Joaquín Vila | Domingo 08 de junio de 2008
A pocos días de que comience en Valencia el Congreso del PP, su todavía presidente Mariano Rajoy mantiene demasiados misterios sobre sus intenciones. Esconde el nombre del secretario general, se empeña en impedir una candidatura alternativa, oculta los nombres del “equipo de integración” con el que pretende salir reelegido, camufla sus intenciones políticas tras el dichoso “centro reformista”. Y, en gran medida, este secretismo, ese desdén ha provocado la crisis que azota al partido de la eterna oposición.
No ha sido nunca Rajoy un lenguaraz, precisamente. Pero desde el fiasco del 9 de marzo parece mudo. Cuando Acebes se fue por la puerta de atrás, la más transitada en Génova últimamente, en lugar de anunciar de inmediato el nombre de su sustituto, se lo reservó sin advertir lo peligroso que suponía abrir la veda. Sugirió que Gallardón era el hombre elegido y, al minuto, Esperanza Aguirre esgrimió toda su artillería, que es más pesada de lo que podía parecer. Hasta hoy, se han barajado más nombres y todos han levantado ampollas.
Tampoco han resultado un éxito las maniobras para evitar una candidatura alternativa. Primero amagó, y se mantiene en el amago, Esperanza Aguirre; luego, se asomó al balcón Gustavo de Arístegui, y hace unos días ha sacado las uñas Juan Costa, con la foto de Rodrigo Rato en la solapa. Pero no es cuestión de nombres, si no de actitud. Da igual que se presenten uno o diez. El problema es que no se presente nadie por los obstáculos, o avales, que anda poniendo en el camino el núcleo duro de Génova. Porque si Rajoy sale reelegido “a la búlgara” no aguanta ni un empellón. Y por los derroteros que va, el PP saldrá trasquilado de la cadena de elecciones que se avecinan. Sólo si obtiene una incontestable victoria en un Congreso abierto y ante un rival relevante conservará alguna posibilidad de ser el candidato del partido en 2012.
Del equipo de integración sólo se sabe que Gallardón será la mano derecha, o mejor, la izquierda, de Rajoy. El resto anda proclamando su fe en el “centro reformista”, como único argumento para arrollar a Zapatero en las urnas. Es la vieja cantinela del alcalde de Madrid que cree que con esa etiqueta es más demócrata que nadie, más moderado que nadie y más simpático que nadie. Lo que se traduce en no denunciar a Zapatero cuando negocia con ETA o trocea España con estatutos y en hacer pandilla con los nacionalistas, aunque éstos aprovechen los recovecos de la Constitución para destruir la nación; la española, claro.
Rajoy, si no cambia de socios y de planteamientos políticos, y no parece muy dispuesto, se encamina al fracaso. Se topará con una abstención masiva en el Congreso, saldrá vapuleado por muchos de sus antiguos compañeros de viaje, pero, sobre todo, retrasará demasiado la catarsis que necesita el partido para, de momento, empezar a ejercer como primer partido de la oposición y, en 2012, plantar cara a un Zapatero que se frota las manos y aplaude con frenesí desde la barrera de la Moncloa.
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