Traduc. de Y. Dobrovolskaia y Z. García González. Debate. Barcelona, 2015. 368 págs. 21,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. En su primer libro, donde da voz a las combatientes del ejército ruso en la II Guerra Mundial, la Premio Nobel ya se revela como "historiadora del alma".
Por Carmen R. Santos
Con la concesión del Premio Nobel de Literatura 2015 a Svetlana Alexiévich se reconoció un género, el periodismo literario, enormemente fértil y nutrido por grandes maestros como Ryszard Kapuscinski, Truman Capote, Tom Wolfe, Martín Caparrós, Tomás Eloy Martínez y Gay Talese. La escritora bielorrusa que se alzó con el más preciado galardón de las letras no era excesivamente conocida en España, y en el momento en el que se falló el Nobel se había publicado únicamente en nuestro país Voces de Chernóbil escrito en 1997 y revisado en 2005. A raíz de premio ha comenzado a llegar el resto de su obra, como La guerra no tiene rostro de mujer, su primer libro, aparecido originariamente en 1985, y que, luego, como en el caso de Voces de Chernóbil, revisó y también amplió, en 2002.
En La guerra no tiene rostro de mujer se comprueba que Svetlana Alexiévich tenía muy claro desde el principio lo que se proponía. Para ello, naturalmente, no partía de la nada, sino que en su propia tradición había nombres señeros como el del también escritor bielorruso Alés Adamóvich, que la última Premio Nobel ha reconocido como su principal guía. Y, naturalmente también, junto a ese referente, iba construyendo su particular manera de entrelazar periodismo y literatura hasta conseguir que su obra sea, como señaló la Academia sueca, “un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.
Altamente significativo para comprender lo que Svetlana Alexiévich pretende es “La persona es más que la guerra (Extractos del diario de este libro)” que se incluye al principio de este volumen. Entre otras reflexiones señala: “La Historia a través de las voces de testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Sí, eso es lo que me interesa, lo que quisiera transformar en literatura. Pero los narradores no solo son testigos; son actores y creadores, y, en último lugar, testigos. Es imposible afrontar la realidad de lleno, cara a cara. Entre la realidad y nosotros están nuestros sentimientos. Me doy cuenta de que trato con versiones, de que cada uno me ofrece la suya. De cómo se mezclan y entrecruzan nace el reflejo de un tiempo y de las personas que lo habitan. De mi libro no me gustaría que dijeran: ‘Sus personajes son reales, y eso es todo’. Que no es más que historia. Simplemente historia”.
Esas voces humildes y anónimas son la materia prima que utiliza con gran solidez la escritora. Esas voces de las que la historia oficial no solo no se ocupa, sino que intenta silenciar. Especialmente regímenes como el soviético, que Alexiévich cuestiona de manera frontal. Sin olvidar que tampoco ve a la Rusia de hoy con buenos ojos, sino todo lo contrario: “Amo y respeto el buen mundo ruso, el humanista, el del ballet, la literatura, la música. Pero no me gusta el de Beria, el de Stalin, el de Putin”. La base de esas voces es la misma para situarnos ante diferentes momentos, ante diferentes tragedias. Porque, claro está, la producción de Svetlana Alexiévich no es entretenida ni risueña. No es apta para quien busca pasar un rato ameno y despreocupado. Pero sí para aquellos que persigan intensidad y quieran entender mejor terribles sucesos. Sucesos como la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil, la invasión soviética en Afganistán -Los muchachos del zinc-, o el episodio más sangriento de la historia del siglo XX que fue la II Guerra Mundial. En La guerra no tiene rostro de mujer aborda la devastadora contienda desde una perspectiva inédita: la de las mujeres que lucharon en las filas del Ejército Rojo. Svetlana Alexiévich recupera el testimonio de cientos de ellas, que participaron en la contienda no solo en la retaguardia, trabajando en los hospitales, en la intendencia…, sino que fueron francotiradoras o condujeron tanques. Tras un trabajo de campo riguroso y paciente entrevistando a los protagonistas de sus libros, se nos ofrece un estremecedor testimonio, una narración que conmueve. En este caso, asistimos de la mano en primera persona de las mujeres combatientes al reverso del lado triunfal y heroico de las guerras.
Pero los libros de Svetlana Alexiévich no son ni mucho menos una mera denuncia ni solo una enmienda a la totalidad del régimen de la URSS, cuyos rescoldos aún permanecen, como analiza en El fin del “Homo sovieticus”, recientemente publicado por Acantilado. Son eso y mucho más. Porque Svetlana Alexiévich es, como se define a sí misma, “historiadora del alma”. Como bien explica al principio de La guerra no tiene rostro de mujer: “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable”.