Especial Liga

El Madrid se entrega al desenfreno para tumbar la valentía bilbaína | 4-2

JORNADA 24: REAL MADRID 4 ATHLETIC 2

Diego García | Sábado 13 de febrero de 2016
La apuesta del Athletic deshizo la consistencia local. Por Diego G.

La nubosa jornada vigésimo cuarta del cameonato doméstico que define la regularidad -en inercia positiva o negativa- de sus participantes arribó este sábado para brindar a la tribuna del Santiago Bernabéu la posibilidad de asimilar el estado de cocción del giro de timón implementado por el club de Chamartín. La visita del Athletic Club de Bilbao, uno de los referentes del balompié nacional en lo relativo a la pulsión competitiva y carácter compacto de su concepción de este deporte, se cruzó en el acelerado proceso de edificación de legitimidad del actual titular del banquillo merengue. Con el Barcelona y la cima liguera distanciados hasta estrechar el margen de error al mínimo perceptible -ya en febrero-, el Real Madrid volvía a uniformarse con la mixtura entre la urgencia estadística y la pausa aconsejable para el autoconocimiento y desarrollo de la ofensiva filosofía que tomó el relevó del libreto Rafael Benítez. La trayectoria susurraba la gestación de un nuevo capítulo de la correlación de goleadas caseras, pero la altura del púgil a enfrentar rebatía con solidez dicha aseveración.


El público de Concha Espina gozaría, además, de la asistencia al primer ajuste capital de Zinedine Zidane. El técnico galo parecería haber reconducido su apuesta por el desenfreno con pelota y la desatención al rigor táctico sin ella -planteamiento que no ha conseguido sino prolongar el desangramiento madridista extramuros, por mor de los desequilibrios colectivos acontecidos, de manera sistemática, en la fase defensiva-. Anunció el matiz nuclear al modelo y lo cumplió, empezando a aportar riqueza a su obra. Así, Isco ejercería de mártir desde el banquillo para escenificar la búsqueda del orden racional con la titularidad de Kovacic. El músculo croata abrigaría la creatividad de Kroos, Modric y James -que debía explotar, al fin, sus dotes entre líneas-. El infortunio sufrido por Marcelo cambió de banda a Carvajal y de rol a Danilo, de regreso a la apuesta inicial, completando la relación de carrileros. Benzema y Ronaldo asumirían la responsabilidad anotadora y Varane y Ramos harían lo propio con el cuerpeo con Aritz Aduriz. La circulación fluida de la pelota, el control del tempo a través de la pausa y ascenso de ritmo con el cuero y de la vigilancia efectiva tras pérdida delineaban el guión trazado por el tercer clasificado.


Ernesto Valverde, artífice del último triunfo bilbaíno en este césped -2005-, se vio conducido a diseñar un sistema que relativizara las ausencias -Mikel San José e Iñaki Williams-. Entregó el peso de la medular a la pareja -más distribuidora que destructora- Iturraspe-Beñat. Por delante de este eje se desplegaba la mobilidad incesante de De Marcos, Sabin Merino y Eraso, todas ellas piezas desequilibrantes con especial querencia a alimentar a Aduriz, el punta referencial español de este par de temporadas. Laporte y Etxeita se afanarían por taponar los avances centrales y Lekue y Balenziaga multiplicarían sus atribuciones según sugiriera el tramo de partido. El cierre ordenado, la intensidad en la altura de la presión y la efervescencia a la contra mantenían la vigencia del exitoso libreto del Txingurri para hacer cima en esta empinada montaña.


Arrancó la fiscalización vizcaína con el intercambio de presiones muy elevadas. Ambos contendientes buscaron, desde el primer pestañeo, sacar de escena la intencionalidad ajena por la vía del robo rápido y manejo monopolístico del esférico. Sin embargo, antes de que los sistemas disfrutaran de tiempo para asentar los conceptos diseñados desde el laboratorio de los estrategas, la salida hiperactiva en cuanto a concentración del conjunto local detectó, con celeridad, una oquedad en el cierre visitante que resultaría definitva. Entonces, con el centro del campo rojiblanco regresando sin opción de oposición a la acción, Benzema -clarividente-, filtró un pase envuelto en terciopelo para el desmarque de Ronaldo. El luso encaró, dribló a contrapié y colocó su disparo en la escuadra del palo largo -minuto 2-. Golpeó con rotundidad el Madrid en el prólogo del enfrentamiento, exactamente la tesitura que Valverde se desveló por esquivar.



Es por el reputado trabajo psicológico y táctico propio del Txingurri que no cambió el rictus el Athletic. Mantuvo con personalidad su exigencia posicional en un ejercicio de valentía notable. Su intento por ahogar la salida primigenia de la posesión local, que le acabaría por entregar réditos, generaba también espacios para el vuelo madridista. Este paisaje de medición de fuerzas bajo un ritmo hiperbólico abrió la ventana para el flujo de llegadas a ambas porterías. El centro lateral de Merino desde la derecha y testarazo demasiado cruzado de Aduriz abrió fuego en el 7. Respondió el contragolpe capitalino al galope de Ronaldo, que cedió un lanzamiento que se tradujo en la tijereta efectuada por Kovacic y el despeje providencial de Iraizoz.


El conjunto vasco había amainado ya el ardor inicial local y empezaba a discutir el control del cuero y, con ello, del partido. Pero, como si de un plagio de los presupuestos de la trama se tratara, el mordisco no llegó como consecuencia de la argumentación, sino que se adelantó para cultivar el terreno sobre el que desarrollar los conceptos pretendidos. La incipiente cesión de terreno merengue descubrió la imprecisión del urgido Varane, que, en un error garrafal, desorientó a Keylor y creó un cuero suelto en el área pequeña y sin zagueros en radio de acción. Eraso, tan astuto como inteligente con la pelota, empató al placer de la portería desprovista de obstáculos. La coherencia en el planteamiento bilbaíno le granjeó, con celeridad, una tablas merecidas que dieron paso a un intervalo antagónico de la voluntad madrileña.


En la frontera del minuto 20 de envite el esférico lucía pintado de rojiblanco. La continuada presión vasca terminó por complicar la fluidez asociativa de un Madrid entregado a la verticalidad tras robo, que deshechaba la pausa que gobierna partidos. De este modo, a medida que las posesiones horizontales vizcaínas ganaban empaque y minutaje, Beñat y los carrileros vascos aseguraban el repiqueteo de superioridades y centros laterales, una situación patrocinada por la desatención de la medular exterior madridista a las labores de ayuda defensiva. En el entretanto, los pupilos de Zidane trataban de renacer en su identidad y acomodarse a la tesitura de repliegue sobrevenido, aguardando un aparéntesis -que no llegaría- en el que recuperar el soliloquio en el cortejo del balón con el fin de crecer en la filosofía recién adquirida.


Tardó el conjunto local en adaptarse al tipo de partido impuesto por su oponente, pero relativizó la marejada de dominio vasco lanzándose al doblez frenético de su apuesta: la búsqueda perpetua de agujeros en transición arrinconó la pugna por la posesión, que llevaba bien adelantada el Athletic. El resultado obtenido por la confrontación de ideas condujo el partido hacia una nebulosa de espectacularidad, producción perenne de llegadas, caos en el dictado de la hoja de ruta y, finalmente, predominio de la calidad en el cultivo prolongado de la improvisacion. El portentoso cabezazo de Aduriz que estiró la anatomía de Navas tras un centro de Balenziaga alzó el telón de un tipo de evento de ida y vuelta. Danilo, instintivo en su incorporación al centro del área, recogió un pobre despeje de la zaga a centro de James para rematar con potencia y forzar la respuesta, rebosante de reflejos, de Iraizoz.


La guerra de guerrillas, sin orden ni concierto, a la que había quedado constreñido el duelo reflejó el colmo de los entrenadores: avances inconexos al contragolpe y decrépita organización de dos estructuras partidas por mor de la velocidad de las trasiciones. Modric e Iturraspe yacían sobrepasados por el frenesí y los guardametas sufrían un examen de monográfico parecer. Las fórmulas ofensivas, estudiadas durante la semana, reflejaron con fidelidad lo pensado: el Athletic arribaba a término por las bandas, ante la desconexión de Ronaldo, Benzema y James y el Madrid lo hacía horadando la distancia técnica y de velocidad del repliegue vizcaíno. Alzó demasiado las líneas Valverde en su ambiciosa directriz, negándose al encierro contemplativo, y lo acabaría pagando. En coherente evolución, Balenziaga centró una pelota raso tras una cadena de inseguridades de Danilo que Aduriz ganó a Ramos para rematar, cual cazador, al larguero -minuto 26-; respondió el slalom individual y veneososo, esta vez sí, de Ronaldo, que zanjó en un chut centrado desde la frontal; Beñat explotó el desajuste táctico local para abrir a Aduriz, que desbordó perfilado y centró para el remate, desviado y en soledad, de De Marcos, en una plácida contra visitante -minuto 32-.


Bajo este pentagrama de incertidumbre e intercambio de golpes se disparó el partido hacia el intermedio. Y lo haría evidenciando lo arriesgado del movimiento rojiblanco: la medición mútua de calidad y eficacia en similar altura de intensidad y espacios le resultó muy desfavorable. No aceleró el Madrid en el respingo goleador que sentenció el envite antes del descanso. No le hizo falta porque el prototipo de plantilla navega con relamido placer en un escenario de acumulación despreocupada de dianas. Así, James asestó el desbalance con un cañonazo desde media distancia ajustado al poste -minuto 37-, alejado de un Iraizoz impedido, y el postrero chut a la red de Kroos, que coronó una cominación móvil entre Benzema y Ronaldo, bajó el telón al primer acto con un rotundo 3-1 en el marcador. Por el camino trató de impugnar el Athletic con un centro desde la cal y volea muy alejada de palos de Merino. La pegada había sacado a flote el desgobierno autocomplaciente de un Madrid que se conducía a vestuarios con cierta sensación de bipolaridad. La posesión en campo rival prometida y dominio del opositor quedaba, pues, en suspenso.


Amaneció la reanudación sin sustituciones pero con la tratativa madrileña de virar la inercia de juego. Salió dispuesto a implementar hielo anestesiante al tempo el bloque dirigido por Zidane, sabedor de lo necesario de frenar el denuedo que supone desplegar esfuerzos continuos de ida y vuelta. La pelota se tornó, entonces, blanca, para consuelo de la tribuna. El Athletic, en consecuencia, mostró un nivel asimilable de consistencia y orgullo al del primer tiempo para discutir el movimiento de su rival, elevando su presión a toda cancha. Pero el cansancio acumulado en los impecables 45 minutos inciales conllevó la imposibilidad de cortocircuitar la asociación merengue por falta de timing. Se quemó el primer cuarto de hora del segundo acto con el regreso del centrocampismo y la inocua pugna por la posesión, y sólo la desatención en la vigilancia tras pérdida del equipo dirigido por Zizou abriría huecos para la esperanza de unos leones mermados por la variable anatómica.




Kovacic -sobresaliente con la pelota-, Modric, Kroos y James emergieron como dictadores del ritmo general, en perfecta conjunción con Danilo y Carvajal -apostados en la suma medular por una circulación horizontal-, y el Athletic se sorprendió maniatado, fuera de los ratios de recuperaciones, acercamientos y posesión previos. El compromiso colectivo madridista tocaba techo en ambas fases del juego, aliñado por la cohesión interlineal y la placidez volvió a significar una percepción familiar. Sin embargo, Valverde no cedió en su valiente empeño y alzó la altura de su línea defensiva. Además, sacó de escena a un descontextualizado Iturraspe para inyectar pulmones y brega con Elustondo. Así, Beñat gozaría de mayor libertad para construir posesiones mejor diseñadas y afianzar el goteo de centros desde los laterales. Y recogió fruto de inmediato: Merino remató fuera por poco el centro desde el extremo.


Había logrado modificar, de nuevo, el guión de Zidane y el Madrid entregó el bastón de mando y el temple en su contemporización con pelota para reconfigurar la adopción del robo y salida. Avanzaron metros los leones antes del desenlace para complicar la salida de pelota local -Aduriz marró un mano a mano suturado por Navas como resultado de la soberbia presión a Kroos- y el dominio de las sensaciones viajaba, nuevamente, hacia la institución de Lezama. Por el camino se incluyó en la partida a Muniáin -por Lekue, en un movimiento ofensivo que reconvertía en lateral a De Marcos-, a Nacho -por un dubitativo Danilo, en un cambio que apostaba por el cierre de filas y el amarre de la exhuberancia brasileña- y a Isco -que ofreció su habitual oda esteticista y sentó al ovacionado Kovacic, aún por testar en el cumplimiento de la labor equilibradora encomendada por su técnico-. Así, los banquillos asumieron el cariz del devenir mostrado sobre el verde: el Athletic dispondría de la herramienta principal y el Madrid, por su parte, se agazaparía lo más ordenadamente posible para lanzar deflagraciones a la contra.

La reducción sufrida por la producción ofensiva de llegadas experimentada al albor del control madridista se tornó en un florecimiento final de acercamientos que no significaron más goles que llevarse a la boca por el desatino en el remate final de Ronaldo y Benzema y la imprecisión en el último tercio de cancha de ambos contendientes. Carvajal ocupó el carril derecho para apuntalar el eficiente achique en estático merengue, que convirtió en utópica la intención vasca, limitando la influencia centrada de Muniáin y contrarrestando las superioridades por banda. Hubo espacio en este frío desenlace para la expulsión por doble amarilla de Varane -que ganó, sin embargo, el baile con Aduriz-, la participación de Lucas Vázquez y Viguera -en sustitución de un James tan iluminado como irregular y de un Sabin al que le sigue costando encontrar la relevancia atacante que se le supone- y el segundo tanto con el que Ronaldo alimenta su candidatura a la Bota de Oro. El centro al área vizcaína cayó en las botas del portugués al que, en cara a cara con su par, le bastó con amagar para sentar a su sombra y ajusticiar a Iraizoz desde el punto de penalti -minuto 87-. También recibió el premio a su irreductible fe el bloque dirigido por Valverde, que encontró en la pizarra el camino de su ansiada segunda diana, obtenida de la cabeza, en giro sobresaliente, de Elustondo -minuto 90-.


Abandonaron los leones el Bernabéu con la sensación de haber indigestado la tarde al gigante hasta que el cansancio hizo efecto. El descenso de vatios sufrido en el epílogo del primer acto, donde quedó sentenciado el envite, le costó no revertir la nefasta racha que acumula en la última década de visitas a la capital española. Zidane, por su parte, da un paso adelante en el conocimiento de las posibilidades que ofece la plantilla que maneja, aunque el desempeño colectivo haya ofrecido todavía mucho margen de mejora en lo relativo a la solidaridad de esfuerzos sin balón, el control prolongado del partido y la capacidad de sufrimiento cuando toca achicar agua. La victoria en este primer día señalado de fiscalización, del que salió revitalizada la parroquia fiel a Ronaldo ("Está de puta madre", presumió su entrenador en sala de prensa) y anterior a la batalla de Roma, ahonda en el templado optimismo que no termina por levantar el vuelo, si bien todavía es tiempo de asimilación y crecimiento.


Ficha técnica:
Real Madrid: Keylor Navas; Danilo (Nacho, m.69), Varane, Sergio Ramos, Carvajal; Kroos, Modric, Kovacic (Isco, m.72); James (Lucas Vázquez, m.80), Cristiano Ronaldo y Benzema.
Athletic Club: Iraizoz; De Marcos, Laporte, Etxeita, Balenziaga; Beñat, Iturraspe (Elustondo, m.62), Eraso, Merino (Borja Viguera, m.80); Lekue (Muniain, m.69) y Aduriz.
Goles:
1-0, m.3: Cristiano. 1-1, m.11: Eraso. 2-1, m.37: James. 3-1, m. 45: Kroos. 4-1, m.87: Cristiano. 4-2, m.90: Elustondo.
Árbitro: Álvarez Izquierdo. Amonestó a Modric (71) por el Real Madrid; y a Etxeita (14), Balenziaga (43) por el Athletic. Expulsó a Varane por doble amarilla (16 y 83).
Incidencias:
77.357 espectadores asistieron al partido correspondiente a la vigésimo cuarta jornada de Liga, disputado en estadio Santiago Bernabéu.



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