Una de las paradojas de la política española es la sensación que se tiene en la derecha que el poder es un ejercicio natural, mientras que para la izquierda es una circunstancia extraordinaria. En la derecha se concibe, más bien se percibe el estar en la oposición como algo temporal; pues lo lógico –lo responsable, en términos de hoy día- es que la derecha esté en el gobierno. Una concepción bastante carpetovetónica de la democracia. Pero, además los datos contradicen esta sensación.
Al estudiar los países con los que nos gusta compararnos comprobamos que allí, pongamos que en los últimos treinta o cuarenta años, la derecha sí ha gobernado más que la izquierda. En USA, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, incluso Portugal, la derecha ha gobernado al menos un sesenta por ciento del tiempo o más que la izquierda. En España ha ocurrido a la inversa, la izquierda ha gobernado mucho más tiempo que la derecha.
La razón de esta anormalidad se suele considerar una herencia del Franquismo El argumento sería que cuarenta años de Franquismo debían ser la causa de un castigo en las urnas. De ahí la recurrencia constante de la izquierda a recordar a aquel régimen. Pero nuestra historia con sus matices es muy similar a la alemana o portuguesa, y si me apuran a la francesa, y no se da en estos países la prevalencia en el poder de la izquierda. Creo que la causa de esta paradoja es muy sencilla, y procede de una estrategia política: la influencia del arriolismo en la derecha española. Arriolismo entendido como una lectura errónea del mapa político español como esencialmente de izquierdas, y de cómo afrontar esta cuestión mediante la pasividad (el no molestar) y la desideologización.
Esperanza Aguirre tiene una biografía con muchas luces y algunas sombras. Tras tantos años de actividad pública algunas sombras debería tener. Entre sus luces, están los centenares de miles de niños que hoy hablan inglés en Madrid gracias al bilingüismo en la escuela pública, o sus inversiones en infraestructuras, en vivienda, en sanidad –la mejor sanidad de España y una de las mejores de Europa, incluso pasó por la sanidad madrileña ese campeón del populismo como es Fidel Castro, una historia rara que algún día alguien debería contar- o el hecho que Madrid sea la primera comunidad en PIB de España sobrepasando a Cataluña que cuenta con un millón más de habitantes. ¡No está mal para un balance!
No voy a entrar en sus sombras que para eso están sus enemigos, entre ellos lo que me da pie a afirmar que es la única política de primera división que denuncia constantemente, y que ha hecho de ello su objetivo en su vuelta a la política activa en el ayuntamiento de Madrid, al populismo de Podemos. El señor Iglesias y compañía son la mayor amenaza a nuestra calidad de vida, a nuestro bienestar y al futuro de nuestros hijos. Son puro antisistema que se irrogan la máxima representación de una parte del pueblo español, que no es ni mucho menos ni la mayoría, ni su totalidad. Entiendo que hoy representan a mucha gente, a más de tres millones de votantes directamente y a otros dos millones en el gazpacho de movimientos regionales que les apoyan más o menos.
Aguirre es la única que denuncia el carácter anti-democrático de Podemos, su (bi)polaridad entre el “ellos y nosotros”, su financiación ilegal además de traidora procedente de países que no nos tienen ningún cariño. A la vista de la actuación personal de Pablo Iglesias hay demasiadas similitudes con, por poner un ejemplo conocido, Le Pen o Maduro, y esto lo denuncia constantemente Aguirre. Una amenaza totalitaria con la que no cabe ninguna frivolidad.
Otra de las luces más importantes de Aguirre es no creerse ni un milímetro de las tesis de Arriola. Esperanza desde una ideología liberal ha abarcado un electorado inmenso con amplias mayorías personales en la Comunidad, y también en municipios del “Cinturón Rojo” de Madrid donde gobernar, en algunos casos con mayoría absoluta, era inconcebible: Leganés, Móstoles, Alcorcón, Pinto, Parla tienen o tuvieron gobiernos populares durante la presidencia de Aguirre.
Aguirre siempre consideró que la clave para el éxito era tener muy claros los principios ideológicos. La transversalidad -es decir, buscar el apoyo de todas las familias ideológicas desde el centro izquierda hasta los conservadores más duros- se logra, otra paradoja, desde un núcleo ideológico claro y limitado, en su caso liberal. Esa fue una de las razones del éxito de sus admirados Thatcher o Reagan. Aguirre consiguió desde una posición ideológica muy clara conseguir la máxima transversalidad, y no al revés, que es lo que lleva a la desorientación o a cosas peores como ocurrió con UCD.
Hoy con un centro derecha desmoralizado, con la reputación por los suelos, la batalla ideológica abandonada en la búsqueda del poder desde la minoría más abismal; que quieren que les diga, me quedo con los buenos tiempos de Esperanza Aguirre. Al menos, éramos imparables.