Traducción de Alberto. Ciria. Trotta. Madrid, 2015. 420 páginas. 25 €
Por José Antonio González
Cuadernos negros es el título que los editores del legado heideggeriano han asignado a los textos que el autor dejó recogidos en una serie de cuadernos forrados en hule de ese color y a los que concedió la importancia suficiente como para establecer que debían ser publicados al final de sus obras completas. Este dato indica que no nos hallamos frente a una mera colección de anotaciones dispersas, como un primer acercamiento podría hacer pensar, sino ante una obra con entidad propia y substantiva, enclavada en un género de difícil determinación. La minuciosa elaboración de todas sus entradas y su relativa unidad temática nos sitúan frente a un sistema de consideraciones preliminares sobre la terminología que habría de emplear en la constitución de su obra principal: libros, cursos y conferencias. Si se nos permite la metáfora, podríamos llamarlos los “cuadernos de campo” de la investigación filosófica que Heidegger llevaba constantemente a cabo a través de la lectura y la meditación.
La gran expectación que han suscitado estos escritos es correlativa a la enorme polémica que ha rodeado la figura del ermitaño de la Selva Negra, (siempre en relación a la envergadura de su compromiso personal con el nazismo). El carácter subliminal de estos cuadernos sugiere la posibilidad de hallar en ellos algunas claves capaces de dilucidar las dimensiones auténticas de dicho compromiso. En tanto recogen anotaciones que Heidegger llevó a cabo desde 1931 a 1938 (incluido el período en que ofició como rector de la Universidad de Friburgo), estos textos pueden ser rastreados para encontrar en ellos la huella de la implicación de Ser y tiempo (ese puntal de la metafísica contemporánea) con el semblante de la ideología nazi. Es esta una cuestión que recorre todo el despliegue de la hermenéutica crítica en torno a Heidegger (desde Farías hasta Habermas), y en torno a la cual este libro ofrece pasajes en los que el autor urge al “hundimiento” y consiguiente restauración de la tarea filosófica del presente a través de nociones históricas y nacionalistas absolutamente coherentes con las premisas del ideario nazi.
También extrae y expone las consecuencias políticas extremas del pensamiento de Nietzsche (la voluntad de poder como esencia del Universo), al consignar que la metafísica no puede hoy consistir sino en metapolítica. Pero cuando conecta estas ideas con su extenuante meditación sobre los orígenes de la filosofía occidental, por medio de disquisiciones filológicas sobre la diferencia entre el ser y el ente, logra mostrarnos un rigor teórico que rebasa totalmente las pobres y mezquinas consignas pseudofilosóficas que manejaban los ideólogos del régimen. En efecto, Heidegger se apoya en sus novedosas categorías ontológicas para hacer una crítica implacable al inmovilismo intelectual del nacionalsocialismo, al que llega a calificar como “un marxismo invertido” y “un engaño espiritual”. Al fin y al cabo, aunque nunca se retractó de sus simpatías por el nazismo, el maestro sólo ocupó el cargo de rector durante un año.
Los apuntes vertidos en los años siguientes a su dimisión tienden a soslayar las valoraciones sociopolíticas para centrarse en el esbozo de una refundamentación de la historia de la filosofía volcada en hacer superflua la noción de sujeto (una orientación que le sitúa como el genuino precursor de la posmodernidad). La denuncia insistente de la influencia cristiana en el panorama intelectual de su tiempo se enlaza con la actualización concomitante de Nietzsche, y la insistencia, un tanto enigmática, en el poder evocador de la poesía de Hölderlin. Esta “melodía” se une, en un poderoso crescendo, con la deslegitimación contundente e incondicional de la civilización tecnológica, como síntoma más destacado del alejamiento del ser que desde hace varios siglos padece la cultura occidental.
Nada nuevo para el público lector que se halle familiarizado con el pensamiento heideggeriano, pero una exposición quizá demasiado esotérica para quienes deseen iniciarse en el mismo a través de este libro, cuyo valor más peculiar probablemente resida en lo que tiene de testamento político. El testimonio de quien se postuló un día para ser el filósofo de la nueva era que la propaganda fascista pregonaba, para darse cuenta poco después de que el totalitarismo y la meditación original son fundamentalmente heterogéneas (pero no necesariamente incompatibles).