Opinión

Títeres sin cabeza

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 10 de febrero de 2016

Ocurren cosas a nuestro alrededor que gozan del flirteo con la impunidad de los actos. Algunas, incluso, tienen la soberbia de la doble lectura como posible tapadera, cuando la realidad es que suelen ser emboscadas para conseguir pérfidos fines. Ha sucedido en Madrid en torno a unos títeres, que manda huevos con el espectáculo. Nada que ver con lo que acostumbramos a presenciar en El Retiro en plácidas mañanas dominicales, en donde cientos de familias se concitan alrededor de los clásicos teatrillos que hacen las delicias de pequeños y mayores. Y claro, cuando los niños son la franquicia de la situación, pues no cabe otra que entrar en materia.

Y en efecto, una representación de títeres en el distrito de Tetuán ante un foro infantil, ha resultado ser un espectáculo diabólicamente subversivo y perverso. La cosa pudiera quedar en un sencillo acto recreativo, ya saben, el lobo, la bruja, la ratita presumida, el gatito desobediente, la escoba mágica y tantos otros ejemplos orientados a impulsar en los niños los valores de la convivencia, la solidaridad, la compresión, el respeto e incluso la compasión; pero no, ahora estamos en lo que a fuerza de cincel nos vienen labrando con tanto progresismo y con tanto reformismo y tanto anti todo. En definitiva, lo que una divertida y aleccionadora manera de hacer que el teatro infantil convierta el ocio en cultura de digna formación ya desde la tierna infancia, pues eso, que parece como si una doctrina efervescente se pusiera del lado de la contrariedad con intención de cambiar todo el sistema. Pero miren ustedes que unos títeres, cuya Compañía fue contratada por el Ayuntamiento de Madrid, han convertido el mero entretenimiento en un acto de sabotaje hacia la tempranera edad de la inocencia. ¿Casualidad?

Si por títeres infantiles se entiende representar la violación de una mujer, que después ella misma sea quien mate a su violador y acto seguido intente abortar clavándose un cuchillo, ya me dirán ustedes. Pero no contentos con esto, la obra “regala” el apuñalamiento de una monja con crucifijo, la misma agresión a un policía, el ahorcamiento de un juez o la invitación a los niños a hacer botellón y a “okupar” las casas vacías, entre otras lindezas; y todo ello exhibido ante un grupo de unas 30 criaturas con edades comprendidas entre 1 y 8 años; pues verán ustedes que la cosa es de una amplia pedagogía tan despreciable como turbulenta. Lo contrario no tiene otra explicación.

Y claro, ahora viene la pretensión de pasar página, porque los que están contra el mundo dicen que se ha tratado de una simple sátira. Pues visto lo visto se antoja que estamos en fase de respirar por las branquias y vivir debajo del agua, porque lo de la superficie está inaguantable. ¿Sátira, dicen?, será cuando el guiñol de la sensatez eduque a los niños en la manera de evitar el ejemplo de las 57 mujeres asesinadas víctimas de violencia de género durante el 2015. ¿Sátira, dicen?, será cuando el guiñol de la educación y la verdadera cultura acaben con la pederastia infantil. ¿Sátira, dicen?, será cuando el guiñol de la igualdad enseñe a los niños la manera de no ser víctimas de ideologías ni moneda de cambio en festejos populares, ya sean títeres sin cabeza, sectarias cabalgatas de reyes o invitarles desde el consistorio a recoger las colillas de tabaco que otros tiran al suelo.

¿Sátira, dicen? Será cuando el guiñol de la homofobia, de la xenofobia, de las creencias religiosas de cada cual, enseñen a los niños que la igualdad de género, de color de la piel o condición en creencias de fe, no son materia de desprecio, sino de total respeto. ¿Sátira, dicen? Será cuando el guiñol de la corrupción enseñe a los niños que hay maneras de ser honestos para ejercer de gobernadores. ¿Sátira, dicen? Será cuando los títeres sin cabeza dejen de dar por la arcada al pretender cambiarlo todo por tratar de cruzar el Niágara en bicicleta.

En fin, sabido es que la cultura no es casualidad. Y a todo esto, Celia Mayer, la delegada de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, no ha tenido a bien dimitir de su cargo. Como verán, aquí nunca pasa nada cuando la responsabilidad se viste de sátira o de casualidad, como ustedes lo prefieran.

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