Luis de la Corte Ibáñez | Domingo 08 de junio de 2008
Supongo que quienes lean esta nota habrán tenido la suerte o el buen gusto de gozar aquel relato, formidable y legendario, de Jorge Luis Borges. Si me equivoco o si han logrado olvidarlo –cosa harto difícil- les recuerdo su esencia. Tras fallecer Beatriz Viterbo, amor nunca confesado del protagonista, éste adquiere la costumbre de visitar cada año la casa de la finada para conmemorar su pérdida. Gracias a ese hábito estrecha una relación de cortesía con el primo de Beatriz, Carlos Argentino, amable caballero y poeta cuya obra merece el íntimo desprecio del protagonista (en verdad, un trasunto de Borges). Empeñado en ganar un puesto para la posteridad, Carlos Argentino se afanaba desde hacía años en escribir un poema titulado La tierra que no dejase sin describir ni un solo palmo del mundo. Un día Carlos Argentino llama acongojado al relator de la historia y le confiesa que no podrá acabar su poema por haberse cursado una orden legal para demoler la casa de Beatriz. El poeta agrega una explicación no menos enigmática que el razonamiento anterior: el vínculo entre su poema y el destino de la casa que va a ser derruida se halla en su sótano, donde se oculta un Aleph, , una especie de catalejo mágico que permite acceder a todas las cosas y lugares del universo. El relato continúa con la alucinante narración de las experiencias que sobrevienen a su protagonista cuando descubre aquella maravilla: el aleph.
Últimamente se ha puesto de moda interpretar el citado cuento de Borges como una anticipación de internet. Y, en efecto, la figura del aleph permite representar cualquier artefacto real o imaginario capaz de colmar el frecuente anhelo humano por penetrar la realidad de otros mundos lejanos u ocultos, aunque sólo sea de forma fugaz y como por una mirilla. Precisamente, el artefacto que ha suscitado mi más reciente recuerdo del aleph pertenece a la misma clase de objetos que han hecho posible la Red. Me refiero al ordenador requisado por el ejército colombiano en una operación militar que acabó con la vida de su propietario, Raul Reyes, segundo hombre al mando de las FARC, a cuya muerte se ha sumado más tarde la de su único superior, Manuel Marulanda Velez, alias Tirofijo, fallecido en el mes de mayo. Como señalara en estas páginas el general Alejandre hace sólo unos días, el ordenador de Reyes parecía ocultar una ingente cantidad de informaciones útiles y relevantes para las fuerzas de seguridad colombianas y de otros países, sin excluir a España. Es verdad que en los últimos meses cundieron los rumores que cuestionaban la fiabilidad de aquellas informaciones por una posible manipulación de parte de las fuerzas de seguridad colombianas. Sin embargo, el pasado 15 de mayo la agencia INTERPOL hizo público un informe forense independiente que negaba haber identificado ningún indicio de distorsión en los archivos almacenados en los equipos y materiales informáticos decomisados tras la operación militar que produjo la muerte de Reyes.
Entre las informaciones alojadas en los archivos de Reyes que más ha destacado la prensa española figuran los apoyos recabados entre autoridades venezolanas y ecuatorianas y, por supuesto, aquellas otras noticias sobre posibles colaboraciones entre las FARC y ETA y sobre una presunta petición de ayuda a la organización terrorista aberztale para perpetrar atentados en suelo español y europeo contra objetivos colombianos. Tales indicios deben inquietarnos por cuanto apuntan a peligrosas alianzas antisistema que, merced al amparo de gobiernos populistas, podrían retrasar la desaparición de dos viejos enemigos de las democracias colombiana y española. Sin embargo, los hallazgos no acaban ahí. De todas las pruebas incautadas a quien fuera máximo portavoz internacional de las FARC creo que las más interesantes son aquellas que, al parecer, facilitaron la detención realizada en Tailandia al ciudadano ruso Viktor Bout el 6 de marzo, exactamente cinco días después de perpetrarse la operación militar colombiana.
Se supone que el nombre y otra señas del ruso ocupaban algún lugar en el ordenador de Reyes, lo cual es significativo porque Bout es el mayor traficante de armas de los últimos años y porque el motivo de su presencia en Bangkok era cerrar un negocio con las FARC. Finalmente, es seguro que los archivos rescatados contienen noticias abundantes sobre las tramas de narcotráfico extendidas por las FARC en terreno colombiano. Si se suman todos los indicios que llevamos apuntados y se imaginan los correspondientes hilos que podrían trazarse hacia otros nudos de criminalidad partiendo de los archivos de Raul Reyes descubriríamos un ancho y oscuro panorama. La perspectiva resultante abarcaría desde los pastos de Yari, donde las FARC cultivan la coca hasta los enlaces que esa organización posee en diversas capitales colombianas; desde los campamentos y refugios que algunos países limítrofes ofrecen a aquella organización, y donde probablemente han dado entrenamiento a algunos miembros de ETA, hasta aquellos otros parajes en los que los guerrilleros retienen a cerca de 600 personas secuestradas; desde los matones de las FARC que se dedican a cobrar el impuesto revolucionario a cientos o miles de ciudadanos colombianos (por cierto, iniciativa creada por Reyes) hasta sus agentes internacionales, los que se dedican a hacer negocios con tipos como Viktor Bout.
Empero, como habrán comprobado los policías que hayan indagado en el ordenador de Raul Reyes, al llegar al nudo de Bout los hilos siniestros se multiplican. Si aquella computadora fuera un artefacto realmente capaz de deshacer las incertidumbres a las que ordinariamente nos someten el espacio y el tiempo, las pistas de Reyes podrían ampliar nuestro punto de vista hasta recorrer las principales conexiones que desde hace años configuran el oscuro mundo de la delincuencia organizada. En la enumeración caótica con la que sólo cabe traducir la visión de un aleph se irían anudando una suma de paisajes como Angola, Congo, Liberia, Sierra Leona, Ruanda o Sudán, escenarios todos ellos donde Bout y otros traficantes de armas han forjado buena parte de sus fortunas mientras esos países se desangraban en interminables guerras internas; la Rusia poscomunista, que ha servido de refugio al propio Bout desde que aquella nación se convirtiera en prominente referencia para toda clase de actividades mafiosas; los Emiratos Árabes Unidos, cuyas entidades financieras fueron aprovechadas por el mismo contrabandista ruso para blanquear sus negocios de los años noventa con las milicias afganas de la Alianza del Norte, con sus adversarios talibanes y tal vez, posteriormente, con la multinacional terrorista aliada de aquéllos, Al Qaida.
Al igual que la Colombia de las FARC, que es también el país donde habitan otras narcoguerrillas y los antiguos y nuevos cárteles de la coca, así como un único punto en el más vasto mapa de la criminalidad organizada iberoamericana, cada uno de los escenarios que atraviesan la biografía de Bout remiten a otras muchas tramas que sacan partido de cualquier oportunidad de comercio ilegal, al mismo tiempo que extienden sufrimiento y violencia por todo el planeta. Tramas configuradas por una nueva clase de delincuentes perfectamente adaptadas a la globalización, sin las cuales no puede comprenderse la economía y la política de muchos países (lo señalaba hace años el sociólogo Manuel Castells) y que alimentan las amenazas y riesgos del nuevo siglo. Pero no hace falta ningún aleph para descubrirlas. Ellas mismas se delatan.