Opinión

Política o frivolidad

TRIBUNA

Agapito Maestre | Miércoles 03 de febrero de 2016

El Rey ha elegido con justeza. El sentido común ha ganado. Si el primero rechazó formar gobierno, ahora le toca al segundo. Los políticos tienen la obligación ineludible de darnos una solución. Dejémonos, pues, de especular sobre qué pasará. Exijamos a esta gente un gobierno para España. Enciérrense en el Parlamento y conformen un gobierno digno de una nación. Pero me temo lo peor. Triunfará la regla suprema de la literatura inductivista: es verosímil que el futuro no sea muy diferente del pasado. Rajoy no se marchará. Su mirada lo delata. Tiene los ojos de un perro asustado. Seguirá y prolongará el bloqueo institucional sin que nadie sepa aventurar un pronóstico para España. El desastre está asegurado. Esto es peor que Grecia. Allí por lo menos se discutía, desaparecían unos partidos y se fundaban otros. Aquí todo está clausurado.

La conducta de Rajoy nos lleva a elecciones anticipadas. Parece que en eso está de acuerdo con Podemos. Su frase pasará a la historia de la degradación de la democracia española: “no puedo formar gobierno, pero no me retiro.” He aquí la esencia de un político en los antípodas del hombre de Estado. ¡Qué digo del hombre de Estado! Rajoy es, sencillamente, la negación del político normal. Ha actuado siempre de modo opuesto a lo que exigía la necesidad. Tenía que gobernar discutiendo leyes en el Parlamento, pero prefería el Decreto-ley. Tenía que persuadirnos de las medidas económicas, pero prefería callar. Tenía que hablar personalmente con la prensa, pero utilizaba un plasma… En fin, Rajoy tenía que haber actuado siguiendo la necesidad, pero prefirió el capricho, o peor, la frivolidad del niño rico, del hombre que desconoce por completo la necesidad. La política. Tenía que marcharse, pero se queda sin importarle una higa haber perdido tres millones y medio de voto.

Si la valía de todo hombre se mide, como nos enseñó Ortega y Gasset, por la necesidad de sus actos, es decir, porque sus acciones sean necesarias y no caprichosas, Rajoy puede pasar a la historia de la democracia española como el peor de los políticos. Su valía está por los suelos. Pero ahora tiene la oportunidad de redimirse: o se abstiene ante un posible Gobierno de PSOE y Ciudadanos o deja paso a otra persona para que lidere el PP. No me hago ilusiones. Al ver el gesto de Rajoy, cuando se enteró de que el Rey había propuesto a Sánchez para formar Gobierno, me acordé de la reflexión de Azaña sobre el complejo de inferioridad que tiene que soportar todo político digno de la noble profesión de la política: “El político siempre está pasando el alambre, sin red ni balancín. Si llega al cabo de su paso en el alambre, la gente se encoge de hombros y dice: 'está bien, es su oficio'; pero si se cae del alambre y se rompe la crisma, la gente dice: 'bien empleado le está, era un majadero'”.

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