La desgracia más grande de algunos acontecimientos culturales son los comentarios que hacen sobre ellos los personajes destacados del “mundo de la cultura”. No cuestiono su eficacia a la hora de atraer más público, pero sí critico y denuncio el flaco favor que hacen algunos a la hora de tratar el pasado hispano sin poner en duda sus conocimientos sobre el asunto. Es el caso de la exposición La Biblioteca del Inca Garcilaso (1616-2016), en la Biblioteca Nacional de España,que muestra documentos, libros y objetos que el Inca Garcilaso utilizó durante su vida. Esta muestra es atractiva por sí misma, pero los organizadores quisieron darle más brillo con el comentario de Mario Vargas Llosa titulado El Primer Peruano. Desgraciadamente, el renombrado peruano-español muestra su poco aprecio a la época del Inca y sigue propagando lugares comunes sobre la cultura virreinal.
Tres son los errores garrafales de Vargas Llosa. “Era una época en la que todavía se discutía”, dice Vargas, “si los indios tenían alma y eran hijos de Dios o pertenecían al reino animal.” Falso. Es el primer gran error del comentarista. El debate sobre la naturaleza del indio se acabó, por lo menos, unos cincuenta años antes del nacimiento del Inca Garcilaso. Y si no me creen consulten el libro de Gallegos Rocafull, El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII, donde en las primeras páginas se desmonta este tópico tan arraigado como aborrecido. Poco provecho ha sacado Vargas Llosa de sus años de colaboración con el historiador peruano Raúl Porras Barrenechea, gran conocedor de las fuentes y crónicas de la época.
“La idea del mestizaje racial y cultural estaba muy lejos de ser aceptada en la España y la Europa renacentistas.” Es el segundo gran tópico. Otro lugar común. Basta ver la integración absoluta de un mestizo, como era el propio Inca Garcilaso, en la España renacentista, para desmontar el prejuicio de Vargas. El Inca trabajó y vivió como un español más, disfrutó de numerosos amigos, de su condición de noble y de la fama que le dio la traducción de los Diálogos de amor, de León Hebreo, una versión que superó incluso el original. La visión del mestizaje como empobrecimiento de la cultura proviene de los países del Norte de Europa, cuyo portavoz fue Cornelius de Paw, un glorioso “ilustrado” que negaba a un ser humano la posibilidad de desarrollo intelectual, cayendo en un determinismo terrible y aniquilador. He aquí las raíces del prejuicio de Vargas.
Y, por fin, el tercer yerro de Vargas Llosa y, creo, que el más grave de todos, es llamar a la revolución mexicana “el apogeo” de la idea del mestizaje como un hecho positivo y enriquecedor. Es sumamente dudosa la eficacia integradora de la revolución que se nutrió, dicho sea con delicadeza, de una visión excluyente de la historia. Recordemos que con la revolución mexicana los tres siglos del virreinato han sido olvidados, tachados de la memoria de un pueblo como tres siglos de invasión y opresión. Recordemos que durante los años 40 del glorioso siglo XX, los historiadores que insistían en la importancia del mestizaje hispano-mexica quedaron marginados de la academia mexicana, cuando no asesinados. El escándalo más grave tuvo lugar en torno a la supuesta tumba de Cuauhtémoc, reivindicado por el gobierno mexicano como el héroe nacional. Los arqueólogos e historiadores no conformes con esta estafa estatal, recibían amenazas de la prensa que los tachó de traidores y se exigía que se los fusilase por la espalda. Como dice Wigberto Jiménez Moreno: “Los que predicábamos la necesidad de aceptar la indisoluble fusión hispano-indígena, reconociendo valores positivos de cada uno de ambos patrimonios, nos veíamos repudiados sobre todo por la exaltada corriente indófila-hispanófoba, que se presentaba incomparablemente mucho más robusta, intransigente, agresiva y peligrosa que su contraria”.
Este testimonio es un digno broche de oro para poner en evidencia la irresponsabilidad intelectual de algunos hombres que, desgraciadamente, son reconocidos como grandes sapientes en ambos lados del Atlántico.