Opinión

En guerra contra el islam

POCO A POCO

Borja M. Herraiz | Lunes 15 de febrero de 2016

Ayaan Hirsi Ali se ha convertido en la última década en una de las voces más beligerantes contra el extremismo islámico. En su último libro, ‘Conversaciones’, editado por Confluencias y cuya lectura recomiendo por ágil y sísmica, esta somalí, que tuvo que huir de su país dirección Países Bajos después de sufrir una ablación y de que su padre pactara un matrimonio al que no se prestó, lanza un brutal ataque, no sólo contra la versión más radical del islam, sino también contra toda su doctrina y su concepción actual.

Obviando algunos pasajes de lo más controvertidos, cuando no, por mucho que ella insista en no verlo de tal manera, claramente revanchistas de quien ha pasado de una educación radical al ateísmo convencido, Hirsi Ali expone determinadas ideas calificadas de políticamente incorrectas pero que no por ello adolecen de potencia y fundamento.

Al contrario que los liberales europeos, a los que tilda poco más o menos que de farsantes, ella sí cree que Occidente se encuentra en guerra contra el islam, al que tacha de ser una religión machista, habida cuenta del papel subyugado que juega la mujer en su fe. Recuerda Hirsi Ali, no sin razón, que una mujer musulmana sólo opta a la mitad de una herencia, que su testimonio en caso de ser violada vale menos que el de su agresor o que necesita el permiso de su tutor para casarse, tener un hijo y, en algunos casos, salir de casa, por poner tres ejemplos.

Es el papel que juegan dentro de las sociedades estos liberales de nuevo cuño uno de los blancos predilectos de la somalí, algo en lo que debo darle toda la razón. A muchos de ellos se les llena la boca con el discurso de la mano tendida cuando son mucho menos incisivos con su retórica a la hora de juzgar regímenes musulmanes, no se les vaya a tachar de islamófobos, racistas o intolerantes a ellos, adalides de los buenos modos y de chistosas alianzas de civilizaciones. Son esos mismos liberales de pega, henchidos de falsa tolerancia, los que piden respeto y alfombra roja para la cultura ajena pero, cuando la propia es vilipendiada allí, callan cómplices de un doble rasero incongruente.

A muchos se les olvida que decenas de estos países no distinguen entre fe y Estado, como últimamente viene sucediendo de manera alarmante en Turquía y como antes pasara en Irán o Arabia Saudí, y que por tanto son regímenes con poco o ningún aprecio por las leyes y las normas cívicas, puesto que todo lo someten al imperio de doctrinas dictadas hace un milenio. ¿Cómo se puede avanzar en pleno siglo XXI aplicando el prisma y la mentalidad del siglo XI?

Con un discurso feroz, Hirsi Ali considera que el islam como fe debe plegarse a cinco enmiendas tan urgentes como necesarias. A saber: “Los musulmanes deben abandonar su creencia de que Mahona es infalible y que el Corán es la palabra literal de Dios; la vida en la tierra debe significar más que la vida en el más allá; la ley secular debe primar sobre la sharia; los clérigos no deben tener poder para imponer la ley; y la yihad debe ser abandonada”.

Además, recuerda que si bien el judaísmo y el cristianismo también tienen un largo historial de violencia a sus espaldas en defensa de su credo, en la actualidad no dan lugar a fanatismos terroristas o estos son residuales, pues han confrontado su doctrina con el debate, la ciencia y el pensamiento crítico. En este sentido, como ella, echo de menos una respuesta contundente y decidida de la comunidad musulmana asentada en Occidente contra la violencia yihadista, un mensaje atronador en las calles y en las mezquitas que diga “Nosotros no somos ni representamos esto. Nosotros ni lo defendemos ni lo patrocinamos, ya sea por acción o por omisión”.

Otra de las ideas de Hirsi Ali con las que comulgo es la de implantar un sistema educativo laico que promueva la cultura multiconfesional. Sólo así lograremos que en las crecientes comunidades musulmanas que proliferan por toda Europa germine un verdadero sentimiento de inclusión social.

Debemos inculcar que se debe separar la interpretación del Corán de la vida cotidiana del mismo modo que nadie ve con buenos ojos la aplicación de lo escrito en el Antiguo Testamento en una sociedad moderna. De nada sirve que formen parte de nuestro tejido social si no se sienten partícipes del mismo o incluso lo repudian abiertamente. La convivencia y el civismo laicos deben anteponerse sobre los mandatos religiosos, sean del credo que sean.

El islam debe actualizarse valiéndose de un debate serio y vinculante que promueva la implantación de cambios doctrinales, aunque a muchos les parezca que se traiciona la misma fe. Debe renovarse como lo han hecho en parte las otras dos grandes religiones monoteístas para tener cabida en una sociedad abierta, dinámica, tolerante y respetuosa como es la del siglo XXI. Para ello, es necesario un esfuerzo de los propios musulmanes, que han de ver que la religión no puede subyugar a ningún Estado de derecho ni a ninguna sociedad democrática.

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