Opinión

¿Por qué es tan rápida la desaceleración?

José Luis Feito | Lunes 09 de junio de 2008
Desde el punto de vista de la ingeniería naval, lo sorprendente no fue que el Titanic se hundiera sino que se hundiera tan rápidamente. La última hipótesis avanzada para explicar la brusca desaceleración de la velocidad del Titanic y la insólita rapidez con la que se hundió en las gélidas aguas del Atlántico remite a la mala calidad de las tachuelas con que se remataron las secciones del barco que colisionaron con el iceberg. Según ésta hipótesis, la mala calidad de estos remates, adquiridas al parecer por la falta de presupuesto y las premuras del tiempo que caracterizaron los últimos momentos de construcción del buque, fue la causa de que la colisión abriera tantas y tan gruesas vías de agua y por tanto de que se hundiera tan rápidamente. El Titanic sufrió el tipo de accidente al cual su estructura lo hacía más vulnerable.

Asimismo, lo más interesante de la coyuntura macroeconómica española es indagar las razones por las que nuestro ritmo de expansión está cayendo tan rápidamente, mucho más bruscamente que los de otras economías europeas. La fuerte desaceleración de la economía española obedece a la concatenación de los movimientos de tres variables. El rápido desarrollo de expectativas de caída del precio del suelo y de la vivienda; la intensa subida de las primas de riesgo y, por ende, del coste de financiación para todos los prestatarios del sector privado, especialmente para los titulares directos o indirectos de activos inmobiliarios; y el fuerte aumento del precio de la energía y otras materias primas. La economía española es más vulnerable que la mayoría de las economías desarrolladas a los movimientos de estas variables.

En primer lugar, nuestras necesidades de financiación exterior, resultantes de un déficit por cuenta corriente superior al 10% del PIB más los vencimientos de deuda exterior, son más elevadas que las de casi todos los demás países desarrollados. Además, el endeudamiento de familias y empresas se ha efectuado mayoritariamente a tipos de interés variable o a corto plazo, de manera que la carga de intereses de unos y otros agentes económicos aumenta con los aumentos de tipos ocasionados por la incertidumbre financiera y las tensiones inflacionistas de estos últimos meses. En segundo lugar, las carteras de las familias, de las empresas y de la parte menos internacionalizada de nuestro sistema financiero están invertidas en mayor proporción que las de otros países en activos inmobiliarios, siendo por tanto su riqueza muy sensible a las caídas del precio del suelo y la vivienda. Finalmente, la economía española depende de la energía importada en mayor medida que casi todas las otras economías desarrolladas.

Así pues, las causas inmediatas de la brusca caída de nuestro ritmo de crecimiento residen en esa desgraciada conjunción de movimientos especialmente dañinos para nuestra economía. Por consiguiente, la evolución de nuestra economía a corto plazo, digamos en los próximos diez o doce meses, depende mucho más del comportamiento de esas variables internacionales que de nuestra política económica. Dicho esto, las causas últimas , o eficientes que dirían los filósofos, de la brusca desaceleración habría que buscarlas en los pecados de acción y omisión de la política económica que han permitido que nuestra economía sea tan extremadamente vulnerable a los movimientos de esas variables. Por eso, las medidas de política económica que se adopten en el transcurso de este año serán decisivas para influir en el rumbo de nuestra economía a medio plazo, digamos a partir de 2010.