TIRO CON ARCO
Dani Villagrasa Beltrán | Domingo 21 de febrero de 2016
“Eso son cosas de Madrid, aquí se viven las polémicas de otra manera”, me comenta un amigo. “Mira el alcalde de Zaragoza, que casi se tenía que aguantar la risa cuando explicó ante los medios porqué cargó a las arcas del Ayuntamiento un bote de gomina”. Quizá tenga razón mi interlocutor y sea verdad que en la Villa y Corte los asuntos públicos adquieren una trascendencia de la que carecen fuera. Yo, cada vez que salgo de Madrid noto cómo baja la intensidad de la información a medida que se pierden de vista la contaminada silueta de la capital.
Sin embargo, en los últimos días, percibo un odio social creciente. Viene la moda de la trinchera para esta temporada. Es, supongo, el mal humor de Madrid, que, en la literatura, ha producido siempre a escritores biliosos y enfrentados, malabaristas de la mala leche, desde Quevedo hasta Umbral.
En los últimos días se ha condescendido a debatir sobre cosas como los límites de la ficción en un espectáculo de títeres de cachiporra, o sobre una performance feminista en la capilla de la Complutense, hace cinco años. Se trata de desprestigiar a los recién llegados a la política y, de paso, no hablar de otras cosas. Pero todo el mundo entra al trapo. Como no podía ser de otra manera, la cosa ha tomado tintes tremendistas, y el odio ha corrido sin freno por las redes sociales.
Amplificado por las nuevas tecnologías, hablo de un odio muy antiguo que nos deja, también, anticuados. La dictadura de la corrección política, en todas las direcciones, impide que lleguen ideas frescas al debate social, o nuevas formas de entender la vida.
Transitamos estos días los caminos del mal humor, que es el mal humor de Madrid, paradójicamente, una de las ciudades más alegres que cabe imaginar. De nuevo a la España de Machado, la de las nueve cabezas que envisten por cada una que piensa. Otra vuelta de tuerca a la melancolía de Larra –“Escribir en Madrid es llorar”, etcétera-, volvamos a todos los tópicos catastrofistas que tanto nos gusta recordar.
“Estoy cansado de todo eso, estamos ya en 2016. Cuántos habrán sido, ¿cuatrocientos años de odio?”, me dice mi colega. “Vaya título para un artículo”, pienso yo. Y recuerdo, claro, los ‘40 años de paz’, la obra de Pablo Remón que estos días puede verse en el Teatro del Barrio. Le digo que no se la puede perder. Últimamente, no hago otra cosa que recomendársela a todo el mundo.
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