hermann Hesse, o Serenus frente a Adrián Leverkühn en el Doktor Faustus de Thomas Mann. Pero Álvaro Pombo no ha querido limitar su relato a esa sugestiva simetría en la contraposición de ambos caracteres, abriendo la acción a otros muchos que multiplican generosamente los puntos de vista sobre los sucesos narrados.

No menos sugestivo que el de Teresa es el personaje de su esposo Mario, incapaz de mantener el mismo tesón que su mujer en el transcurso de los años. Mario encarna la inconstancia, el tedio ante la persistencia en una misma dirección. Su abandono de Teresa conecta con la idea de “amor líquido” elaborada por Zygmunt Bauman en torno a la falta de solidez y la ausencia de compromiso en la relación amorosa. No se trata únicamente de un caso de divorcio no aceptado en el régimen franquista. También del carácter fugaz y frágil de sus vínculos humanos no sólo en las relaciones de pareja sino en un círculo afectivo más amplio, como la solidaridad o el amor al prójimo, a cada instante menos firmes e inquebrantables. Mario cae así en correrías eróticas en las que imita a los calaveras de las películas españolas de los años cincuenta. Es su propio hijo quien lo percibe de la forma más cruel como “un señorito gilipollas que por fin realiza el sueño de su vida: ir a cien por hora, carretera adelante, con la rubia de la boite.”

Este vástago de Mario constituye otro afectado más en la secuela de víctimas al servicio del placer y celebridad de los otros. Apodado como el “Aguilucho”, no es difícil recordar en él aquel apólogo de Guillaume Appolinaire donde un polluelo de águila es educado por un granjero como un ave de corral hasta que se ve a sí mismo como una gallinácea, de modo que al crecer no se transforma nunca en el águila que verdaderamente es. Las cualidades del “Aguilucho” permanecen así inhibidas, incapaz de desplegar sus poderosas alas y volar. Aplastado por la personalidad de su abuela Elvira, por la familia rota de sus padres Teresa y Mario, y por el propio odio rencoroso contra su progenitor, se envenena a sí mismo sin superar esa situación de perenne “Aguilucho”. Quizá un largo aprendizaje ético le permitirá en el futuro llevar a cabo esa metamorfosis final, adquiriendo la seguridad que manifiesta su prima, la narradora de estas sinuosas vidas entrecruzadas. Esta última generación, la del "Aguilucho” y su prima narradora de Un gran mundo se siente obligada a mirar hacia atrás con ira para cobrar un impulso propio. Una mirada retrospectiva más ética que política. Pero su última gran prueba consistirá en vencer esa ira como un lastre nocivo para su crecimiento interior.

Elvira, Helio, Teresa, el "Aguilucho" y la narradora entrelazan, pues, sus voces, sus opiniones, sus miradas, hasta crear un verdadero caleidoscopio de perspectivas sobre los acontecimientos. Los valores éticos y su dificultad constituyen su punto de mira final. El autor explora así nuevas áreas de esa narrativa ético-filosófica que le es inherente, sin caer en la reiteración ni en la caricatura de sí mismo. Desde sus primeras narraciones con Relatos sobre la falta de sustancia al El metro de platino iridiado, hasta sus últimas novelas, como El temblor del héroe (Premio Nadal 2012), Quédate con nosotros, Señor, porque atardece, La transformación de Johanna Sansileri, y la actual Un gran mundo, Álvaro Pombo ha construido un universo propio que prolonga la gran tradición de la novela filosófica instaurada quizá por nuestro Baltasar Gracián y que se amoldará al mundo moderno con la literatura de la Middle Europe, en autores como Thomas Mann o Robert Musil. Con Pombo el relato filosófico se asienta otra vez en su país de origen. Pero con la singularidad de circunscribirse al pensamiento moral y de no situar la reflexión en un primer plano, sino en concisas meditaciones al hilo de los más significativos sucesos de la vida de sus personajes, cuyas peripecias no dan tregua al lector y le sorprenden con su vigoroso ritmo.

Aquí los personajes éticamente más elevados no son arquetipos de perfección, sino aquellos que sostienen una permanente voluntad de integridad, nunca culminada, ya que se da siempre una desproporción cervantina entre lo que anhelamos y lo que conseguimos. Es el caso, en esta última novela, de Teresa.

Del mismo modo, sus escuetas pero incesantes meditaciones, no se imponen como una verdad incontrovertible. La verdad moral más bien centellea entre lo auténtico y lo falso en rápidas interpretaciones que solo nos permiten una aproximación abocetada, una especie de identikit ética, cuyo bosquejo o esbozo ya es de por sí suficiente para ejercer su influencia benéfica. Algo de lo que es plenamente consciente la narradora de Un gran mundo. Una novela, pues, que seduce al lector por lo imprevisible de sus peripecias y que le empuja, acto continuo, a una reflexión personal sobre los valores éticos y las consecuencias de su falsificación.