Pedro J. Cáceres | Domingo 08 de junio de 2008
Recuerdo, siendo más púber que adolescente, la magnífica Tercera de Luis María Anson –“La monarquía de todos” (21.06.66)- en el ABC (versión original) que provocó el secuestro del periódico y supuso el extrañamiento del Maestro como represalia del Régimen. La “platajunta” que en política se alineó a la democracia poniéndose “al hilo” en el 76, diez años después que Anson se cruzara al pitón contario, es en tauromaquia un remedo de los tardo aficionados escépticos con la reaparición de José Tomás el año pasado respecto de los que taurinamente, como Luis María en su afán político, pusieron dedo en llaga mediado el año 99 en pleno apogeo del diestro.
En cualquier caso tales corrientes, una erudita y de riesgo y otra más oportunista, vienen convergiendo de forma contestataria, más al “tomasismo” que al diestro en sí, con la sola pretensión –compatible con serena admiración- que la “transición” conceptual tauromáquica a presente y futuro inmediato se produzca sin atajos y con el respeto para los que estuvieron de guardia en “urgencias” durante un quinquenio (período de excedencia voluntaria del espada) sin que cesara la actividad por falta de mano de obra cualificada o básica, protagonizando los años de mayor musculatura de los últimos : 2005, 2006, 2007; con el mérito de superar la depresión en que la Fiesta se sumió en los inicios del siglo, quizá por los abusos del colectivo de figuras al que no era ajeno “el redentor”.
La “disidencia” se ha sentido muy satisfecha de la tarde del pasado jueves en Madrid del diestro de Galapagar para así, sin complejos, cantar y contar lo que se ha titulado como tarde histórica, y en casos como quien esto firma añadir “nada histérica” como plus de ratificación de la verdad de lo que ocurrió en el ruedo por encima de los avales de un clímax favorable. Pero vive la Fiesta una dictadura similar, en lo represivo, con el “fenómeno” –literal y en todas sus acepciones posibles- José Tomás (“dictablanda”, según el talante –en relación de fuerza contraria al talento- de quien la abrace). No sólo en niveles de conceptos si no, lo que es más peligroso, de libertad de expresión.
La inobjetable rotundidad del momento presente, mágico, ha llevado a ciertas desmesuras e imprecisiones como ignorar que, cuatro días antes, otro torero –Diego Ventura- protagonizaba hazaña pareja. Cierto es que se trata de un torero “a caballo” y que los toros salen despuntados -no más, o mucho menos que los toros que los matadores de a pie, y sálvese el que pueda, lidian fuera de Madrid y muy pocas plazas más-; pero no es menos riguroso que los boletos de las corridas de rejones y “regulares” se equiparan en costo, que están dentro de la oferta de abono, que son parte del ciclo y que tienen su dignidad para citas de referencia sin ensombrecer el objetivo idólatra. Pero tal circunstancia entra dentro de la lógica. Como escrutar con un zahorí estadístico desde cuando no se producía un hecho cuantitativo similar en Las Ventas que inmunice de cualquier contagio cualitativo por hechos relevantes similares, muchos, producidos en dicho coso en los últimos años de referencia; todo para asirse a una exclusividad totalitaria: desde El Cordobés y la tarde del “rabo” cortado por Palomo en que Curro Rivera cortó cuatro orejas (72), las cuatro PP.GG. de Rincón en el 91; Aparicio en el 94; Joselito un 2 de mayo; la Beneficencia, en solitario, de Paco Camino; la corrida del 82 de Victorino, sólo por poner unos ejemplos; o las más recientes –también con capacidad de injusta síntesis- de El Juli el año pasado – y el otro-, o las varias en los últimos años de Castella y El Cid que entre el palco y la espada quedan en el recuerdo del buen aficionado que bucea en todo un contexto por encima de un titular. La amnesia o la manipulación de baja intensidad son razonables en beneficio de lo fresco.
Tabulando la edición presente, es comprensible, también, ignorar, en el provisional balance de situación, actuaciones auténticas como la de El Cid con El Pilar y Victorino, puntuales, virtuales y de proyección de futuro como las que esta feria “cumpleaños” nos ha deparado: Morante, Talavante, Cayetano…y hasta Luque. Y entra dentro del guión ensalzar con prudente “boca pequeña” el faenón del día después de Perera para evitar comparaciones que, dicen, son odiosas.
Lo que no es asumible desde el raciocinio y se instala en la visceralidad dictatorialmente tiránica y caciquil es el ataque violento, de la más baja estofa guerrillera, a aquellos que pidiendo democracia en tauromaquia un triunfo rotundo y legítimo,sin trampa ni cartón, del “rey” del toreo sirva a los cortesanos par atacar a tal “ilustración” desapasionada y respetuosa con él y no menos con el resto de los toreros intentándoles amedrentar con el insulto –al relance de un triunfo incontestable- en su libertad de expresión, presente y futura; hecho fascista del que algunos pueden “presumir” por ser “galgos o podencos” con pedigrí encastado.
El rey del toreo
Y es que “la monarquía de toros” actual es un remedo de nuestro sistema plural y parlamentario bajo la tutela institucional de La Corona: “El Rey reina, pero no gobierna”; el rey reina, pero le cuesta gobernar en Pamplona, Bilbao, Sevilla, Logroño etc. y a un alto porcentaje de ganaderos frustrados por que no les mata sus toros (Si quieres conocer una sociedad –un país- asómate a una plaza de toros –Ortega y Gasset-) Y este es el lamento, legítimo, de la “resistencia”.
Será un eufemismo caprichoso, según la pose –más que convicción- del torero, el que se le proclame “rey”: pero así lo hacen (nadie se le ocurrirá titular “el presidente de la república del toreo”, ni “jefe del estado”, ni “canciller”, por la pérdida de caché- quiera o no la nostalgia del 34-; menos “el zapatero” por que mayúsculas y minúsculas no discrepan del “remendón”). Y si tal entronización no es asumible por todos –como en la vida política- su grandeza tampoco es susceptible de discusión mayor. Pero no instale el “tomismo”, “tomasismo” o “tomatosis” (la comunidad científica no se ha puesto de acuerdo en la nomenclatura) a su rey en la monarquía absolutista, o peor: el caudillismo.
Procuren que su “señor” se postule como el monarca de todos los aficionados (con derecho democrático a ser cuestionado y admitir que hay otros toreros y tendencias) como representante de la institución: “la monarquía de toros”, “la tauromaquia de todos”.
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