A principios del siglo XX, un labriego castellano volvía del colegio electoral y al cruzarse con un vecino, éste le preguntó: ¿Ya votaste, Juan? Sí, ya voté. Y ¿a quién votaste? Verás José. Por la mañana temprano me encontré con un señor de derechas que me ofreció dos duros para que votara por su lista. Al rato, tropecé con uno de izquierdas que me dio un duro para que votara por la suya. Entonces, he votado a las izquierdas. ¡Pero, hombre de Dios, si los de derechas te daban más! Por eso mismo, José, voté por los de izquierdas porque están menos corrompidos. Un siglo más tarde seguimos igual: chatos, postrados, empequeñecidos. Con la derecha y la izquierda presas de la corrupción y una vida política escasa de dosis de honradez y decencia. Está en juego la credibilidad del servidor público pero también la moral de toda una nación.
Como en Houston cuando tuvieron un problema, los españoles, la troika y la legión de inversores mundiales contienen el aliento ante lo que suceda entre el Palacio de la Zarzuela y el de la Carrera de San Jerónimo. Sánchez sigue en sus 13 como el Apolo, y ya sabe decir “no” en cincuenta y seis lenguas como Molotov. Puede llegar a la Moncloa igual que Zapatero, faltándole un hervor y necesitado de respiración asistida a cargo del zorro que guarda el corral. Lo que hay a escoger, no es uno entre dos candidatos, sino quizás uno entre dos regímenes: el constitucional y otro que liquide el primero, siguiendo la consigna de mostrar semblantes graciosos (el de un bebé), a los adversarios. Pura doctrina Dimitrof. El que fuera Primer ministro búlgaro, promotor de los Frentes populares en la Europa de entreguerras, postulaba que el éxito de un partido verdaderamente bolchevique era la suficiente elasticidad en su política de pactos para rodear o pasar por debajo de todos los obstáculos que encuentre en su camino hacia el poder. Son contraproducentes, decía el estratega comunista, los gritos revolucionarios. Es más efectiva la táctica de seducir aliados.
Exaspera esa insistencia en hacer concesiones a una mezcolanza confusa de actitudes negativas y destructivas contra el interés general, manteniendo una visión de topo cuando las circunstancias exigen a diario e imperiosamente la de águila. Desespera esa raquítica mentalidad de algunos con la que se facilitan los picos a quienes echarán abajo el edificio de las libertades. Se impone evitar que se pierda lo realizado y proseguir por el camino emprendido con más y mejores realizaciones, pero especialmente con más y mayores controles sobre los partidos políticos, que mucho deben esforzarse en borrar esa imagen nefasta que a diario ofrecen como de bulto sospechoso. No basta con devolver transparencia a su financiación. Deben democratizar sus estructuras y sus procesos de elección. Si viven del dinero público no pueden ser cotos privados y cerrados a cal y canto en los que impere la ley de hierro de las oligarquías.