Opinión

Miércoles de ceniza

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 13 de febrero de 2016

La Iglesia de Cobeña parece una roca batida por un mar de trigo y cebada, que verdea como una promesa de vida en un febrero inusualmente cálido. La estepa se ondula bajo un cielo cárdeno y ceniciento. Las aguas de un pequeño arroyo bajan grises entre chopos y fresnos, con las ramas desnudas y nudosas. Parece que la naturaleza se concierta con el inicio de la Cuaresma, pero yo no advierto tristeza en este miércoles que poco a poco se adentra en una noche profunda y levemente azulada. Los campos verdes anticipan la primavera, bandadas de tordos planean suavemente, los dos almendros que observo desde la ventana de mi cocina ya han florecido, recortándose contra un muro amarillo que recoge la débil luz del crepúsculo. Sus flores blancas y tenuemente rosadas nacen con el mismo sello que la existencia humana: hermosas, efímeras, trágicas. La vida parece impaciente, casi como un fruto que bordea su madurez y sólo necesita un poco más de sol para adquirir un tacto sedoso e impregnar su pulpa de dulzura.

Salgo de casa y empiezo a bajar hacia el pueblo. Hace años que no asisto a un Miércoles de Ceniza, pero hoy contemplo con ilusión un rito que hasta hace poco me parecía incomprensible. Perdí la fe de joven. Me parecía absurdo hablar de trascendencia o esperanza en un mundo saturado de violencia, injusticia y miseria. El sufrimiento de un niño enfermo me parecía una objeción irrebatible contra cualquier argumento a favor de la existencia de un Dios. ¿Qué me hizo cambiar? La necesidad de comprender el dolor de los que se sienten humillados, perdidos o abandonados; la urgencia de hallar un sentido a la historia, que muchas veces se perfila como una acumulación de fracasos, y la sed de eternidad que gime en cualquier conciencia finita. Nos hemos acostumbrado a contemplar la Cruz con apresuramiento, sin reparar en su significado. La crucifixión era un método de ejecución particularmente horrible y degradante, que no podía aplicarse a un ciudadano romano. Se desnudaba al reo y se le ataba o clavaba en un madero. La agonía podía durar días. No se permitía a las familias dar sepultura al ajusticiado, que servía de alimento a alimañas y carroñeros. ¿Por qué se llama entonces Rey y Señor a un predicador judío que murió como un esclavo? ¿Por qué la Cruz es el centro del credo cristiano? Cuando Benedicto XVI visitó Auschwitz-Birkenau el 28 de mayo de 2006, se preguntó: “¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?”. En 1972, el teólogo protestante Jürgen Moltmann planteó la misma cuestión en el Dios crucificado, evocando el inenarrable sufrimiento de las víctimas. Su respuesta es sumamente clarificadora. Dios estaba en las cámaras de gas, en los hornos crematorios, en los patíbulos que servían de horca: “Cualquier otra respuesta sería blasfemia. Ni podrá haber tampoco otra respuesta cristiana a la respuesta de este suplicio. Hablar aquí de un Dios impasible, lo convertiría en un demonio. Hablar aquí de un Dios absoluto, lo convertiría en una nada destructora. Hablar aquí de un Dios indiferente, condenaría a los hombres a la indiferencia”.

La muerte en la Cruz –ultrajante, deshonrosa, indigna- es la manifestación del compromiso de Dios con el ser humano. El amor de Dios no es abstracto, sino concreto. No mira el mundo desde fuera. Se inmola en la historia para acompañar a la humanidad en sus penalidades, como la madre del niño de La vida es bella (Roberto Benigni, 1999), que exige a un oficial alemán subir al tren donde viajan su marido y su hijo, sin ignorar que el destino es la tortura y la muerte. Auschwitz es un ejemplo de mal moral. No es fruto del azar ni de la fatalidad, sino del odio y del fanatismo. No puede imputarse a Dios, pero ¿qué podemos decir ante la muerte de un niño enfermo de cáncer? ¿Por qué Dios tolera estas cosas? No hay una contestación inequívoca y definitiva. Debemos elegir. Podemos confiar o no en Dios. El teólogo católico Hans Küng considera que el hombre puede “tener fundadas esperanzas de atravesar el ancho y hondo río del dolor del mundo: consciente de que por encima del abismo del dolor y del mal, una mano se extiende hacia él” (Ser cristiano, 1974).

Dios está en la paz y en la alegría, pero también en la oscuridad y el sufrimiento. La Pasión y la Resurrección de Cristo es la roca que libra al ser humano de la desesperación, el miedo, el desamparo, la soledad y el vacío. El Dios cristiano no es distante, sino cercano y solidario. Se hizo carne para experimentar la angustia del que se siente perdido y abandonado. San Juan Pablo II afirmó en una célebre homilía: “Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de Él sólo hay oscuridad y muerte”. Jesús es un Rey porque impera sobre la muerte, no sobre las naciones. “No es un Dios teocrático –aclara Küng-, aterrador desde arriba, sino un Dios amigo del hombre, com-pasivo con nosotros aquí abajo. […] En la Cruz se revela con la mayor claridad que este Dios es realmente un Dios que está de parte de los débiles, de los enfermos, de los pobres, de los marginados, de los oprimidos, hasta de los impíos, inmorales y ateos”. No somos nada, si prescindimos de Dios. Todos tenemos hambre de eternidad y nada puede proporcionarnos la plenitud que nos ofrece la Cruz.

El Miércoles de Ceniza en la Iglesia de Cobeña fue una explosión de Vida. La preparación de la Pascua es un tiempo de penitencia, pero también es el inicio de un viaje mar adentro. Hay que ir hasta el fondo para encontrar a Dios y sentir su misericordia, que no es un afecto humano, sino un misterio que excede nuestra comprensión. Permanecer en la orilla siempre es más fácil. La fe es una aventura que exige cierta temeridad y grandes dosis de humildad. La Misa finalizó con una mezcla de solemnidad y frescura. El luto asociado a los paños morados parecía inseparable del júbilo de la Pascua, luminosa y liberadora. Al salir al exterior, con la ceniza sobre mi cabeza, sentí que el sufrimiento nunca tendría la última palabra, que lo más pequeño siempre sería lo más grande y que Dios –de acuerdo con las palabras de un joven Ratzinger- nunca dejaría de amarnos “con todas las extravagancias de un enamorado”.

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