Opinión

Sospechar de los políticos

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Martes 16 de febrero de 2016

Los procesos de transición democrática tienen una característica que muchas veces se olvida, pero que representa una clara manifestación de un momento histórico: entre los personajes más prestigiosos y admirados se encuentran los políticos.

Ellos son los que traen la paz después de la tormenta, administran la democracia después de las dictaduras y buscan acuerdos donde antes primaban las ideologías y divisiones. Como resultado, el pueblo los reconoce con su adhesión, los premia con sus votos y les delega la administración de los asuntos públicos.

El problema -entre otros- es que las transiciones son breves, y lo permanente es la normalidad institucional. Y aquí los políticos ya no son los héroes de las jornadas de democratización, sino que pasan a ser, con justicia o sin ella, los chivos expiatorios de las frustraciones ciudadanas, los culpables de los problemas sociales, la casta de los privilegiados que se han olvidado de quienes emana su poder, personas que viven del Estado, de los contactos partidistas, del abuso.

Por otro lado, no todo es fruto de los malos pensamientos de los electores ni de la maledicencia social, ni siquiera del abuso de las nuevas formas de comunicación, como sería twitter, por ejemplo, que se presta para los a veces infundados insultos públicos. Por el contrario, en la mayoría de las ocasiones el fundamento de la crítica está en algún espacio de la realidad: la corrupción que se enquista en la vida política, las relaciones incestuosas entre los negocios y el poder aparecen en la prensa como una penosa manifestación de la realidad, las sillas giratorias permiten una práctica que siendo legal no siempre es prudente.

A ello se suman otros factores no delictuales, pero que tienen que ver con la praxis política, de los cuales podemos mencionar dos. El primero es la primacía del partidismo, el excesivo celo por la defensa de las propuestas de los "propios" y la oposición a lo que piensen o digan otros; una lucha que a veces supera los límites de lo aceptable, con descalificaciones personales, agresiones, en lo cual ni siquiera se reconoce el patriotismo o valores que guían a los que piensan distinto, sino que se los acusa derechamente de velar por intereses, en una fórmula que siempre va dejando huella. El segundo se refiere a la ausencia de responsabilidades públicas, sea de carácter personal o incluso penal, sea por un trabajo mal hecho o por la inmensa distancia que hay entre las promesas de campaña y los resultados efectivos de un gobierno nacional o local. Estamos en una época en que muy pocos dimiten, son escasos los que piden perdón, parece que nadie se hubiera equivocado. Después de las elecciones todos podemos observar una cuestión curiosa: parece que todos los partidos, salvo alguno por ahí, hubieran ganado. Cada uno celebra algo, los que pierden explican su victoria, los que han bajado su votación critican al partido del frente al cual le ha ocurrido lo mismo, se sienten con el derecho a gobernar aunque tengan minoría. Lo cual lleva, al menos, a repensar las cosas, a que la población legítimamente estime que algo no anda bien.

Hay cosas peores todavía, en distintos países del mundo y en diversos momentos históricos. Un gobierno -de izquierdas o derechas, da lo mismo- promete algo en materia de empleo o crecimiento económico, en temas de educación o de vivienda, en cuestiones de impuestos o de combate a la corrupción, y las actuaciones reales no van en la línea indicada o incluso se vuelven contra lo ofrecido. En ocasiones los cálculos previos de sus ministros o funcionarios –en temas de progreso económico o bienestar social- son muy distantes de los reales, las ampulosas promesas de campaña resultan imposibles de ser satisfechas. ¿Y quién responde?

Estoy convencido de que parte importante del problema es que falla una premisa básica. Los primeros que debieran desconfiar de los políticos son ellos mismos, no por un absurdo sentido de autoflagelación, sino precisamente porque nadie sabe como ellos mismos cuáles son las múltiples tentaciones y problemas, dificultades y vicios, que rodean la disputa por el poder. Ellos saben que hay empresas que no viven de sus méritos económicos sino de sus relaciones públicas y, peor todavía, de dineros transferidos por diversas vías de corrupción. Ellos saben que la lucha por el poder muchas veces los lleva a exagerar promesas, o a mentir, o a gastar más de lo que se debe, a prometer lo fácil porque ya no está de moda el "sangre, sudor, lágrimas y fatiga" que popularizara Churchill en los duros años de la Segunda Guerra Mundial. Ellos saben que la política es servicio público, pero también que tiene muchos privilegios asociados a determinados cargos: recursos para comidas o viajes, protección, solución de problemas solo con una llamada, deseo de perpetuarse en los cargos, dificultades para trabajar fuera de los partidos o el Estado, acostumbramiento. Y si lo saben, ¿por qué no luchar para evitar los males asociados a la política? Y si lo saben, ¿por qué no decir basta, por qué no poner límites, por qué no sospechar de sí mismos antes de esperar que sea la población completa de una sociedad la que esté harta de la política y los políticos?

Me parece que Vaclav Havel fue quien mejor planteó el problema hace algunos años, exactamente el 28 de mayo de 1991, cuando recibió el Premio Sonning. En esa ocasión dijo que mentían todos los que afirmaban que la política era algo sucio, pero explicando bien el asunto: "es simplemente un trabajo que requiere hombres genuinamente puros, puesto que al desarrollarlo podemos ensuciarnos moralmente con especial facilidad". Pero paralelamente, junto con defender el ejercicio de los cargos públicos como una responsabilidad social y de hacerlo con sentido del deber e incluso sacrificio, era capaz de preguntarse si no se estaba mintiendo, si en realidad era eso lo que lo motivaba o era una autovaloración personal. "Empiezo a sospechar de mí mismo", resumía el dramaturgo checo, llevado por cuestiones de la vida al gobierno de su país después de los duros años del totalitarismo comunista.

El mundo de las ventajas, las excepciones y protecciones de la política era razón suficiente para poner en duda la rectitud de las intenciones que lo movían a actuar en la vida pública. La política es demasiado importante para dejar que se pudra o hunda en el fango de las acusaciones. El desarrollo de muchas personas y pueblos depende de buenas políticas públicas y de gobiernos rectos; la miseria en que viven otras sociedades en parte se debe al abandono de la política en serio y a su reemplazo por las diferentes formas de populismo. Por eso la política debe ser cuidada por toda la sociedad y en primer lugar por aquellos que se dedican a ella de manera más o menos permanente. Para eso resulta clave la "autorreflexión crítica" y no sólo la crítica destemplada contra el adversario. Sospechar de sí mismos no es la fase previa a la depresión personal, sino sencillamente un paso indispensable para volver a hacer de la política una genuina actividad de servicio, con prestigio y resultados positivos para la población.

No es poca cosa en tiempos de incertidumbre y desprestigio.