Opinión

El parto nacional

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 03 de febrero de 2016

Harto de estar harto, hoy me he levantado con ganas de investirme. Alguien tenía que hacerlo, y no por ello pretendo figurar, que no es mi caso; pero ¡demontre! alguno de nosotros tiene que ser el investido, digo yo, aunque solo sea por dignidad de país y porque llevamos 45 días de esta guisa y aquí seguimos. A mí, al menos, me resulta bastante desagradable continuar huérfanos de padre y madre en el Congreso, más que nada porque estamos pagando para nada. Esto, en cualquier empresa privada, sería causa de despido por abandono del puesto de trabajo. En fin, tanto cansa lo mucho como lo poco, pero una cosa si está clara, que esta clase política viene de nalgas y nadie sabe al final cómo saldrá la criatura.

Lo último, y no sé si achacárselo al Día de la Marmota, el nuevo PSOE o lo que es lo mismo, Pedro Sánchez Obrero Español, es el elegido para poner en marcha el scattergories nacional. Va iniciar la partida para llegar a la Moncloa antes que otros. Piensa en voz alta en todo aquello que ya está apadrinado por Bruselas pero que, según nos ha dado a entender, las prioridades irán por delante de cualquier oposición; y claro, Don Pedro difama en cuentas a nada que quiera sumar escaños para formar parejas, es decir, simple cuestión de aritmética parlamentaria. Dicho lo cual, si pone el intermitente a la izquierda, en Ferraz le dan de obleas; y si lo hace a la derecha, pues ración doble. En resumen, ahora otros 30 días para practicar una cesárea a sus señorías y esperar el difícil parto. En fin, nunca un fracaso tan estrepitoso en urnas dio tanto juego.

Pero volviendo a lo de investirse por cuenta propia, que dicho sea, no tiene nada de extraordinario; les diré que es algo parecido a quitarse el pijama y ponerse cualquier cosa para salir a la calle sin llamar mucho la atención, eso sí; no seré yo quien prejuzgue a nadie por su manera de vestir, faltaría más. Ahora bien, la caterva política no tiene tiempo para formar gobierno serio, pero sí para estar a la gresca por hacerse con la cédula de habitabilidad de la Moncloa y si no con la reventa de escaños, porque en el contubernio unos prefieren tendido bajo de sombra y lo de ubicarse en las andanadas o gallinero no parece sea localidad de rango suficiente. Esto es un sinvivir, se lo digo yo.

Mi amigo Satur, hombre cabal y forjado con hierro candente, capaz de fabricarte un coche de alta gama con sólo dos tuercas y un trozo de chapa, suele sentar cátedra cada vez que habla sobre el particular: “Honradamente, me parecen todos unos cantamañanas. Los ciudadanos les importamos menos que Pepe Leches. Yo les ponía a todos a hacer carreteras” Y claro, ante esta clase de sentencias uno no puede evitar la tentación en emular a Clark Kent, quitarse el pijama y tirar de investidura. Es la llamada justiciera, que se dice.

No es que nos vaya mal así como estamos, lo que sucede es que parecemos ciudadanos de orfelinato, a fin de cuentas la patria potestad de los gobernantes se hace necesaria cuando llegas a casa, te asomas a través de la ventana y ves con envidia como el resto de países tienen gobierno y oposición, mejor o peor, pero están todos recogidos. Créanme, muchas rondas de consultas, muchas pruebas de paternidad patriótica de unos y de otros, pero al final uno se da cuenta de que nadie nos quiere y que lo único que les interesa a los candidatos es coger silla y calentar bien las popas. De verdad que repugna tanta idiocia como se gastan estos crápulas que nos han tocado en suerte.

En otros tiempos el ser ciudadano estaba mejor visto que ahora. En época del Imperio Romano, por ejemplo, el individuo era menos excluyente de lo que hoy en día resulta ser. La misma sociedad política la definió Cicerón como “asociación de hombres unidos por un ordenamiento jurídico”. Luego cabe entender que la naturaleza ciudadana debe ser una y a la vez garantizada por los derechos y libertades, y nunca estar sujeta a unos representantes tan absolutistas en pretensiones de poder, tan ególatras y tan al margen de la ley como parecen ser y estar unos y otros. De manera que una vida digna, de ser vivida, consiste en aquella en la que el individuo participa en la construcción de una sociedad justa y no dependiente de un grupúsculo de seres abstractos, más ocupados en el reflujo de su poder omnívoro a costa de convertirnos a ustedes y a mí en simples ciudadanos-súbditos de todos ellos. En definitiva, que les importamos menos que un carajo. Lo diré también en inglés, por si acaso: We import them give a shit.

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