Opinión

¿Quién le teme a Donald Trump?

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Lunes 01 de febrero de 2016

En febrero ha comenzado la cuenta regresiva de las elecciones presidenciales de noviembre en los EE.UU y es la hora en que los gobernantes de otras naciones parecen agobiados con sus propios problemas. Pero como nunca antes, el próximo presidente de la primera potencia militar del mundo parece interesarles a muy pocos.

Ciertamente que los problemas el día a día agobian a los gobernantes, pero también los sucesos sobresalientes definen los espacios de los políticos y de los estadistas, los primeros se preocupan por consolidar su espacio y los segundos miran el horizonte histórico. Así que cada quien saque sus propias calificaciones.

Las elecciones en los EE.UU. ocurrirán en una triple crisis: de sistemas económico y financiero internacional, de dominio multipolar improvisado y de políticos/estadistas.

1.- La crisis que estalló en el 2008 no fue sólo expresión de la coyuntura, sino del agotamiento de las dos vertientes de la posguerra: el orden de Breton Woods y el Consenso de Washington. El efecto no debe medirse en función de las expectativas el PNB sino del efecto en el mercado laboral sobre todo con el fin del modelo de estabilidad social/laboral: antes el mercado laboral llegaba hasta el retiro; hoy la jubilación es sumirse en una crisis personal y social.

2.- El colapso del imperio soviético en 1989-1991 no condujo a un nuevo orden porque los EE.UU. no entendieron la necesidad de buscar una transición propia hacia un nuevo equilibrio mundial; Washington se hundió en el pantano del Medio Oriente aprovechando el repliegue de Moscú. El regreso de la Rusia de Putin, el papel geopolítico de China y la diplomacia iraní acotaron a la Casa Blanca. El terrorismo fue efecto y no causa del desequilibrio geopolítico; y la obsesión por la seguridad reventó los espacios de la democracia.

3.- A pesar de que el desafío del fin de la dialéctica Washington-Moscú obligaba a los EE.UU. a una transición política e ideológica, los presidentes estadunidenses no entendieron la geopolítica: George Bush Sr. se atascó en la guerra del Golfo, Clinton se perdió en las faldas de la Lewinsky, Bush Jr. quedó atrapado en Ground Zero de las torres gemelas y Obama no entendió una elección basada en el color de la piel como simbolismo sociológico.

Y ahora de repente ha irrumpido en el escenario político Donald Trump, un eficaz y fallido empresario, hombre de expresión mediática. La sociedad norteamericana se ha movido con resortes de resistencia. Pero Trump se explica como se entendió el carisma engañoso del belicista John F. Kennedy, la personalidad explosiva de Nixon, la candidez de Jimmy Carter, la astucia cinematográfica de Ronald Reagan, la pasividad de Bush Sr., la frivolidad de Clinton, la superficialidad de W. y el color de la piel de Obama.

Más que Trump, la preocupación debiera comenzar por entender la lógica sociológica de los estadunidenses: agobiados por ocho años de crisis y con una economía que rompió la permanencia del empleo y la dinámica trabajo-retiro, la sociedad imperial ha regresado al conservadurismo por la ineficacia del progresismo --cualquier cosa que ello signifique en los EE.UU.--: si no hay bienestar, entonces que haya superioridad, el american way of life que alentó guerras igual que la democracia estimuló las de Pericles.

¿Qué sociedad produjo a líderes como la lista de los últimos presidentes? Entenderlo permitirá saber los escenarios reales del proceso electoral presidencial de este año en los EE.UU. Frente al Trump de las declaraciones explosivas de racismo lógico e histórico aparece nada menos que la abuela Hillary Clinton que había prometido estar despierta a las tres de la mañana para ordenar el bombardeo de los enemigos de los EE.UU., pero que muchas tardes y noches permaneció roncando mientras su marido brincaba de cama en cama.

Lo que hay que aclarar como primer apunte es la dinámica del contexto de las elecciones estadunidenses: una lógica de seguridad nacional pero no sólo hacia fuera de sus fronteras sino hacia adentro, es decir, la seguridad del modo de vida estadunidense sustentado en la explotación, la colonización y el imperio del dólar. Ya no se trata de votar por Clinton porque era la secretaria estadunidense de Estado el día en que mataron a Osama bin Laden y aparecía en la foto oficial con la mano tapándose la boca en gesto femenino de sorpresa, sino de ver a un Trump que quiere comenzar por la reconstrucción de la fuerza interna. Y el primer aviso esta dado: Trump ya dividió a los EE.UU. y lo retrotrajo a los tiempos del racismo contra los negros.

¿Cómo van a lidiar los países y sus gobernantes con Trump presidente o con Hillary presidenta, los dos con el acotamiento conservador? Acosada por el socialista Bernie Sanders, las posibilidades de Hillary son carrollianas --correr cada día más aprisa para permanecer en el mismo lugar o retroceder poco--, mientras Trump ya puso la agenda migratoria a una sociedad que no entiende lo que está pasando en su país.

Al final de cuentas, no debe olvidarse que cuando menos un lustro los EE.UU. seguirán marcando el rumbo mundial porque China entró en fase de crisis y a Putin no le alcanza su fuerza geopolítica para reconstruir el mundo bipolar de la guerra fría. Todos los países tienen sus problemas locales; España tendrá meses para resolver el crucigrama del próximo gobierno, Europa no sabe qué hacer con los refugiados e Iberoamérica sigue en el escenario ideológico de los sesenta cubanos; pero si no atienden y descifran la elección presidencial de noviembre próximo, después será demasiado tarde.

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