TRIBUNA
Agapito Maestre | Miércoles 17 de febrero de 2016
Leo el reportaje de Elvira Lindo sobre Rita Maestre, en El País, y no salgo de mi asombro. Entre la información y la opinión, entre el confuso titular de apertura y la conclusión del reportaje acerca de la dimisión de Esperanza Aguirre, esta pieza periodística me llena de perplejidad. ¿Qué es exactamente lo que provoca mi perplejidad, esa forma extraña de conocimiento, que en un instante de deslumbramiento lo abarcamos todo? Ay, querido lector, si yo lo supiera, se lo transmitiría ya. La perplejidad es luz cegadora.
Diré, primero, lo que no me resulta extraño, o sea de lo que no quiero tratar. En efecto, no quiero referirme a la gratuidad del insulto contra los católicos, o mejor, contra el Dios de los católicos en España, pues que los españoles, como ya nos ilustró María Zambrano, parece que nos hemos acostumbrado, entre nuestras bárbaras costumbres, a utilizar la palabra Dios, la categoría más racional de la historia entera de la filosofía, como si fuera un pedrusco contra los adversarios. Insultar al Dios de los católicos sale gratis en este país, como demuestra con creces el citado reportaje: “Fuimos marchando por el campus”, dice Rita Maestre, “y finalmente entramos en la capilla de la Complutense. Allí se gritaron consignas en contra de la intromisión de la Iglesia en las instituciones públicas.”
Menos aún quiero enjuiciar la argumentación ideológica de la periodista para encubrir una posible responsabilidad penal de la protagonista del reportaje; me faltan credenciales jurídicas para entrar en asunto tan complejo. Tampoco deseo juzgar las intenciones de la portavoz municipal del Ayuntamiento de Madrid, cuando le dice a la periodista: “Que qué le diría al juez? Le diría que sigo pensando que aquella reivindicación tenía sentido, pero que si he ofendido a alguien, lo lamento mucho. Me he criado en una familia católica, no tengo nada en contra de esa religión.”
Ninguno de esos asuntos, en fin, me resulta ajeno a mi vida cotidiana, por lo tanto, no creo que me paralicen para seguir pensando y ubicando este problema en la situación política de España. Sin embargo, hay una declaración de Rita Maestre que me deja fuera de juego. Perplejo. Sí, sí, esta mujer, hasta ahora, ante la acusación penal de un Tribunal de Justicia que la debe juzgar sobre su delito o falta de él, no había tenido eso que algunos llaman remordimiento de conciencia. “Es la primera vez en mi vida”, dice la señora Maestre, “que experimento tensión”. Nunca antes había tenido esa experiencia que, casi todos los humanos tenemos desde nuestra más tierna edad, sobre qué es lo bueno y qué es lo malo. Nunca hasta ahora, que la juzgará un Tribunal de Justicia, había tenido ocasión Rita Maestre de hablar con su otro yo, ese que a todos nos acompaña en situaciones difíciles, y que, a falta de mejor nombre, llamamos Pepito Grillo. Impresionante.
Rita Maestre nunca había sufrido por su conciencia moral. No había experimentado jamás qué es ser moral. Bienvenida al club, amiga, de los seres comunes. Morales. Creo que para algo ha servido su experiencia política, su acción de asaltar un espacio de culto católico. Tengo la sensación de que la portavoz del Ayuntamiento de Madrid ha descubierto, y lo digo con toda sinceridad, la conciencia moral. Es una experiencia que no está al alcance de cualquiera. Enhorabuena. Adquirir conciencia moral, como tener sensibilidad estética, es asunto complejo, pero “humaniza”, como diría el clásico. No hay bien, como dice el refranero, que por mal no venga. Dialogue, amiga, con su particular Pepito Grillo. Si es verdad lo que dice, y no tengo ninguna razón para pensar que miente, impresiona que hasta ahora, no haya tenido eso que los moralistas llaman conciencia moral. Su caso es para estudiarlo en las clases de filosofía moral.