Opinión

La España que yo amé

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 19 de febrero de 2016

Un dilatado viaje desde la Andalucía interior a las “Asturias” con el consiguiente retorno al punto de partida, ha vuelto otra vez a poner al cronista en contacto con el itinerario de los sueños e ilusiones de una niñez y mocedad que, como en la vida de tantos compañeros de aquellas etapas, instalaron en su espíritu las primeras capas de su honda, incomparable, emoción española.

También al igual que en la mayoría de los bachilleres y universitarios de los años 50 de la centuria pasada, tal sentimiento se alimentaba de lecturas y clases de Historia en las que predominaba el componente castellano y hasta castellanista de nuestro ayer, sin que por ello los avatares y figuras del Reino de Aragón estuvieran marginados de nuestra información y mucho menos infravalorados en su innegable trascendencia en la forja común y plural de lo español. Al menos en las aulas escolares y en las del Alma Mater en que se educara el articulista a comedios del precedente siglo, maestros, profesores de Instituto y catedráticos de Universidad compatibilizaban de sólito en sus explicaciones la armonía y equilibrio en su visión de las corrientes centrípetas y las centrífugas que construyeron desde un milenio atrás el carácter y la historia nacionales.

Desde el prisma de la Bética –“Castilla la novísima”, como llegó a ser denominada un tiempo después del final de la Reconquista- era lógico que el primer elemento fuera estudiado con particular énfasis; circunstancia a la que venía añadirse el hecho de que gran parte de dicho profesorado habíase educado –lato o stricto sensu- en los parámetros de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por un malagueño de rígida observancia castellanista: D. Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), ayudado en ancha medida por un leonés de acendrada prosapia, D. Manuel Bartolomé Cossío (1858-1935). Y, a mayor abundamiento, una de las muy escasas afinidades entre el régimen franquista y la etapa de la Segunda República estribaba justamente en el primado de Castilla como eje vertebrador de la unidad española.

Leonés de limpia prosapia aunque en parámetros doctrinales alejados de los de la ILE fue D. Julio González y González (1908-1991), medievalista egregio y admirador ilimitado de la huella de Castilla en el pasado de nuestro pueblo y, por ende, en el del mundo, estimada por él tan profunda como beneficiosa. Su figura y obra semejaban fiel trasunto o expresión corpórea de las cualidades que D. Ramón Menéndez Pidal, D. Manuel Gómez Moreno, D. Claudio Sánchez Albornoz, D. Ramón Carande, D. Juan de Mata Carriazo, entre otros muchos autores de valía si no equiparable a la de estos gigantes de la disciplina histórica sí, también, muy reputados, atribuyeron a las gentes de Castilla en su nacimiento y plenitud. Nobleza, sencillez, austeridad, entrega ahincada al trabajo constituían porciones sustanciales de su perfil caracterológico que, junto con sus amigos, interlocutores y conocidos, advertían, en la horma del tiempo, en sus quehaceres profesionales y conducta privada. En una dilatada docencia superior en las aulas de la Universidad hispalense y de la Complutense en los días del franquismo y, ulteriormente, de la democracia, su pluma y su palabra ponderaron, con sabiduría bien domada y sin concesión a ningún ego, las aportaciones de la Castilla medieval y moderna a la historia común de las Españas, de la que ella fue quizá la encarnación más fecunda.

Maestro admirado del cronista no resulta extraño que su luminoso recuerdo viniese a su mente al recorrer el solar patricio de sus antepasados.