Opinión

Ondas gravitatorias en Génova

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 14 de febrero de 2016

Está el universo político patrio como un damero maldito en donde faltan demasiadas palabras, escasea el diálogo a conciencia y, en cambio, predominan las cuestiones minúsculas de partido sobre las nacionales. Los analistas y observadores no dan abasto en descifrar más y más jeroglíficos sobre la gobernación del país. El populismo “empoderado” en Ayuntamientos se levanta cada mañana incordiando con qué estatua derribar o qué nombre del callejero abatir. Por lo pronto, sus comisarios de cultura ya han matado a las hadas, como hiciera el plan quinquenal checoslovaco de 1946-1950, que incluyó la supresión de los cuentos con dichas féminas. Esa obsesiva intención de influir tendenciosamente sobre los niños para, al cabo de los años, manejar multitudes engañadas y tiranizadas con un frío y avieso rigor estalinista. Por su parte, el alegre y confiado Pedro Sánchez persiste erre que erre en ser expresidente del Gobierno. Y entre tanto, las ondas gravitacionales que predijera Einstein hace un siglo ya empiezan a ser detectadas también en la calle Génova de Madrid. Allí, la sacudida de corrupción ha provocado un agujero negro que amenaza con engullir al Partido Popular pagando justos por pecadores. A los populares les va a resultar necesaria una estrella supernova si quieren volver a la galaxia de la democracia española brillando con luz propia. Renovarse en personas, estructuras y procedimientos, o extinguirse.

Por algo se empieza. La dimisión de Esperanza Aguirre como presidenta del partido en Madrid puede marcar un camino a recorrer desde otras latitudes. Es cierto que la corrupción no es un vicio monopolizado por el Partido Popular, pero a éste se le consiente menos que a las demás formaciones. Tampoco sería justo satirizar con un “no me meto en política porque soy hombre honrado”, pero el deber político es un deber de conciencia y exige al dirigente no sólo ser honesto y decente sino además parecerlo.

Una ola de decepción ha saturado la atmósfera española en los últimos años. El desconcierto es inevitable entre la ciudadanía que desespera ya de los políticos; pero mucho más entre los votantes de los partidos afectados por la tacha de la corrupción. Lo peligroso es que se está perdiendo la fe en que los dirigentes tengan la clave de los problemas que agobian al ciudadano, que empieza a no saber a qué atenerse, sintiéndose desolado y desoído. El español actual tiene necesidad de la verdad. Y hoy impera más la confusión y el desarreglo. Y no se olvide que todo lo que signifique río revuelto es ganancia para pescadores revolucionarios y subversivos.

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