¿Puede la Democracia fundarse en la más chata ordinariez y en la plebeyez más degradante? Yo creo que no. Los buenos modales en la política reflejan simbólicamente un deseo de orden justo y aseado. Sin educación no hay convivencia civil, y mucho menos convivencia política. Saber estar en una democracia no está reñido con defender las propias ideas, por radicales que parezcan. Sólo desde el respeto al adversario político se puede llegar al acuerdo y a la conciliación, sostenes de la paz civil. La Democracia engendra libertad, la oclocracia tiranía y brutalidad.
Si sólo se puede vivir instalado en cierta cultura y buenos modales alejado de los negocios públicos, en la sosegada “apragmosýne”, de que hablaban los clásicos, entonces es que, pobres “idiôtai”, no nos importa dejar el negocio político en manos de los ciudadanos más bestiales y desaprensivos. Y no se arregla la abstención y la náusea ante la política como hizo el demagogo Agirrio, poniendo un salario a los ciudadanos que quisiese participar en la política.
Hay a quien le puede parecer un hecho baladí las formas y modales de los actores políticos, pero la verdad es que no es un asunto para nada menor. Como representantes de la soberanía popular deberían oficiar su alto y sagrado vicariato de una manera respetuosa y decorosa, con eso que los griegos llamaban “egkrateía”, o autodominio elegante de los movimientos y buena “pose” o “héxis”. Saber estar en un político es un anticipo del saber hacer, y cuando no se sabe estar el presagio de su ejecutoria es muy malo.
Se debe recordar que los manuales para Príncipes que se convirtieron en un género literario a partir de Jenofonte ( A Nicocles, Ciropedia ), y que centenares de ellos encierran lo mejor de la historia del pensamiento político que se creó hasta el siglo XIX – en España destaca las Empresas Políticas, para Carlos II, escritas por el genial murciano Diego de Saavedra Fajardo -, son magníficos repertorios de buenos modales y comportamientos que nacieron y se desarrollaron durante la Democracia Ateniense. Fueron las monarquías las que se vistieron con las elegantes maneras de las viejas democracias, y no al revés.