Opinión

La ferrovía de la libertad

TRIBUNA

Fernando Zamora Castellanos | Martes 02 de febrero de 2016

Al visitar el museo de la diáspora africana en San Francisco, California, se observan referencias de la llamada “Ferrovía subterránea”. Alusiones a este triste pasaje de la historia del pueblo afroamericano, también se encuentran en algunos otros centros históricos estadounidenses, donde se narra la epopeya americana de dicha etnia. “Ferrovía subterránea”, es el nombre simbólico que se dio a la furtiva operación instituida para ayudar a los esclavos afroamericanos a emigrar desde los Estados esclavistas del Sur de los Estados Unidos, hacia los Estados libres del norte. Huían de la represión legal y de la opresión económica. ¿Y por qué aquel extraño nombre, si quienes huían nunca lo hacían por tren? Se debía al hecho de que, para comunicar los mensajes cifrados, quienes los ayudaban utilizaban como código los términos de la actividad ferroviaria. Así por ejemplo, los esclavos en huida eran denominados “pasajeros”; a las casas de descanso se les llamaba “estaciones” y a los baqueanos, “maquinistas”. En el siglo XIX, para colaborar con los esclavos afroamericanos se debía tener verdadero carácter. Los colaboradores de aquel “ferrocarril” eran usualmente reclutados entre las filas de los abolicionistas y la pena para esa acción era la muerte. Las actividades clandestinas de aquella “ferrovía” finalizaron con la guerra de secesión, cuando la esclavitud fue abolida en la gran nación del norte.

En el siglo XXI existen otras “ferrovías subterráneas”. De hecho, Melanie Kirkpatrick, periodista del Wall Street Journal, denominó lo que sucede con los escapes de ciudadanos norcoreanos como el “Ferrocarril subterráneo asiático”. Según la información documentada por los medios, en la experiencia clandestina de los norcoreanos, son los cristianos chinos quienes han constituido la red de ayuda a los emigrantes que huyen del totalitarismo policial norcoreano. Y los costarricenses estamos siendo testigos de la versión latinoamericana del ferrocarril subterráneo. Aquí, tal drama lo protagonizan cubanos que, al igual que aquellos afroamericanos del siglo antepasado, no solamente huyen de la pobreza -como ocurre por ejemplo con los hondureños-, sino, además, de la represión totalitaria.

La crisis humanitaria que sufren los emigrantes cubanos ha involucrado a Costa Rica. El mayor capital de una nación desarmada como la costarricense, es la fuerza moral de su política exterior. Necesariamente, la debilidad militar de un Estado, debe ser compensada con el prestigio que otorga la fortaleza moral de su política internacional. Y hasta ahora, Costa Rica había sido particularmente sabia en ese aspecto. Basta recordar el manejo que se le dio a las crisis internacionales en las que Costa Rica se vio inmiscuida después de la abolición de su ejército. Hagamos un breve repaso. El manual de principios de la política exterior contemporánea de Costa Rica lo forja Don Pepe Figueres en sus dos primeras administraciones, cuando asume el liderazgo latinoamericano contra lo que entonces daban en llamar la “internacional de las espadas”. Así se le llamó al conjunto de dictaduras militares que dominaban el continente americano en la segunda mitad del siglo XX. Fue un valerosísimo enfrentamiento, entre otros, contra Trujillo, en República Dominicana, quien incluso intentó asesinar a Don Pepe; contra Somoza, en Nicaragua, quien incluso nos invadió en 1955; Pérez Jiménez en Venezuela, o por ejemplo, contra la totalidad de los países centroamericanos que estaban controlados por dictaduras militares. Prácticamente toda Latinoamérica se encontraba dominada por satrapías. Salvo el apoyo de algunas figuras prestigiosas de la oposición política latinoamericana, como lo eran Rómulo Betancourt, Muñoz Marín, o Haya de la Torre, el gobierno de Costa Rica se encontraba prácticamente solo frente a aquellos regímenes militares. La historia que finalmente se escribió después de aquella noche oscura, reconoce la heroicidad de la política internacional de entonces. Posteriormente, Costa Rica enfrentó otra gran crisis. La de la guerra centroamericana. Y la posición del gobierno costarricense fue igualmente ecléctica y valiente. Inicialmente, con la proclama de neutralidad de la administración Monge, que colocaba a Costa Rica en una posición equidistante frente a las dos potencias involucradas en la guerra. Posteriormente, la Administración Arias enfrenta de forma directa al gigante estadounidense, confrontando la política belicista de la administración Reagan, con una agenda de ruta para la paz, que contradecía la vía de la guerra en la cual estaba entonces determinado el gobierno estadounidense.

Ante el problema cubano, la posición histórica de la clase política costarricense también la sentó Figueres. Sucedió en la primavera de 1959. Don Pepe, en su condición de dignatario de prestigio, y como exlíder de una revolución triunfante, fue invitado a hablar en un acto público televisado para toda Cuba. Allí sutilmente reprendió el giro satelital hacia la órbita soviética que había dado la revolución cubana, alertando los peligros que dimanaban de tal decisión. Antes de finalizar su exhortación, le fue arrebatado el micrófono frente a los ojos atónitos del gran público, para, de seguido, dar paso a una humillante invectiva que hizo Fidel contra el ilustre visitante. A partir de aquel incidente, Don Pepe dejó sentadas las bases de lo que, en adelante, sería la posición de censura hacia el régimen castrista, de la generalidad de la clase política de este país centroamericano.