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El Sevilla sobrevive a la épica viguesa y jugará contra el Barça | 2-2

COPA DEL REY - SEMIFINALES (VUELTA): CELTA 2 (2) SEVILLA 2 (6)

Diego García | Jueves 11 de febrero de 2016
El Celta sembró el duelo de incertidumbre pero los andaluces lucieron consistencia. Por Diego García

Ya se estaba meditando en qué recinto se disputará la final de esta edición de la Copa del Rey. Con el Barcelona ya clasificado para la última disputa por el entorchado, los focos permanecían centrados en la futurible elección del Santiago Bernabéu -la guinda morbosa- o en la designación -menos picante- del Vicente Calderón o, incluso, Mestalla. Pero, en pleno debate sobre la posición de Florentino Pérez al respecto, la tribuna viguesa incluyó una proclama en el relato: el partido de este jueves no se antojaría una anécdota ceremonial. La densa niebla rojiza -teatralización atmosférica resultado de la multiplicación de bengalas- que acogió la llegada de los futbolistas a Balaídos confirmó el carácter protagónico de este evento. Una cita entendida en tono épico de remontada, para unos, y como el ejercicio de responsabilidad final a una trayectoria intachable en el campeonato, para los otros. La discusión relativa a posteriores acontecimientos quedaría, pues, relegada ante la mixtura de ilusión y tensión de los 90 minutos finales de la semifinal entre Celta de Vigo y Sevilla Fútbol Club.

Eduardo Berizzo actuó, como haría su homólogo, en consecuencia al mencionado parecer. Apostó de inicio por la arista más ofensiva de su sistema, con Nolito fuera de escena. Marcelo Díaz y Tucu Hernández -dos peones capacitados para la creación y la llegada- sostenían una medular que lanzaría el desequilibrio de Orellana, Iago Aspas y Bongonda. Ese trío de flechas alimentaría el acierto anotador de Guidetti. Wass y Planas ejercerían de carrileros de largo recorrido para sumar voluntades a la necesidad goleadora con Hugo Mallo y Sergi Gómez abrigando a Rubén. La fluidez en el manejo del cuero y la verticalidad atinada figuraban como ingredientes de obligado cumplimiento. La imposición de un ritmo hiperbólico se añadía al guión que buscaría sacar de eje a uno de los cierres más rocosos del fútbol patrio. La vigilancia tras perdida, casi anacrónica en un urgido desarrollo atacante a tumba abierta, subrayaba su importancia para mantener la ideada reducción sostenida de distancias.

Unai Emery no quiso otorgar lugar a la confianza relamida en el rédito. De este modo arriesgó la presencia de sus centrales en una posible participación en la final y Kolo y Rami fueron alineados en titularidad. Coke y Escudero cerrarían las bandas con Carriço -ancla- e Iborra -antídoto aéreo y potencia para susurrar amenaza a la contra- cimentando el equilibrio en la parcela central. Lucía fondo de armario un club visitante que confiaba a la inteligencia y clase de Banega y Krohn Dehli el respiro en el esfuerzo de repliegue. La transición emergía, de nuevo, como herramienta predilecta, situación que colocó a Vitolo y Gameiro como referencias absolutas del último cuarto de cancha. Conducía el técnico vasco su libreto hacia una reproducción del esquema de cierre, robo y salida, tan exitoso, para salir a flote de la presumible marejada inicial y sellar el billete con el decantar controlado de los minutos. Piezas centrales como N'Zonzi, Reyes y Konoplyanka aguardaban en el banquillo como ases en la manga.

Respondió con celeridad el enfrentamiento al escenario planteado por los preparadores. La pelota se tiñó de azul y la red de ayudas sevillana se afanaría por tapar líneas de pase y amortiguar el intento, continuo, de ganar superioridades por las bandas de las parejas Wass-Aspas y Planas-Orellana. Alzó el telón el equipo dirigido por el Toto Berizzo imponiendo posesión y tempo. Elevó las líneas desde el primer pestañeo para jugar en cancha rival y cercenar la salida cómoda oponente tras pérdida. Conjugaba verticalidad y horizontalidad a través de los constantes desmarques de los interiores, con Díaz como único pivote y el Tucu Hernández adosado a las zonas de remate buscadas por los prolongados avances por banda. El Sevilla, por su parte, jugueteaba con la altura de la línea de su presión a medida que solidificaba la efectividad de su balance defensivo.


El perfil escurridizo visitante, siempre dispuesto a alternar achique con circulación en vuelo o estético, granjeó equilibrio en la sensación de dominio celtiña de los primeros diez minutos. No obstante, los dos primeros acercamientos del acelerado partido vislumbraron la meta de Rubén como diana. Abrió fuego Krohn-Dehli en el cuarto minuto y remató muy desviado Coke un saque de esquina botado por Banega en el 16. El acercamiento ejecutado por el danés -cerebro del Celta hasta el pasado mercado estival- significó toda una declaración de intenciones: la imprecisión en la circulación local se tradujo en una combinación lúcida que, exenta del frenesí del contragolpe, arribó en los pies de Iborra, asistente coyuntural. El espigado centrocampista conectó con el remate del 7 hispalense, que chutó al lateral de la red. Se negó el contendiente que defendía renta a limitar su despliegue a la seriedad en la fase de repliegue. Emery, conocedor de la potencialidad de su plantilla, ideó un ejercicio de crecimiento proporcional con la urgencia local que terminara por colocar el duelo en el ritmo e identidad que les es más favorable. Así, el afanoso rigor táctico que amarraba a sus creadores en el apoyo de los laterales filtró, poco a poco, el colapso del prólogo de preponderancia viguesa y dibujó una mutación general que discutía el monólogo en la posesión gallega.

En torno a la media hora de envite, y al tiempo que el arrecio de la lluvia se mimetizaba con el de las precipitaciones del obligado a remontar, la batalla mostraba la superioridad posicional andaluza. La zaga del vigente campeón de la Europa League se aposentó en el ecuador del terreno para amaestrar al conjunto de Vigo, constreñido en este tramo a bailar al son dictado por Banega y la asociación horizontal visitante. Las interrupciones y la anestesia inyectada por mor de la jerarquía de la delegación de Nervión gobernaban la pulsión competitiva. La entidad gallega desesperaba por encontrar continuidad con la pelota para subsistir en su acuciado afán, quedando relegada a tratar de detectar espacios para el optimismo a la contra. La seguridad y comodidad visitantes, con y sin pelota en terreno ajeno, entremezcló la trama favorable a sus intereses con un paréntesis de trabas que sentenciaron la congelación del compás. No leía soluciones de despegue el conjunto vigués, ni para reconducir su pérdida del control de la velocidad combinativa ni con el fin de refrescar su dominio de la posesión. Todo ello repercutía en la imposibilidad para reclamar el retraso de posiciones a la autoridad desplegada por el Sevilla.

Sin embargo, la riqueza de matices del trabajo de Berizzo, tanto en la interpretación del juego como en lo concerniente al diseño del proyecto, esbozó el cauce sobre el que edificar el recorrido que confirmara el carácter realizable de su lejano propósito. La valentía posicional hispalense otorgaba hectáreas para explotar a la efervescencia anatómica propia. Era cuestión, entonces, de saber sufrir en el repliegue, contemporizar las prisas y esperar a la detección certera de las oquedades del, casi confiado, contendiente. Orellana y Aspas desperezaron su trascendencia en el 31 al generar un contraataque que concluyó con centro-chut del canterano que Sergio Rico conjugó en un ejercicio de reflejos, evitando el remate claro del chileno. No se manifestaría este respingo como un espejismo sino como la ruta esclarecedora del recorrido a seguir. En consecuencia, minutos después, la vigilancia tras imprecisión sevillana sufría un serio golpe al descuidar la posición, demasiado adelantada, de los laterales -incorporados a la circulación- y los mediocentros –en posiciones muy ambiciosas, casi en la frontal rival-. Todos estos peones se vieron forzados a correr hacia atrás, lejos del desarrollo de la acción, cuando Aspas inauguró una transición frenética con su envío a la profundidad ocupada por Orellana. El extremo, incisivo campeón de la Copa América, añadió pausa y calidad al avance para imaginar el desmarque de su compañero de andanzas hacia el segundo poste. La estirada de Rico no alcanzó a interceptar la inercia que la lluvia propulsó al sensacional envío y el ex punta del Liverpool inauguró el marcador a portería vacía.

Sacó la cabeza del agua el Celta antes de la recta final del primer acto penalizando el descenso de concentración visitante. Pagaba con creces el Sevilla su querencia por dominar la eliminatoria con la pelota, eludiendo la limitación de la excelencia defensiva. Cuando también buscó el control de la posesión resbaló ante la astucia local. La falta directa ejecutada sin éxito por Wass desde la frontal, desprovista de dirección, completó el matiz al paradigma interpuesto por el sistema gallego. No cabía la autocomplacencia en esta visita o la igualdad denotada sobre la hierba contaminaría también el balance goleador del cruce. Sobrevino el intermedio sin que ningún púgil modificara su rictus. Las imprecisiones en el último pase esquivaron una mayor producción de llegadas y Banega, líder de la vertiente ofensiva de su equipo, cerró el intervalo con un libre directo lanzado a los nubarrones que aceleraron las circulaciones. Con anterioridad encontró el cabezazo peligroso de Iborra en una jugada infructuosa de pizarra. El plano físico empezaba a jugar su papel ante el pesado césped y los celtiñas parecerían manejarse bajo este escenario con más acomodo. La trasposición de roles -cierre y verticalidad celeste y horizontalidad y pausa en el cortejo del cuero andaluzas- configuró el 1-0 con el que se poblaron ambos vestuarios y que permitía extraer conclusiones positivas a todos los guerreros en liza. Y, además, la eliminatoria renacía.

Comenzó la reanudación con una distribución asimilable a la vista pero un aire antagónico. Tocó tierra el paroxismo ofensivo, de ida y vuelta fulgurante, tan propia de los torneos de eliminación directa, en 20 minutos de delicioso intercambio de frugalidad combinativa. Iborra esbozó el aperitivo con un cabezazo desatinado desde su solitaria posición en el primer poste. Esta llegada sevillana, coherente con la manutención del paso al frente posicional exhibido en el acto anterior, se topó con la rotunda deflagración viguesa que colocó en jaque la consistencia visitante y desplegó la incertidumbre sobre el nombre del sujeto clasificado para el último peldaño copero. La más natural aclimatación a las condiciones del lento e imprevisible césped, envuelto en la lluvia perpetua, evocó la inseguridad de Sergio Rico en las acometidas locales. En primer lugar abrió opciones al remate de Guidetti y, después, provocó el remate a portería vacía de Aspas, que no embocó de milagro -minuto 48- el saque de córner.




La llamarada gallega de celeridad abrasiva y esfuerzo y vacío físicos concluyó por recoger rédito con la premura visualizada desde el banquillo. Marcelo Díaz abrió a la incorporación sorpresiva de Wass, que centró con potencia ante el agujero descubierto en el encierro visitante. Rico efectuó un despeje pobre que patrocinó el cabezazo a las mallas de Aspas. El 2-0 arribó en el minuto 53 y Balaídos engordaba su orgullo al atisbar cercana la utopía. Emery, excelso intérprete de partidos, sacó de la partida a un Iborra inocuo en el cierre para incluir en la fórmula a N´Zonzi –que también estaba apercibido de sanción-. Recuperaba de este modo el técnico vasco parte de su disposición titular para recomponer la figura en una situación que empezaba a tornarse definitiva si el plan de encontrar la sentencia a través del gol –y no de la gestión eficiente desde la retaguardia- no ofrecía cosecha en breve. Pero el movimiento surtiría efecto casi a continuación.

Marcelo Díaz marró en el cálculo del bote sobre el condicionante verde y la pelota se disparó hacia el mano a mano entre Banega y su par. El argentino, emulando la maniobra arquetípica de Juan Román Riquelme ante Palmeiras por una Lbertadores, quebró y cargó con erosiva rapidez el chut para encontrar el segundo poste. El disparo inmaculado y fina obra maestra del ex de Boca permitió a los suyos alcanzar el 2-1 (2-5 en el global de la eliminatoria) y a su técnico encontrar el premio a la asunción de riesgos consecuente con el descuelgue prolongado de piezas hacia la línea ofensiva.

No amainó entonces la consecución agotadora de opciones de remate. La inestabilidad de los sistemas defensivos volvió a desnudar la apnea competitiva de Sergio Rico, que derribó en su área a Guidetti. El punta escandinavo ganó la espalda a la sobrepasada retaguardia visitante y arrancó un penalti esperanzador que él mismo se encargó de estrellar en la madera –minuto 59-. El sonido del esférico interceptado por el poste supuso la confirmación acústica de la sentencia de esta vibrante semifinal. La inclusión de Cristóforo por Carriço y lo complicado de desarrollar una conducción sin que la pelota se viera frenada por la acumulación de agua trompicó lo sistemático de las aproximaciones a ambas porterías, templando, al fin, la intensidad caótica que delineó la espectacularidad del segundo tiempo.

Se abandonó el partido a la pelea agónica por prevalecer de ambos centros del campo, en brega contra la oposición de sus oponentes y la del césped. Hubo especio antes del 90 para más sustituciones -Konoplyanka sentó a un decisivo Banega y Radoja, Sené y Jonny tomaron el relevo de Guidetti, Díaz y Wass-, algún que otro acercamiento que salpicó el intrincado tono general de partido -disparo fuera de arco de Orellana desde la frontal, atajada de Rico al remate puntiagudo del chileno, lanzamiento muy desviado de Radoja y parada de Rubén en la llegada providencial de Vitolo-, el justo gol del empate sevillano cosechado por Konoplyanka tras la acción individual y chut del extremo canario -minuto 86- y el lunar en la toma de decisiones del ex arquitecto del Valencia: N´Zonzi vio la amarilla en el 88, fruto de la altura de exigencia del enfrentamiento y no jugará la final. Sí lo hará un Sevilla que vio fiscalizada su consistencia ante un Celta imponente. La ovación brindada por su público a pesar de saberse eliminado en la antesala de la gloria subraya lo reconocible del rendimiento de su equipo en la construcción de interés a esta vuelta de semifinales. No llegó a la orilla el bloque vigués, que se despide de la competición habiendo ejercido de elemento fundamental de sus dos mejores partidos -el de este jueves y el que vio en la lona al Atlético de Madrid en la Ribera del Manzanares-. Regresa a la lucha por el título el club hispalense (la octava final de su historia), que aleccionó a propios y extraños con su fase defensiva en la ida y enseñó variantes en la vuelta para conformar la oposición más respetable que puede encontrar el Barcelona de Luis Enrique en el balompié nacional.


Ficha técnica:
Celta de Vigo: Rubén Blanco; Wass (Jonny, min.64), Hugo Mallo, Sergi Gómez, Planas; Tucu Hernández, Marcelo Díaz (Radoja, min.68); Iago Aspas, Orellana, Bongonda; Guidetti (Señé, min.71)
Sevilla: Sergio Rico; Koke, Rami, Kolodziejczak, Escudero; Carriço (Cristóforo, min63), Iborra (N?Zonzi, min.55); Vitolo, Banega (Konoplianka, min.71), Krohn-Dehli; Gameiro.
Goles: 1-0 Iago Aspas, min.35; 2-0 Iago Aspas, min.54; 2-1 Banega, min.56; 2-2 Konoplianka, min.87 Árbitro: Martínez Munuera. Amonestó a Planas y Hernández por parte del Celta, y a Banega, Sergio Rico, N?Zonzi y Krohn -Dehli por parte del Sevilla.
Incidencias: 15.201 espectadores asistieron al partido correspondiente a la vuelta de las semifinales de la Copa del Rey, disputado en estadio Balaídos.

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